You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

domingo, 30 de agosto de 2020

La búsqueda de la Felicidad


Me encuentro por doquier hiperrealistas que se mofan del intento de reeditar antiguos conceptos humanistas en la actualidad. Por ejemplo, el derecho a la felicidad.

Curiosamente, a los más neoliberales, los más pro imperio yanquee, les da un ataque de risa ante la pretensión de limitar los perniciosos resultados del capitalismo salvaje retornando a una concepción más humana de las relaciones mundiales, superando el paradigma del egoísmo y el beneficio a costa de todo y todos.

Olvidan tal vez que la propia Declaración de Independencia de su idolatrado Estados Unidos, el documento más célebre de la Ilustración, dejó dicho: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Axioma de una vida en comunidad regida por el humanismo que pronto permeó en otros textos fundacionales, como nuestra propia Constitución de Cádiz, en 1812, que incluía entre las obligaciones de los españoles la de ser “justos y benéficos”. ¡Cuánta necesidad tenemos hoy de esta obligación en España!

Pero para los que apenas entienden lo que pueden sumar y restar con guarismos en cuentas de resultados, o sea, sumar ingresos monetarios, restar pérdidas económicas, solo cuentan los índices del PIB, el porcentaje del IRPF o el índice de masa corporal… y abominan con chuscas chanzas del Índice de Felicidad Humana.

A lo único que estos se permiten aspirar cuando hoy hablan de Felicidad Humana es a confundir el término con el de “Seguridad Ciudadana”. Pero no son sinónimos. (A este tema regresaré otro día).

El Índice Global de Felicidad es una publicación anual de Naciones Unidas que mide la felicidad en los países, basándose en diversos factores, como el Apoyo social, la Esperanza de años de vida saludable, la Libertad para tomar decisiones vitales, la Generosidad, la Percepción de la corrupción y, sí, también el PIB per cápita.

Un buen punto de partida, pero para mí todavía un poco demasiado economicista, porque ¿dónde queda medir cualitativamente cuestiones indispensables para la serenidad humana como los valores de pertenencia, de identidad, de saberse valorado, de inclusión en la comunidad, o de autosuficiencia espiritual y emocional…?

Se debe, por tanto, avanzar hacia el concepto de Felicidad Nacional Bruta (FNB) o Felicidad Interna Bruta (FIB), como indicador que mide la calidad de vida en términos más holísticos y psicológicos que el producto interno bruto. Y, después, analizando los factores que inciden en mayor medida en la felicidad humana, desarrollar políticas que los favorezcan.

Lo mismo descubrimos que fomentar el consumismo a ultranza no vale para ser felices tanto como una legislación de horarios laborales afín a nuestra humanidad. Porque valores subjetivos como el bienestar son más relevantes e importantes para los hombres que objetivos como la acumulación de riqueza.

También podremos encontrar cómo la verdadera fortuna se encuentra en los adjetivos. No se trata de promover el desarrollo socioeconómico sin más, sino de hacerlo sostenible y equitativo.

La preservación y promoción de valores culturales, la conservación del medio ambiente y el establecimiento de un buen gobierno son factores que proporcionan más felicidad que el carrito de la compra. Aunque no olvido que ello implica siempre que todos puedan contar con un carrito suficiente, tanto en nuestros distintos barrios como en los diferentes países (ingreso mínimo vital y solidaridad internacional mediante). Algo que es fácilmente posible si todos compartimos.

Algunos aducen dificultades metodológicas para medir este índice. Y con ello se quedan tan campantes, porque así no tienen que afrontar el hecho de tomar decisiones. Pero se engañan, porque si estos elementos no pudieran ser medidos directamente, sí se pueden evaluar los factores que los alteran, considerando dimensiones comparativas como el bienestar psicológico, el uso del tiempo, la vitalidad de la comunidad, o la diversidad humana y medioambiental.

No se trata de buenismo, se trata de mirar la realidad con otros ojos, y no solo para reflejarlo en un articulito como este sino para aplicarlo activamente a las políticas públicas.

Pensémoslo. Creo que más vale la pertenencia que las pertenencias, los valores que el valor (precio), el bien que los bienes, el interés por ser felices todos que los intereses de nuestras cuentas bancarias…

© Fotografía, jaime alejandre, 2020


jueves, 30 de julio de 2020

Botellón


Ha tenido que llegarnos un renuente virus para que por fin avancemos, algo decididamente, en la prohibición de los botellones. Como si lo peor del asunto fuera mezclar las babas bebiendo a gollete. Y no el abuso de una sustancia altamente tóxica.
Bienvenido sea hoy el control sobre los botellones, sí, aunque el motor de la prohibición debería haberse producido hace mucho, contra el propio uso y abuso de la bebida. Algo impensable, al parecer, pues qué se podía esperar, antes de la era del Covid, de un mundo donde el alcohol era y es uno de los principales dioses del olimpo contemporáneo. Y como con cualquier dios habido, a él se le muestra una tolerancia, una condescendencia insultante.
¿Un ejemplito? Pongámonos constitucionalistas. La Carta Magna de Estados Unidos de Norteamérica. Ahí es nada. Un texto fundamental para la democracia y las libertades de todo el planeta. Un texto, además, vivo, que ha venido incorporando en su historia Enmiendas del mayor calado político imaginable.
Veintisiete han sido las enmiendas aprobadas en la historia de esta Constitución. Todas referidas a garantías judiciales, derechos o libertades. La primera dedicada a la libertad de culto, de expresión, de prensa, petición y de reunión. La controvertida segunda, sobre el derecho a poseer armas. Y así las diez primeras, que conforman lo que se denomina la Declaración de Derechos, son enmiendas que limitan explícitamente los poderes del gobierno federal, protegiendo los derechos de las personas al evitar que el Congreso restrinja ciertas libertades: autoinculpación, castigos crueles e inusuales, derechos del acusado… A estas siguen otras enmiendas jurídica y políticamente impecables: abolición de la esclavitud, sufragio racial, sufragio femenino, incapacidades presidenciales…
Pues bien, la más bizarra y significativa de las enmiendas, a los efectos hoy de este comentario mío, es la vigesimoprimera. Todas las otras son “positivas”: establecen derechos o prohibiciones (por ejemplo limitar mandatos al presidente), pero solo una lo que hace es enmendar a otra enmienda. Dar marcha atrás. Es, como digo, la vigesimoprimera. Deroga la decimoctava, más conocida como la “Ley Seca”. Cuando en 1917, el Congreso aprobó la prohibición de la venta, importación, exportación, fabricación y el transporte de bebidas alcohólicas en todo el territorio de Estados Unidos.
La causa era la insoportable degeneración social habida en torno a la dipsomanía. Culminaba así la lucha iniciada por el Movimiento por la Templanza en el siglo XIX. Corriente a la que se unieron diversos intelectuales progresistas y liberales, así como líderes sindicales de izquierda, que condenaban el consumo de alcohol como elemento provocador de atraso y pobreza entre las masas de ciudadanos que empezaban a llenar las ciudades de EE.UU. Gravísimo problema en toda la escala social, desde las élites financieras a los trabajadores, cuyas repercusiones se hacían patentes especialmente en la violencia en el hogar.
«Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación», declaró el senador Andrew Volstead, impulsor de la nueva norma, con optimismo: “El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños…”.
Sin embargo, una presión generalizada de intereses comerciales y de adictos en las más altas esferas del poder, condujo a la derogación apenas dieciséis años después.
Hoy la permisividad mundial con el alcohol no deja de causar triste asombro.
¿Qué habríamos dicho si al acabar el confinamiento, las redes sociales se hubieran llenado de parabienes y propósitos de celebración común, no solo invitando abajar al bar a beber, sino para inyectarse un pico, esnifar una raya o meterse un tripi?
Me argüirán algunos que no es lo mismo una cosa que otra, pero sí. Al fin y al cabo, curiosamente ese predicado lo defienden tanto unos como otros. Los que consumen cocaína dicen que es solo una rayita o dos los fines de semana y que no hace “tanto” daño. Pero la destrucción invisible de neuronas, dignidad y autoestima no conoce dosis inmune.
La cosa es que el Negacionismo es doctrina general en boga en nuestros días. Y así, una legión de negacionistas refutan que la tierra sea redonda, otros que la Teoría de la Evolución sea cierta frente al Creacionismo y el Diseño Inteligente, y otros, en fin, niegan que el alcohol sea una lacra.
Hace unas semanas se publicó una noticia. Las internas en una cárcel española se bebían el gel de manos contra el virus para emborracharse. El botellón es más fuerte que la voluntad. Pero los raros son los otros, siempre.
© foto la tribuna de ciudad real

miércoles, 22 de julio de 2020

Modas a modo



Soy lo peor. Lo sé. Lo confieso: a mí me privan los azúcares propios, añadidos, galácticos, mediopensionistas. Lo que no soporto es el sabor light ese de aspartamo u otros edulcorantes artificiales químicos sucedáneos. A mí el gusto de caña de azúcar o remolacha me alegra el día, la tarde y la noche en todas su formas conocidas.
No me estigmaticen por tamaña incorrección ciudadana contemporánea. Solo a la altura de criticar fanatismos de género religioso o de religioso género. No me injurien aún por mi insolidaridad con los que sufren obesidades y morbideces varias.
Lo cierto es que este cincuentón, muy avanzado ya hacia la sesentena, tiene las mismas probabilidades de que me engorde el azúcar que cualquier otro (genética –ese moderno nuevo fundamentalismo- aparte). Lo que ocurre es que mi actividad diaria, laboral, familiar, deportiva, consume el posible exceso de azúcares en mis asadurillas. El problema, por tanto, no es la sacarosa, sino el sedentarismo de consola; la poltrona de pantalla; el coche para ir al estanco de la esquina; el alcohol de aplatanado en el bar las 24 horas de Le Mans…
Por no hablar de lo que es de verdad malo de la muerte: las estrategias y maniobras comerciales de unos y de otros. Confío vivir los años suficientes para que dentro de un decenio nos atiborren de anuncios con las virtudes indispensables de tomar azúcar para vivir como es debido, como es “devida”. En fin, como sucedió con el aceite de oliva, que era malo cual bubónica peste en los años 80 y hoy esencial para ser longevo y simpático. Lo mismo los huevos, atractores de toda enfermedad imaginable hace un tiempo y hoy otra vez saludables a diario cual agua bendita.
En fin, deseoso de contar, sino con vuestra imposible absolución, sí con un cierto conformismo, conocedores como sois de mis muchos pecados de humano procedente de otro siglo, a la fotografía de las rosquillas que me he abrochado esta mañana añado otra, trisagio mediante, de las lubinas al papillote que cociné ayer. No se tome en consideración en esta foto la mucha sal echada que se ve. Para compensar puse cuatro cabezas de ajo por pescado, o sea que estoy libre de todo mal. Dicen. Al menos hasta la merienda. Aún me quedan rosquillas. Por poco tiempo, eso sí…

domingo, 12 de julio de 2020

¡No juzguéis!


¡No juzguéis!, dijo André Gide. También Jesús de Galilea, metáfora “lapidaria” mediante.
No, ¡no juzguéis! No lo hagáis en ninguna polémica, ningún debate moral o convivencial de los conflictos personales de los otros. En esos nadie debe inmiscuirse de modo más complejo que cumpliendo este exhorto: ¡No juzguéis!
Y, sin embargo, resulta que una de las señas de identidad de nuestros tiempos de redes “suciales” es justo… perdón, es “precisamente”, esa trivialidad y ligereza con la que los meros coincidentes de tales medios de comunicación se permiten juzgar, ya sea por acción o por omisión, las razones o comportamientos personales de otros.
Y lo peor de esta profusión de juicios no radica siquiera en la rotundidad de las sentencias (injustas por su propia naturaleza) sino en que éstas se dictan a priori, motivadas apenas en los “prejuicios”. Diáfana es la etimología.
Lo que sucede en los prejuicios es que se toman sin considerar las diferentes partes de un “caso”, las motivaciones profundas de cada contraparte. Hay quien opta ab initio por aquel o aquella que más simpatía anterior le causa, aquella persona que confirma sus propios sentimientos, aquella con la que se considera miembro, confortado, tribu.
Cuando este tipo de personas hacen su toma de partido con desconocidos no deja de ser brutal, pero cuando es un amigo, un colega o un conocido quien se permite juzgar en una controversia personal, condenando a uno a la vez que absuelve del proceso al otro, entonces se produce algo espeluznante.
Por eso, la virtuosa solución es la de aplicarse el no, ¡no juzguéis! Callad. Callad los que vivís en la complacencia acomodaticia del que no se preocupa por indagar; los vagos que solo dais por hecho las profecías auto cumplidas a voluntad; los cobardes que ni siquiera osáis cuestionar, ni os atrevéis a poner en duda la versión unívoca que os han entregado en bandeja de falseada plata; los que el único motivo que encontráis para vuestra sentencia sin apelación es que queréis verlo todo del modo que se ajuste a lo circunstancial, políticamente correcto, a lo previsto.
Absteneos. Vosotros, los que toda vuestra capacidad de discernimiento, apenas es la de confirmar lo que os satisface, haciéndolo sin datos, o solo con los de la mitad de los implicados. Absteneos, reconoced que en la sentencia que dictáis a otro lo que en realidad buscáis es “justicia” para vuestros propios casos, ya prescritos.
Vosotros, los que así actuáis, lo hacéis, sabedlo, como inquisidores. Inquisidores que buscan salvaguardarse en las conclusiones generales prestablecidas. Sabed que sois perversos, no conocéis la virtud ni la amistad, sois matarifes abúlicos que en los otros buscan la justificación de sus propios errores. Esos errores vuestros a los que nunca tuvisteis el coraje de plantar cara.
Dar valor de verdad absoluta, porque sí, al despechado, solo por serlo; al vengativo porque por algo lo será; al dominado por las pasiones porque “pobrecito él o ella”, mete en el mismo cajón de lo prescindible a quien sustenta a estos y a ellos mismos. Y lo hace sin dejarse sanar por el beneficioso y salvífico efecto que causa siempre la duda. En especial ante las certezas sin fundamento que algunos respaldan por pura comodidad. Por simple solidaridad de especie sin criterio. Miembros de rebaños dispuestos a defender lo indefendible solo porque alguien es de los “suyos”. O de las “suyas”.
Parafraseando a Steven Pinker, recordad que la Ilustración consiguió el gran avance de refutar la intuición, esa primitiva concepción de algunos como vosotros de que las cosas acaecen por arcanas razones. De suerte que, cuando algo malo sucede, decís con alivio que algún agente habrá “querido” que pasen. Así que la tranquilidad os llega porque cuando alcanzáis a señalar a uno como responsable de la desgracia, lo podéis castigar; y si no cabe que señaléis a nadie en particular, podéis aún culpar a las “corrientes” sociales, las que no se ajustan a lo esperado por la política corrección contingente vuestra; si incluso no sois capaces de identificar a ningún mortal al que acusar, aún os cabe recurrir a la caza de brujas. O por último a los dioses voluntaristas o hasta a las fuerzas incorpóreas como el karma, el destino, la justicia cósmica u otros garantes de vuestra intuición de que “todo sucede por una razón”.
Pero si aún os queda un mínimo resquicio de honorabilidad, recordad a Gide y ¡no juzguéis! No, ¡no juzguéis!

sábado, 27 de junio de 2020

Los otros


Noticias del Mundo antes de la Era de la Covid. Cuando las cifras de la muerte, las cifras de las enfermedades no nos importaban a los muy nordacas, porque eran las muertes de otros, las enfermedades de otros.

Qué gran invento la palabra “otros”. A los segregacionistas, a los fascistas, les sirve para estabular la realidad tan solo en dos simplicísimos bandos y así poder estar, necios ellos, a la única altura de entender las cosas, porque más allá del blanco y negro, el cero y el uno, no comprenden nada.
Qué gran invento la palabra “otros”. A los privilegiados, a los satisfechos nos sirve para mirarnos el ombligo de nuestras inalienables pupitas de blandengues y creernos con derecho, tan a todo, que incluye hasta el de hacer de plañideras por nada, con las orejeras puestas como a asnos para solo vislumbrar nuestra propia sombra al paso.
Qué gran invento la palabra “otros”. A los creyentes y a los fanáticos les sirve para tener a quien, a la vez, echar la culpa y pedir la redención, único modo de cruzar las aguas de los mares sin mojarse. Jamás en la patera.
Lo dicho: Noticias del Mundo antes de la Era del Covid. 6 de febrero de 2020. Sin Estado, sin Alarma. Sin sonrojo. Cuando las cifras de la muerte… Bla, bla, bla...

https://www.msf.es/actualidad/republica-democratica-del-congo/6000-muertos-sarampion-republica-democratica-del-congo



martes, 23 de junio de 2020

Melatontina


Reconozco, humilde y humillado, que mi capacidad para entender ciertos mecanismos de la ordenación de nuestras sociedades capitalistas, la tengo cada vez más perjudicada.
Un ejemplito rápido. La melatonina. Melatontina en mi caso. Hace quince años resulta que era un medicamento prohibido en Europa. Malo de la muerte sería, digo yo. Sin embargo en Argentina o Estados Unidos se vendía sin receta médica sin más problema, como pipas. Las gentes lo utilizaban para agarrar el sueño diario o para combatir el jet lag los viajeros trasatlánticos. Alguno también como elixir de la eterna juventud por su antioxidante virtud. Tipos hay para todo, ¿quién quiere vivir para siempre con los vecinos que le han tocado urbi et orbi?
Quien más quien menos, en aquellos tiempos de la europea ley seca de la melatonina le encargaba a algún amigo, viajero, azafato, piloto, contrabandista o mero navegante, que trajera un buen puñado de pastillas de las tsetsé “etsas”. Todos así assai felices.
Años después, la sacrosanta (o sarcosanta, porque a veces da por el orto que no veas) Unión Europea, de repente decidió que por fin se podía vender en nuestros lares. Ya no debía ser tan mala de la muerte, digo. Y tanto, porque, de estar prohibida, pasó, no a que te la pudiera recetar un médico prescripción sanitaria bien sellada y compulsada mediante, sino a que se puede adquirir con desparpajo en las farmacias (o en los supermercados, pásmese usté) en las estanterías de la entrada, junto a las juanolas, los caramelos de menta y las tiritas.
Bueno, pues ahora resulta que algunos investigadores afirman que la melatonina es mano de santo contra el malhadado virus este, Covid19… Qué suerte, con un medicamento que no es medicamento y que se rige por el precio de tonto el último, como las mascarillas, o sea las más-carillas.
En fin, lo dicho, que no me aclaro. Y que me causa una cierta intranquilidad la diáspora de opiniones y normas sobre los medicamentos. Pero será cosa de que yo ya no tengo una edad sino una era. Y que veo tan cerca el final de todo que aspiro a irme de este valle de lágrimas y colutorios con alguna mínima certeza, algún nimio conocimiento. El sumun sería si pudiera de paso entender el porqué de las Diputaciones Provinciales. Pero a tanto ya no aspiro en el horizonte vital que me corresponde…

(© fotografía de muyinteresante.es)

sábado, 6 de junio de 2020

La vergüenza colectiva


Hay una suerte (mala pero justa) de vergüenza colectiva que viene provocada por la responsabilidad de las sociedades como organismos vivos comunitarios.
Durante mucho tiempo se combatió esta interpretación. No niego su implacabilidad brutal, pero es la que corresponde. La maldad impera no solo por la actividad precisa de unos, sino por el desentendimiento de las inmensas mayorías.
Por eso, por ejemplo, Alemania como comunidad todavía debe purgar su responsabilidad por el nazismo. No quiere decir ello que una culpa como esa se extienda a lo largo de toda la historia futura de la Humanidad. Pero no es algo que se pueda llevar a los territorios del perdón y del olvido al menos mientras las generaciones que vivieron aquellos terribles años sigan siendo testigos del presente.
Así que también hoy hay que señalar otra responsabilidad y vergüenza colectivas proyectadas hacia un largo futuro. Las que recaen sin ningún género de duda sobre los Estados Unidos de Norteamérica.
Lo comento hoy, porque justo un día como éste se conmemora el 52 aniversario del asesinato de Robert Kennedy, ejecutado (sic), nada más proclamarse, literalmente, su victoria en las primarias demócratas como candidato a Presidente de EEUU.
No puede por tanto dejar de recordarse aquel año 1968, crucial en el siglo XX. Normalmente en Europa lo recordamos con un punto de optimismo por el Mayo del 68 parisiense. Pero la verdadera relevancia de tal año se produjo al otro lado del Atlántico y delimita el principio del fin de la democracia y el Estado del Bienestar como lo soñábamos.
Puestos a destacar la mancha colectiva estadounidense más vergonzosa, más incomprensible e inexplicable, esa es sin duda el segregacionismo. Que en plena posmodernidad se separara a hombres por el color de su piel en los autobuses, en los  colegios, en los cines; que se los insultara y amedrentara por las calles simplemente por beber de una fuente, es algo que produce un malestar físico insoportable, y un rechazo intelectual y moral que me hace pensar que los segregacionistas eran y son seres no dotados de características humanas sino animales.
Aquel 1968 fue el año en el que Martin Luther King Jr. fue asesinado. Siguiendo la espantosa estela de Malcolm X, tiroteado tres años antes; o Medgar Evers en el 63, poco meses antes del fusilamiento de JFK. (JFK, aquel baldío presidente que, pese a su injusta muerte, frustró antes todas nuestras expectativas, igual que años después haría, tristemente, Obama).
Aquel 1968 fue el año de una brutalidad policial sobrecogedora. Lo supimos por fin ya que por primera vez se pudo conocer al ser televisada en Chicago, Detrioit, Watts, y tantos otros lugares. Barbarie que medio siglo después no ceja. No, porque creo que el devenir de la humanidad hacia más elevadas cotas de progreso quedó paralizado en aquel crucial 1968 y no acaba de arrancar de nuevo.
1968, el año de la “Campaña por los pobres”, en tiempos en los que millones de estadounidenses dependían de comedores sociales para no sucumbir al hambre; cuando la amargamente famosa y fallida “Ciudad Resurrección”, un campamento de tiendas, se instaló en Washington y cuyas imágenes hoy recuerdan a los campos de refugiados de Sudán, más que a la capital del imperio universal.
El año en el que se arrojaban más bombas en Vietnam que en toda la II Guerra Mundial; el año en el que trabajadores afroamericanos se manifestaban llevando pancartas en las que se leía la obviedad no tan obvia para los fanáticos de aquella impostada Tierra de la Libertad, pancartas que decían: “I am a man” (soy un hombre); el año en que escuchamos elevarse en lucha las voces contra “el trabajo a tiempo completo con salarios a tiempo parcial”… Qué poco ha cambiado, digo, desde que en aquel 1968 todo se detuviera y empezara a retroceder con una especie de inercia reaccionaria que aún nos arrebata.
El año en que Nguyn Ngc Loan, el tristemente famoso general survietnamita, asesinó de un disparo en la cabeza en medio de una calle de Saigón a un prisionero esposado, brutal ejecución recogida con espanto por un cámara de la NBC.
El año en que Nixon, en su contienda por ganar las elecciones presidenciales (que finalmente conquistó por un puñado de votos sobre Hubert Humphrey), “autorizó” a Anna Chennault para entablar conversaciones secretas con Vietnam del Sur prometiéndoles recibir mayor ayuda y mejor trato bajo Nixon que lo sucedido con Lyndon B. Johnson, el entonces presidente de EEUU, que acababa de suspender los bombardeos sobre el Vietcong. Se ejecutó así un emético sabotaje de las conversaciones de paz de Vietnam en París. Ese penoso y facineroso tipo que fue Richard Nixon prefirió alargar la guerra, la muerte y la destrucción, incluso de sus propios compatriotas, para aprovecharse de ello en su campaña. En efecto, la suspensión de las negociaciones se interpretan justo como el último golpe de desgracia por el que Nixon ganó la presidencia. Las conversaciones de “paz” se reanudaron, curiosamente, justo cuatro días después de su toma de posesión como presidente…
1968… La ignominia perseguirá a la nación que pretendió ser líder del mundo en el último tercio del siglo XX. La inmundicia moral de hechos como estos lo atestigua.
La responsabilidad moral colectiva de los norteamericanos podrá algún día ser redimida. Pero pedir perdón es la primera condición. Después, el paso del tiempo y, como decía, la desaparición de los testigos presenciales permitirá pasar página.
Ello ocurrirá, como siempre en el pasado de la Historia. Pero sepan allá: me temo que para EEUU llegará cuando ya habrán dejado de ser la primera potencia mundial, desvencijado su efímero imperio.
En pocos años habremos desaparecido los testigos de sus muchas infamias. También su poder universal estará ya más que extinto. Entonces podrá ser olvidado doblemente por sus vergonzosos ejemplos: alcanzada ya la redención porque ese cercano día EEUU contará para muy poco en el devenir imparable de la Historia, desbancado por otro imperio mundial que, con bastante seguridad, usará palillos, no cubiertos.

(Fotografías: www.dcfpi.org / www.muyhistoria.es)