You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

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martes, 19 de junio de 2012

Buena, bonita, barata… ¡paisha!

Japón no escarmienta ni a la de tres (Fukushima, Hiroshima, Nagasaki) y vuelve a la energía nuclear tras haber cerrado todos sus reactores por seguridad tras el accidente de hace un año. Y las fuerzas reaccionarias españolas aprovechan para relanzar su cruzada nuclear, inasequibles al desaliento fuku-sísmico. Como vendedores de alfombras nos aseguran que es buena, bonita y barata la energía atómica. Y se resisten  con todas las armas de sus intereses privados al desarrollo de la sostenibilidad y la inteligencia.

Nada nuevo bajo el sol (esa fuente de energía renovable para todos). Pues tienen los pronucleares un inequívoco sesgo ludita. El ludismo es el rechazo interesado a las innovaciones. Surgió como movimiento a principios del XIX cuando algunos obreros destruyeron las nuevas máquinas tejedoras. Aunque es una conducta habitual desde tiempos de Vespasiano, con los aguadores en contra de los acueductos, o más tarde con los contables combatiendo la pascalina, la primera calculadora. Se aplican aquí la famosa frase del Primer Ministro británico, Lord Balfour, paradigma del inmovilismo: “es más inteligente hacer cosas estúpidas que se han hecho siempre que cosas inteligentes que no se han hecho nunca”.

La energía nuclear es el pasado, las energías renovables el futuro. Más aún para España, que en energías renovables hemos sido líderes tecnológicos mundiales. Pero ahora parece que preferimos regresar al castizo “que inventen ellos” (una de las primeras leyes de “urgencia” aprobadas por este nuevo Gobierno fue para paralizar el desarrollo de las renovables).

Nuestro parque nuclear actual son ocho reactores activos (menos de 8.000 Mw, el 20% del consumo de electricidad) y dos plantas en desmantelamiento (Vandellós I, cerrada en 1989 por varios incidentes y un incendio grave; y Zorita).

Así, la energía nuclear es una rémora pretérita, y no por un mero deseo ideológico sino por demasiados motivos cuantificables.

Uno: la energía nuclear produce residuos radiactivos de alta actividad que tienen (los isótopos de plutonio, por ejemplo) una “vida” de 24.000 años. En 1982, EEUU decidió vaciar toda una montaña, Yucca Mountain, para instalar en su interior su cementerio nuclear. Tras veintiocho años de proyecto e inversiones (60.000 millones de euros previstos que en 2006 se reconoció que serían insuficientes), por la aparición de importantes problemas de seguridad en 2010 se empezó a desmantelar y a investigar en otras alternativas de tratamiento de los residuos. En todo caso, allá donde se almacenen, como dice la canción de Crosby y Nash, habrá que poner un cartel para los futuros arqueólogos que diga: “don’t dig here”, no caven aquí.

En España se generarán 6.700 toneladas hasta 2030. Su almacenamiento (hoy por hoy inviable en nuestro país) se realiza en países vecinos con un altísimo coste económico que pagamos todos los españoles. Como dijo el sociólogo alemán Ulrich Beck vamos en un avión para el que todavía no existe pista de aterrizaje.
Dos: la energía nuclear utiliza un combustible con reservas limitadas, el uranio, que no se puede plantar como las setas. Y el progresivo agotamiento de un recurso no renovable repercute en su precio aumentándolo y en la conflictividad geoestratégica. La energía nuclear no es autóctona nuestra, dependemos tan completamente del exterior como en el petróleo. La mitad del uranio que utilizamos se importa de Rusia, y el resto de Australia, Níger, Kazajistán y Canadá. Y aunque en nuestras viejas minas de uranio de repente aparecieran vetas inmensas, no contamos con las capacidades para producir el combustible enriquecido o para el procesamiento del combustible iridiado. Lo que nos lleva al punto...

Tres: el acceso a la tecnología está centralizado y restringido por los poseedores (Tratado de no Proliferación Nuclear), tenemos que importarla,  ya que no contamos ni con la tecnología nuclear básica, mientras gran parte de la tecnología punta y el tejido industrial de las energías renovables sí es nuestra.

Cuatro: la industria nuclear aplica estándares de seguridad que no excluyen la posibilidad de accidentes. Fukushima, en un país de altísima tecnología, es el ejemplo más claro. Y España tampoco se ha salvado, con el incendio de Vandellós I de 1989 y diversas emergencias en años recientes, por no citar las frecuentes incursiones de Greenpeace por tierra mar y aire a las centrales para demostrar su vulnerabilidad.

Según el presidente del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) francés “nadie puede garantizar que no pueda haber un accidente nuclear”. A ello, la Agencia Nuclear de la OCDE añade: “el sector debe prepararse porque nadie puede descartar nuevos accidentes. Las nucleares las hacemos humanos y cometemos errores”. Con todo su cuajo. Por eso, el error mantenido es alargar la vida útil de las centrales o querer instalar nuevas.

Otrosí: en este tema se reitera uno de los principales de la “crisis” financiera, el del papel que juegan los organismos supervisores, de control y los reguladores: que están formados muy mayoritariamente por técnicos de la propia industria o del sector a regular, o sea, en el caso de la energía nuclear por ingenieros nucleares que sólo con cuentagotas se oponen a la tecnología en la que ellos mismos se han (de)formado. Además, estos organismos demuestran una acendrada tradición de secretismo y nula transparencia (los intercambios de documentación entre el regulador y los titulares de las centrales en actualizaciones, modificaciones, evaluaciones técnicas no se publican. Como señalan Cristina Narbona y Jordi Ortega en su reciente “La energía después de Fukushima”, Ed. Turpial: “más allá del riesgo potencial, hay un déficit en el ejercicio de los derechos de información y de participación pública en lo relativo a la actividad de la industria nuclear”). Precisamente, nuestro CSN hace cuatro meses emitió informe favorable a alargar la vida de Garoña hasta 2019 “pendiente de condiciones de seguridad a establecer”. En resumen: ya sabemos que la zorra cuida de muy mala manera las gallinas, sean las gallinas hipotecas basura, fondos de inversión especulativos, transgénicos o instalaciones nucleares. Mientras que, como dijo un político alemán: “para millones de personas no es necesario un comité de ética –y pese a cualquier órgano regulador sesgado, añado yo- para saber que la arrogancia puede hacer pensar que las tecnologías son infalibles ante los riesgos”. Lo que debe primar aquí son las consecuencias previsibles de esa falibilidad, inaceptables en la energía nuclear. Más aún cuando un mundo democratizado es también aquel que supera la identificación del progreso con la cultura del riesgo y propugna la cultura de la precaución. Los inocentes afectados por un medicamento como la talidomida, por un material de construcción cancerígeno como el fibrocemento (amianto) de la uralita o la radiación de Chernobil (URSS) o Harrisburg (EEUU), si hubieran podido ser partícipes de una democracia real, habrían optado por la prevención antes que por la soberbia científica y la avaricia comercial.

Cinco: la energía nuclear “pacífica” aumenta el riesgo de proliferación de armas nucleares, hecho evidente en el rechazo internacional a Irán en la actualidad. ¿Es lícito en un mundo “globalizado” optar por una tecnología que no queremos que tenga la otra mitad de la humanidad?

Seis: la energía nuclear disfruta de otra excepción más muy poco conocida. Las centrales de generación están excluidas de la legislación de Impacto Ambiental. Lo que es absolutamente comprensible porque aplicando los procedimientos técnicos y administrativos de evaluación de impacto (emisiones, peligrosidad, calentamiento que produce en los ríos el uso de su agua para refrigeración...), sólo cabe, para la Declaración de Impacto Ambiental, la resolución denegatoria de la planta.

Siete: y muy significativamente, la energía nuclear tiene unas asombrosas ineficiencias económicas que sus promotores callan: está subvencionada (3,89% del recibo de la luz de cada ciudadano cubre la compensación por la moratoria),  no internaliza el total de los costes de la gestión de sus residuos, y es el único negocio que no corre con todos sus costes y que sus accidentes no los cubre ninguna aseguradora. El Consorcio de Compensación de Seguros de España apenas alcanza 1.200 meuros cuando las indemnizaciones a las victimas de Fukushima, por ejemplo, se estiman en más de 65.000 meuros, y eso sin contar con que muchas de las víctimas aún ni siquiera han nacido. Nuestra propia Ley de Responsabilidad Ambiental exceptúa a la energía nuclear por motivos obvios.

Además, el coste de construcción de una nueva planta es de 7.000 meuros, lo que supone 4.000 euros/Kw mientras que el coste de la eólica es ya de 3.000euros/Kw.

En todo caso, resulta que ninguna empresa privada está dispuesta a afrontar esa inversión multimillonaria (menos aún en las actuales condiciones de restricciones al crédito) sin contar con el apoyo del Estado, ya sea en subvenciones directas, avales, mediante primas tarifarias o a través de la factura de la luz.

En esto del coste de la energía nuclear, sus defensores también nos aseguran que es necesaria para que no suba el recibo de la luz, pero callan que tal energía se retribuye en nuestro sistema muy por encima de su coste  real, al más caro, el de los ciclos combinados de gas y el carbón, y que en un contexto de capacidad excedentaria son otras tecnologías, no la nuclear, las que podrían reducir el recibo.

En fin, la energía en España está liberalizada desde 1997, así que cualquiera puede instalar una central nuclear, un campo eólico, una granja solar o un ciclo combinado de gas donde le plazca sólo con cumplir los trámites administrativos y ambientales vigentes. Si las cuentas les salieran sin el apoyo estatal ya habrían promovido alguna central.

Y mientras estos datos tienen una contundencia sofocante, el Foro Nuclear de España quiere vendernos la sarcástica necesidad de esta energía –insostenible e insegura- por motivos “ambientales” (para controlar el cambio climático ya que “no emite CO2”) y por motivos de “seguridad” (para garantizar el suministro de la demanda). Así reclama ¡400 nuevos reactores en el mundo, diez de ellos en España! ¡2.800.000 meuros! ¡Órdago!...

Pero resulta que esa “necesidad de nuclearizarnos” es un sofisma. En España, en la actualidad somos excedentarios en energía (ahora exportamos). Por ejemplo, la prolongación hasta 2019 de la vida de la central de Garoña tiene mucho más de interés ideológico, “ejemplificador” que de necesidad real. Esa planta (idéntica a la de Fukushima) aporta apenas 466 Mw de potencia instalada. Lo mismo que un centenar de molinos eólicos de última generación. Además el paradigma de la energía renovable como energía distribuida es claramente superior, racional y eficientemente hablando, al de la centralización de una fuente en una instalación nuclear. Es preferible un bosque de huertos solares y de molinos eólicos que una central nuclear. Las innovaciones tecnológicas en aquéllos también se pueden instalar con  mayor facilidad y menor impacto. Cambiar un molino de 1 Mw por otro de 5Mw, por ejemplo. Véase diáfanamente esta ventaja de lo distribuido sobre lo centralizado (tema que abordaré en el futuro en el blog) en el ámbito de la informática.

Corolario: la energía nuclear es plenamente prescindible.  Y conste que de la posibilidad de alargamiento de la vida útil de las centrales nucleares más allá de los cuarenta años, que se tradujo en su inclusión en la infausta Ley de Economía (¿)Sostenible(?), tiene mucha responsabilidad Miguel Sebastián, ex ministro del PSOE, y su Secretario de Estado de la Energía, autor, casualmente antes de su nombramiento, del informe pericial de Nuclenor contra la decisión de no autorizar la prolongación de Garoña.

En definitiva, como ha dicho Sergio de Otto: no es cierto que necesitemos todas las tecnologías actuales de generación de energía. Unas son más deseables que otras; unas más peligrosas que otras. Ninguna opción energética como la nuclear tiene su poder devastador e irreversible. Un accidente nuclear, a diferencia de los accidentes industriales, no está delimitado ni en el tiempo ni en el espacio. Hay por tanto que avanzar en el desmantelamiento de unas energías irracionales y contrarias al progreso, que trasladan al futuro costes y riesgos, y promover otras energías, respetuosas con el ser humano y la naturaleza de hoy y de mañana.

Siete han sido los criterios que he vertido aquí esta semana contra la energía nuclear. También fue en el séptimo círculo del Infierno, donde Dante y Virgilio encontraron a los violentos contra la Naturaleza, condenados en un desierto ardiente bajo una continua lluvia de fuego, imagen de lo más atómica que imaginar se puede...


martes, 22 de mayo de 2012

Biocombustibles, alimentos y especulación financiera

Según Joseph Goebbels “más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil”. Y el mismo asesino nazi, citando aparentemente a Lenin, afirmaba que “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.
Así es. Falsedades e inexactitudes difundidas incansablemente para que nada cambie y que algunos mantengan sus privilegios e intereses, demasiado a menudo acaban permeando en la ciudadanía.
Tomemos, por ejemplo, el interesado debate suscitado por algunos respecto a la supuesta responsabilidad de los biocombustibles en la subida del precio de la alimentación.
Los precios de la alimentación, según The Economist, cuyo índice se remonta a 1850, se mantuvieron estables hasta 1970 (según el FMI incluso descendieron) y tuvieron un menor aumento que el resto de materias hasta el 2000.
Es a partir del siglo XXI cuando se producen aumentos significativos: entre 2003 y 2008 de más de un 50 % (media ponderada de azúcar, cereales, aceites y grasas, carne y lácteos). En concreto entre 2006 y 2008 el aumento del precio es del 217% en el arroz, 136 % en el trigo, 125 % en el maíz: 125% y 107 % en la soja.
¿Es la causa de este encarecimiento el uso de tales alimentos como biocombustibles, como fuente de energía renovable diversificada frente al monopolio de los combustibles fósiles? Eso se nos dice un día sí y otro también. Pero veamos causas más contundentes.
En ese período se ha producido una disminución histórica de las reservas debido a las malas cosechas desde 2006 (la actual hambruna del Sahel ya venía gestándose desde hace años) y una limitación de las exportaciones (las normas de la OMC y las ayudas a los agricultores europeos y norteamericanos son claramente discriminatorias de las producciones africanas, por ejemplo, en un claro efecto de competencia desleal. Cuando una paca de algodón maliense llega al puerto de Abidjan en Costa de Marfil para su exportación ya tiene un precio superior a las subvenciones que reciben nuestros agricultores, práctica proteccionista antiliberal, pero que como lo que “protege” es lo “nuestro” se acepta por el capitalismo sin taparse la nariz).
Además, en este período se ha desatado un exponencial incremento de la demanda. Debido al aumento de la población y del consumo per cápita (1,5% anual entre 1980 y 2000) y al acelerado crecimiento de China e India y otras zonas, que ha supuesto un cambio en la composición del consumo, haciéndose mayor el de lácteos y de carne, hay una mayor necesidad de uso de oleaginosas y maíz para alimentación animal. Para “producir” un kilo de ternera se necesitan siete de grano. Estados Unidos consume 98 kilos por habitante y año, ratio que si se generalizase en todo planeta significaría que hoy sólo habría cereales para alimentar a 2.600 millones de personas de los siete mil millones que ya somos.
Otros factores que han influido en el aumento del precio de los alimentos son, según la FAO, el creciente precio del petróleo utilizado en la maquinaria, en los fertilizantes y en la distribución; así como el estancamiento de la productividad desde los años 80.
No obstante, cuando se habla de la subida de los precios de los alimentos se sigue poniendo en primer lugar el sambenito a los biocombustibles. Veamos ahora los números de éstos:
La producción de bioetanol supone el 2% de la producción de cereales de la UE y el 4% mundial. El porcentaje de alimentos cuyo destino final es la bioenergía es apenas el 7% del maíz, el 6% de las oleaginosas, el 3% del aceite palma, y el 17% del azúcar. Siendo el porcentaje del azúcar el más significativo, sin embargo resulta que es en el que se produce la menor subida de precio y no al revés como postularían los detractores del biocombustible. Del mismo modo, la mayor subida de precio en el período la ha protagonizado el arroz (217 %) que, curiosamente, no tiene uso como biocombustible.
Así que habría que buscar la causa del abrupto incremento de precios de los alimentos en otro lugar.
Y el hecho diferencial de esta ruptura de precios una vez más tiene que ver con el capitalismo financiero. Ha sido debido al uso de los alimentos, no como biocombustibles, sino como activos financieros de mercados de futuros y de opciones sobre materias primas, teniendo en cuenta, además, que apenas son 200 las empresas que concentran la producción mundial alimentos. Esto significa que en los contratos de futuro los precios se fijan en función de las expectativas: si son de incremento, más caros.
O sea, la especulación con las materias primas que ha caracterizado los mercados del siglo XXI, no se ha limitado al petróleo y los minerales sino que también se ha llevado a cabo en los alimentos.
Hagamos uso de los propios datos de aquellos que han venido reclamando y protagonizando el monopolio de la verdad económica. Los índices más conocidos sobre futuros de materias primas son el Standard & Poor’s Goldman-Sachs Commodity Index y el Dow Jones-AIG (el primero compuesto por 24 productos, 9 de los cuales son alimentos; el segundo por 19, siendo 8 de ellos alimentos. El resto de materias primas son energía, metales preciosos y minerales industriales). Según estos índices y diversos investigadores y agencias (UNCTAD, Ibbotson Associates, Ismael Sanz Labrador, OCDE, Georges Soros…) desde 2003 hasta el estallido de la crisis en 2008 los especuladores compraron masivamente contratos sobre alimentos, trasladando parte de las inversiones inmobiliarias y bursátiles a los futuros de materias primas. La inversión se multiplicó por 25, pasando de los 13.000 millones de dólares hasta los 317.000 (un 30% del PIB de España). En definitiva el desaforado flujo de inversión, que no se correspondía con el crecimiento real de las materias, llevó a un aumento ficticio de los precios, cuya volatilidad no quedaba referida a la oferta y la demanda sino a la especulación bursátil. Según la FAO, la volatilidad del precio del trigo fue un 60% mayor de lo que le habría correspondido en un mercado real y no financiero.
En definitiva, es la especulación financiera sobre los alimentos la que explica la parte más significativa del aumento de los precios de los alimentos.
Además, en el ámbito puramente financiero, otro aspecto que ha incidido en tal aumento de precios es la depreciación del dólar. Y los precios mundiales de las materias primas, en especial de los productos agrícolas, se establecen en dólares, mientras que en los mercados locales se comercia en moneda nacional.
Por último, resulta que nada más iniciarse la crisis de 2008, lo que se produjeron fueron importantes caídas de precio de los alimentos (de hasta un 35%, siendo la mayor rebaja precisamente en los cereales y los aceites y grasas, usados en biocombustibles). Dado que el cambio más significativo entonces no fue que se dejaran de usar los biocombustibles sino el freno abrupto que se produjo en la especulación financiera (incluida la de alimentos) por falta de liquidez debida a la crisis, ello refuerza los motivos reales ocultos tras los precios de los alimentos.
Pero no querría dejar aquí sin más, en este blog, una especie de defensa a ultranza y a ojos cerrados de los biocombustibles. El concepto de desarrollo sostenible se basa más que en ninguna otra cosa en el equilibrio. Por eso, aun poniendo en su justa medida los ataques interesados que reciben, hay que resaltar que los biocombustibles, como todo lo que tenga relación con el planeta y sus habitantes, deben someterse a la premisa dicha de la sostenibilidad.
Según la FAO, las necesidades de alimentación de la población del planeta precisan cambios en el sector primario. En la producción alimentaria se requiere un aumento de la productividad y un mayor uso de tierras, en una ratio 70/30, o sea, más importante es la necesidad de aumento de productividad que de tierras cultivables.
Pero aunque el aumento de tierras cultivables no sea tan imperioso, sí que debe tenerse en cuenta que tal incremento de tierras no se haga en perjuicio de la biodiversidad natural ni humana. Y hay alternativas suficientes en todos los países como para que los nuevos cultivos no se extiendan a costa de poblaciones indígenas ni de reservas naturales.
El cambio de uso de tierras para biocombustibles no tiene por qué ser un problema si se hace con inteligencia e imponiendo, por ejemplo, certificaciones de sostenibilidad como se hace con la madera en la UE. Al fin y al cabo, hablamos de una extensión limitada. En 2004 se usó un 1% de tierras cultivables para biocombustibles. Y la Agencia Internacional de la Energía estima para 2030 un 3,8%.
Por último, hay que recordar que los biocombustibles, como actividad agrícola, según el propio Banco Mundial, ayudan a reducir la pobreza, cuando es en las zonas rurales donde se concentra el 75% de la pobreza del mundo.
De modo que producir biocombustibles con sostenibilidad no hace peligrar la producción de alimentos ni la biodiversidad (natural y humana) ni el consumo de agua. Ayuda a la disminución de emisiones y permite la diversificación de la economía de otros países (como Indonesia y Malasia en relación con el biodiesel procedente del aceite de palma), para competir contra quienes han venido ostentando el monopolio de la energía. No es poca cosa.

martes, 15 de mayo de 2012

¿Austeridad?, sí, gracias, pero...

No deja de ser sorprendente que haya que volver cuarenta años atrás para reencontrar explicaciones a lo que sucede hoy y avisos de lo que puede suceder mañana.
Fue allá por los años 70 cuando vio la luz el informe del Club de Roma “Los límites del crecimiento”. Y si no fuera suficiente con el diccionario para saber que lo que se contrapone a la austeridad no es el crecimiento sino el derroche, tendremos que recordar lo que entonces se decía.
Creo que fue el economista Kenneth Boulding el que nos mostró que la era de las expectativas ilimitadas había tocado a su fin. La primera crisis del petróleo vino a dejar claro que la llamada “economía del cowboy” abierta, sin límites, capaz de ofrecer un crecimiento infinito (a unos cuantos), había tocado a su fin y que nos adentrábamos en la era de la “economía del astronauta”, concepto más cercano a nosotros, incluso como metáfora: vivimos en un planeta, un astro errante según su etimología griega; esto es en una inmensa cápsula espacial dentro de la cual precisamente tenemos que manejarnos: con recursos limitados, no renovables muchos de ellos, obligados a minimizar nuestros propios residuos y gestionarlos convenientemente. Nadie tira la basura en su propio jardín. Y a escala mundial, nuestro jardín es el planeta Tierra. O sea, la ecuación que se impone desde hace decenios es evitar el despilfarro y la contaminación.
Unos años después de aquel informe se alumbró el concepto de “Desarrollo sostenible”: el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades. (No es de extrañar que fuera una mujer quien definiera tal concepto, la doctora Bruntland, pues ya dice Peter Lawrence que el hecho diferencial de género incorpora al discurso político y social valores como el pensamiento panorámico y la originalidad frente al secular pensamiento obsesivo y competitivo de los hombres; la creatividad y la reflexión frente al reglamentismo, anquilosamiento y agresividad; y los principios de conservación y empatía frente al despilfarro y la insensata confianza absoluta en sí mismo del arquetipo de dirigente masculino).
O sea, a finales del siglo XX, habíamos avanzado en la comprensión del mundo. Ya no hablábamos de crecimiento, sino de desarrollo (algo así como el crecimiento que beneficia a toda la población y eleva su calidad de vida de manera armónica y distribuida, o sea, el crecimiento que provoca prosperidad). Más aún, hablábamos de desarrollo “sostenible”, donde el todo, lo absoluto deja de ser legítimo si no tiene en cuenta las partes, lo relativo del hoy y del mañana, del aquí y el allí. Pues la prosperidad de unos no puede hacerse a costa de la pobreza de los demás. Y en un mundo globalizado en las relaciones económicas y financieras tiene sentido el “efecto mariposa”: lo que sucede en una parte del mundo afecta al resto. Si para mantener los privilegios de unos pocos, de nosotros, el llamado primer mundo, hay que sumir en la miseria a la gran mayoría silenciosa del resto de los países, entonces no estamos en la senda correcta.
En definitiva, me niego a aceptar la actual espuria confrontación entre austeridad y crecimiento. La austeridad debe constituirse en un principio esencial del progresismo contemporáneo de nuevo cuño, ecologista y globalizador en lo distributivo y la justicia. Y no se contrapone al crecimiento sino al derroche. Y tampoco debe querérsenos confundir llamando austeridad a recortes cuyo último objetivo es el desmantelamiento/privatización del Estado del Bienestar.
¿Que hay desequilibrio en las cuentas? Si lo hubiera (luego veremos esto) no puede achacarse al gasto (en verdad inversión, y de futuro, más que gasto) en políticas sociales (sanidad, dependencia, capacidades diferenciadas –discapacidad-, pobreza y exclusión…). Si hacemos números veremos que las decenas de aeropuertos, puertos, autopistas radiales, trenes de alta velocidad construidos desde hace veinte años, son el verdadero derroche que ha provocado el actual desequilibrio (por no hablar del impacto en la Seguridad Social de las prejubilaciones). Pero me refiero exclusivamente ahora a las cuentas públicas, dejando para otra ocasión el debate sobre otros componentes esenciales del actual desequilibrio como la actividad privada centrada en el urbanismo (que para cometer sus desmanes ha contado con un “cooperador necesario”, el sistema financiero inflando artificialmente la burbuja de los precios y los préstamos) o como el derroche privado familiar (somos uno de los países con mayor parque de vehículos de superlujo).
La austeridad es necesaria, y no como algo coyuntural sino estructural. Pero una austeridad aplicada, no recortando las bases del Estado del Bienestar (educación, salud, justicia social), sino en lo superfluo de gastos de infraestructuras innecesarias (muchas de los 255.000 millones de euros del plan de infraestructuras del anterior Gobierno), de armamentos inútiles y absurdos (el tanque Leopard de nuestro Ejército, con un coste de compra de 15 meuros cada uno, dispara a una distancia que no hay campo de tiro en España donde entrenarse con él), de subvenciones millonarias a energías obsoletas y contaminantes (centenares de millones al carbón)...
Vengan, sí, las inversiones inteligentes, de futuro, aquellas que faciliten no tanto el crecimiento como el desarrollo de la sociedad. Y valga un solo ejemplo: organizar un sistema integral de producción energética autóctona que limite nuestra dependencia de los combustibles fósiles. Dependencia a precios que también son un insensato derroche (la factura anual de nuestras importaciones de petróleo supera los 29.400 millones de euros).
Pero si pretendemos ahora volver a anteponer ¡otra vez! a la necesaria austeridad un crecimiento fallido basado en fórmulas que ya han fracasado como macro hoteles en Baleares, o urbanizaciones de golf y playa en Valencia, o estaciones de esquí de nieve artificial en Castilla y León, o en Madrid o Cataluña ese El Dorado de Eurovegas, paradigma de actividad innovadora donde las haya (me refiero a la lavandería: el blanqueo industrial de sábanas de los hoteles y el blanqueo de capitales en las ruletas)... si el becerro de oro del crecimiento a cualquier precio nos impone de nuevo ese modelo para intentar salir de la parálisis, simplemente estaremos abocados a alargar la agonía.
¿Que no salen la cuentas?, decía más arriba. Sí, sí que salen. Como todo presupuesto, ya sea familiar o público, simplemente se trata de elegir dónde ahorrar, dónde gastar y cómo ingresar (ya hablaremos también otra semana del sistema de impuestos en España, donde apenas pagan los asalariados).
Miremos al mundo, a todo el mundo: el crecimiento per se no trae el bienestar; el desarrollo sí. Pero para que sea duradero y justo ha de ser sostenible, lo que implica desarrollar en nuestras sociedades la ética de la frugalidad y desterrar el papanatismo del nuevo rico que cree que cuanto más derrocha y más se pavonea de ello más feliz es.

martes, 8 de mayo de 2012

El hundimiento del Maine

Hay quienes pretenden que la obstinación en la mentira acaba por convertirla en verdad aunque sea sólo por el hastío final de los que tienen que oír la falsedad hasta la extenuación.
Pero al final la verdad resplandece. A menudo demasiado tarde, o con gran dolor, pérdida y desgaste. Pero resplandece. Aunque también es cierto que algunas de las cosas deterioradas por la interesada mentira no se recuperan jamás o lo hacen tan tarde que para generaciones enteras es como si no se hubieran reparado.
Pues hoy, igual que en el famoso hundimiento del Maine, no sólo nos quieren engañar sino que quieren volver la mentira contra nosotros culpando a quienes no provocaron el hundimiento.
Y no hablo del hundimiento del Maine, sino del naufragio premeditado al que la ideología neoliberal quiere conducir a todo lo público. Como aquellos piratas terrestres que apagaban los faros y encendían otras luces para con engaños llevar a las naves a los arrecifes y desvalijarlas.
Eso es lo que me parece que está ocurriendo en nuestros días ante nuestra propia pasividad. Hagamos pues memoria, esa palabra tan denostada por algunos.
En el Principio fue la idea: Thatcher y Reagan en los 80’ proyectando acabar con el Estado por su supuesta ineficiencia ante el sacrosanto dios de los mercados.
En los 90’, aprovechando seguramente ese momento de confianza y esperanza que supuso el fin de la Guerra Fría, los secuaces de aquéllos impusieron sin hacer muchas preguntas a los ciudadanos la desregulación indiscriminada, las privatizaciones sin control, las liberalizaciones sin supervisión. Todo ello dando por hecho que la intervención de los poderes públicos, democráticos, ciudadanos y no corporativos supone siempre un lastre para el crecimiento y el enriquecimiento.
En el caso de España, por poner un primer ejemplo, aprobó el Sr. Rato una Ley del Suelo que convertía a quien quisiera en promotor, fuera o no dueño del suelo. El objetivo era producir. En concreto ladrillos. No es momento en esta primera incursión de abordar las repercusiones ambientales, por ejemplo, sino sólo la de identificar dónde empezó a inflarse la burbuja aquella que, para hincharla en condiciones precisó de la venida de cuatro millones de emigrantes.
En el 2008, todo el andamiaje que soportaba la burbuja se cayó (falseamiento de tasaciones, hipotecas por mayor valor que la casa para financiar otros menesteres como coches o viajes, seguros para cubrir valoraciones ficticias…) llevándose consigo todo lo que hoy llamamos “La crisis”, financiera.
Entonces salieron los mismos que desde sus empresas de rating, sus bancos, sus empresas, sus evasiones fiscales habían organizado el inflado a explicarnos que lo que no se sostiene en verdad es el Estado del Bienestar, que la Ley de Dependencia es un lujo del país rico que ahora resulta que no somos, que la culpa del gasto en desempleo la tienen los emigrantes (los mismos emigrantes sin los cuales no habría habido el modelo de desarrollo del ladrillo promovido por aquéllos; las mismas emigrantes que han permitido sentirse alta burguesía a tantas familias y gracias a las que muchas mujeres pudieron incorporarse a puestos de trabajo fuera del que realizaban en sus domicilios), que vivimos demasiado, que consumimos demasiadas medicinas, que los funcionarios no se ganan el sueldo (cuando la mayoría de esos funcionarios fueron espectadores del enriquecimiento realmente ilícito de tantos otros trabajadores que ayudaron a inflar precios y salarios de ficción)…
Así ahora se cierra aquel plan ideado por Thatcher y Reagan hace 30 años, el del desmantelamiento de lo público en beneficio de lo privado, lo individualista, el sálvese quien pueda. Y en una pirueta en la que creen que van a engañarnos todo el tiempo, todavía nos echan la culpa del desastre a los que creemos en lo público, en la solidaridad y la sostenibilidad, y vienen a convencernos de que la única medicina para desfazer el entuerto de las liberalizaciones y desregulaciones ahora es recortar gastos. Reducir gastos sociales, “replantearnos” el Estado del Bienestar. Apartando una vez más el foco de atención de dónde estuvo el error. Nos quieren decir que la Ley de Dependencia no se puede financiar, pero no nos dicen los cientos de miles de millones invertidos en autopistas de peaje sin coches, aeropuertos sin aviones, puertos sin contenedores o trenes de alta velocidad con más apeaderos que paradas. Nos dicen que hay que recortar la sanidad, la educación, mientras una misión en Afganistán nos cuesta más de un millón de euros al día. Al día. (En el caso de Estados Unidos el coste es de 2.000 millones de dólares a la semana… reluctantes son los números cuando algunos se empeñan en hablar del problema de liquidez…). Nos dicen que TVE es demasiado cara y que habrá que suprimir, curiosamente, los programas de mayor audiencia. Curiosamente, también, ello redundará en el incremento del “share” de las televisiones privadas sin tener que modificar sus programaciones…
Qué bien ha cuadrado todo para que la ideología neoliberal se nos imponga ahora no ya como la del Pensamiento Único sino como la única alternativa real para salir de esta crisis, por supuesto sin cambiar uno sólo de los principios que de verdad nos han metido en ella; manteniendo el modelo de vida que acabará conduciendo al naufragio aquel.
Todos hemos tenido culpa en este desmán generalizado. Pero algunos más que otros. También aquellos ciudadanos de a pie que se dejaron llevar por la codicia y vivieron unos años en un comic muy por encima de lo razonable, muy a lo cigarra y no a lo hormiga, que no guardaron nada para este invierno duro que se nos viene encima.
Pero, de todos modos, aún confío en que los ciudadanos despertemos e impidamos el desmantelamiento de la conquista de los derechos de todos. Lo dice el escritor Pérez Andújar, constataremos que “lo definitivo no es más fuerte que uno mismo”, recordando siempre a Abraham Lincoln que sabía que “se puede engañar a todo el mundo alguna vez, y a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

(El 25 de enero de 1898, con la excusa de asegurar los intereses de los residentes estadounidenses en la isla, Estados Unidos envió a La Habana el acorazado Maine. El 15 de febrero hubo una explosión en el Maine y se hundió.
Los estadounidenses sostuvieron desde el primer momento que la explosión había sido provocada y externa. La conclusión de las investigaciones españolas fue que la explosión era debida a causas internas. Ciertos documentos avalarían la hipótesis de que la explosión fue provocada por los propios estadounidenses con el objeto de tener un pretexto para declarar la guerra a España. Algunos estudios actuales apuntan a una explosión accidental de la santabárbara.
España negó desde el principio que tuviera algo que ver con la explosión del Maine, pero la campaña mediática realizada desde los periódicos de William Randolph Hearst convenció a la mayoría de los estadounidenses de la culpabilidad de España). (Fuente Wikipedia)