You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

martes, 29 de marzo de 2022

A vueltas con las armas químicas


Ya son ganas de querer estirar de todas las cuerdas para tensar lo que no poco tenso está. Parecería que algunos estén empeñados otra vez en la cruzada de repetir los desmanes de la invasión americana (et altrii) de Iraq, cuando los caballos del Apocalipsis fueron cabalgados por mentiras sobre las armas químicas.
El fósforo blanco, que aparentemente se ha usado en Ucrania, es un arma horrible, como todas las demás, pero no es un arma química de acuerdo con la Convención de Naciones Unidas sobre su prohibición. Ello no quita un ápice de espanto a la barbarie, pero insisto, el fósforo no es un arma química. Es una arma tan espantosa como algunas otras que acaban protagonizando esos esperpentos del Derecho Internacional Humanitario que los seres supuestamente sapiens todavía necesitamos para, agárrense, regular las “Prohibiciones o Restricciones del Empleo de Ciertas Armas Convencionales que puedan considerarse excesivamente nocivas o de efectos indiscriminados”. El Convenio se llama así, no es una broma de mal gusto, incluye armas que no distinguen combatientes de población civil, niños de soldados. Entre estas edificantes armas están las minas antipersonas y también otras proezas de la inventiva humana dedicadas no tanto a matar como a causar heridos, algo mucho más gravoso de manejar por un país en guerra. Por ejemplo, balas que se deshacen en microscópicos fragmentos para provocar septicemias horribles, o armas láser diseñadas sólo para dejar ciego al contrario. Reconfortantes innovaciones del humanoide magín.
Dicho esto, a todo hay que llamarlo por su nombre y aplicarle, en consecuencia, las normas precisas que en cada caso la comunidad internacional haya convenido. Las armas químicas, las de verdad, están reguladas en su prohibición y destrucción mediante una Convención ad hoc de Naciones Unidas. Una Convención (cuyo garante es la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, OPAQ, en La Haya) que resultó modélica y única al conseguir dar un paso de gigante en la eliminación completa de una de las tres categorías de armas de destrucción masiva (nucleares, biológicas y químicas).
Por eso, colocar de rondón en los telediarios el tema de las posibles armas “químicas” en Ucrania, es una vuelta de tuerca tan innecesaria como interesada; tan innecesaria como incendiaria. Incendiaria como el fósforo, sí, pero más brutal la peligrosidad de utilizar una denominación “desacertada” cuya memoria histórica trae penosos momentos al recuerdo.
Y por terminar de chapotear en el charco este en el que hoy me hago dos largos, pienso que también tiene su guasa que al otro lado del Atlántico (Norte) haya quienes para sentar en el banquillo a Putin, invoquen ahora la Corte Penal Internacional (más conocida como el Tribunal Penal Internacional, TPI, cuya sede casualmente también está en La Haya).
Cuando Estados Unidos sigue sin firmar el correspondiente Estatuto de Roma que constituyó el TPI. Perdón, seré más escrupuloso: sí Estados Unidos, con Clinton, sí firmó el Estatuto, en el año 2000. Si bien la firma no implicaba que el tratado fuera jurídicamente vinculante sobre los estadounidenses, en concreto sobre sus soldados, porque no se llegó a presentar la preceptiva ratificación. De cualquier forma, en un caso sin precedentes en el derecho internacional público, en 2002, el siguiente presidente norteamericano, Bush II, remitió una nota al Secretario General de Naciones Unidas donde expresó la "anulación", por parte de su gobierno, de la firma depositada por el anterior gobierno, el de Clinton. La posición norteamericana en aquellos momentos tomó además tintes muy parecidos a un boicot cargado de amenazas. Congresistas republicanos dijeron: “Quien se crea que el TPI puede hacerse sin Estados Unidos vive en un mundo de sueños, porque sólo será viable si es apoyado por una comunidad y no por un club”. No deja de sorprender aquella “pre-potencia” de amos del planeta para los que todo conjunto de Estados en el que no participen ellos mismos no es sino un club.
Pero bueno, todo es poco teniendo en cuenta que años después, en 2020, otro presidente de Estados Unidos, Donald Trump, autorizó la imposición de sanciones económicas contra los estados miembros del TPI que estuvieran implicados en investigaciones contra el país norteamericano. Y ello, con el objetivo de "proteger a sus militares" y "defender la soberanía nacional". La Casa Blanca recordó entonces en un comunicado que Estados Unidos no es firmante del Estatuto de Roma y que, por tanto, consideraba cualquier acción por parte del TPI como un "ataque".
Pues eso.

domingo, 27 de marzo de 2022

La honorabilidad y el precio del gasóleo


Tengo la sensación de que el dogma económico imperante desde los 80 ha impregnado todos los resquicios de la realidad, incluida la ética y el espíritu de cada uno. Me refiero por ejemplo al credo del crecimiento. Si no ganas más cada año, pase lo que pase en el mundo o en tus propias circunstancias, te conviertes directamente en un fracasado.

Eso hace, para mí, que la gente hayamos perdido buena parte de una de las principales características de los humanos. Somos la especie más adaptable que hay en la naturaleza. Gracias a ello habitamos desde los polos a los trópicos, desde las cumbres a las ciénagas. Pero hoy parece que cualquier contrariedad, menor, o verdaderamente relevante, nos deja sumidos en la inacción y la melancólica queja en vez de intentar adaptarnos a las nuevas circunstancias. De modo que a la incapacidad de adaptación se suma la creciente tiranía de la frustración.

No son pocas las veces en la vida que uno pasa por momentos complejos que le hacen tener que adaptarse a vivir con menos que antes. Menos dinero, menos amor, menos trabajo, menos bienes, menos amigos. Pasar de vivir en un chalé a una “solución habitacional” de doce metros cuadrados prestada por algún conocido. Por ejemplo. No hablo de oídas.

Así que, hablando de los tiempos actuales que vivimos, pienso que tal vez algunos camioneros, pescadores, funcionarios, camareros, hosteleros, médicos, directores de banco, presidentes de eléctricas, electos representantes políticos deberíamos aceptar que las circunstancias hoy, tras una pandemia y en medio de otra guerra más (sobre la de Ucrania y sus motivos e intereses ocultos habría mucho que hablar también, por cierto) invocan la necesidad de renunciar a algo de lo mucho que teníamos. Adaptarnos, vivir con menos, compartir más.

Pero, lo dicho, el dogma económico imperante, el del crecimiento como único resorte del éxito individual y colectivo, ha permeado los espíritus.

¿Si un país no aumenta su PIB cada año es un estado fallido? Japón lleva treinta años con un crecimiento muy ajustado (un 1% más o menos). Sin embargo, ¿se ha resentido el bienestar individual hasta convertir a sus ciudadanos en humanos fallidos?

Particularmente es que yo veo también otras dimensiones del bienestar. Por ejemplo, hay sociedades, como la japonesa, donde prima el respeto mutuo, y uno no tiene que perder energía y salud diaria pensando que en cualquier esquina le van a robar la bicicleta. Y  en otras sociedades, como tantas africanas, prevalece el valor de lo común, de la comunidad, más que el individualismo excluyente; compartir y celebrar (la nada que poseen) superan al ruin deseo de acaparar y derrochar.

En la perspectiva individual, más allá de la de los estados, saber acomodar las expectativas, los deseos, la ambición, son resortes con los que solo el homo sapiens cuenta. Y gracias a ellos podemos alcanzar la felicidad. La leona del Serengueti solo sabe cazar siempre que tiene hambre. No conoce otro mecanismo de supervivencia.

Se me dirá que muchos no tienen ya margen de maniobra para adaptarse a nada en su austeridad, en su miseria. Precisamente no me refiero a ellos, a esa oleada de personas más allá de la exclusión en nuestras sociedades. Las legiones de desheredados por el sistema, que malviven en las calles de tantas ciudades de Estados Unidos, de España, de Senegal, de Malawi, de Bangladesh. Me refiero a nosotros, los otros, a esa reinante clase media mundial que ha alcanzado niveles insospechados de riqueza y bienestar y que puede renunciar a algo, y además puede hacerlo en beneficio de aquellos desheredados mediante una mejor distribución del patrimonio común. (Las megafortunas entran en esta categoría de mi reflexión pues no dejan de ser sociológicamente clase media devenida ultramillonaria).

Vuelvo a los camioneros, objeto de mi reflexión divagante. Una importante cantidad de dinero de todos se va utilizar para bajar el precio del gasóleo para que unos ciudadanos camioneros no retrocedan un solo céntimo de euro en la satisfacción de sus “necesidades” (y deseos y caprichos). Ese dinero a ellos otorgado no se podrá invertir en quienes no tienen nada absolutamente de donde reducir lo mínimo indispensable que tienen para comer y calentarse.

La honorabilidad o el precio del gasóleo. El debate se agota en su mismo enunciado.

Contener la inflación, la deuda, el déficit público y todo para santificar el crecimiento: dogmas de una vida tal vez envidiable. Pero, ¿sana?

Estamos enfermos de codicia. No parecemos ninguno de nosotros dispuestos a comprender que a veces el mejor modo de “crecer” es no hacerlo solo en la cuenta corriente.

Unas sociedades contemporáneas dominadas por el “derecho” a saciar todo apetito no son sanas. No es de extrañar que el verbo latino “appetare” signifique “estirar la mano hacia algo, lanzarse hacia algo… atacar algo”.

Camioneros. ¿Qué no pueden pagar el gasoil? Claro que pueden, pero no quieren, porque lo consideran un insulto a la dogmática creencia de su propia condición humana, la de que tener que adaptarse a la realidad y aceptar un poco menos que ayer al parecer les arrebata su dignidad. Dignidad. Si solo la medimos con monedas.

(Fotografía en Internet ElEconomista.net)

martes, 14 de diciembre de 2021

Lo abyecto

Recientes acontecimientos en el mundo de actores y actrices en España me desalientan una vez más, sumido en la desconfianza ante la especie humana. Vuelvo a comprobar el enfermizo gusto por lo monstruoso, lo deforme, lo ‘freak’. Abotargados en el exceso, algunos parece que ya solo son capaces de disfrutar con lo esperpéntico y las excentricidades sin valor. Son esos que apenas se interesan hoy admirando diminutos fetos atestando botes de farmacia en su formol en una presunta exposición de arte contemporáneo. Tipos a los que les hacen gracia las cenizas que quedan de un millón de hombres incinerados en un campo de concentración.

Esa gente no es gente, porque pagarían lo que fuera por ver una película en la que matan de verdad a otra gente, que sí es gente. O se quedan de madrugada babeando ante vídeos de catástrofes reales. Entusiastas de lo sórdido y lo abyecto, se ríen por lo bajo y cuchichean mofándose de los demás, pero se callan irremediablemente a la hora de decir en público lo que ellos piensan, porque nada piensan. Ellos nunca perderían su tiempo (precioso solo para ellos) yendo a una manifestación contra el hambre en más de medio mundo o para asistir a unos inmigrantes durmiendo en la avenida, pero pasarían horas bajo lluvia y sol por conseguir entrada para una lapidación. Son los que se corren viendo a la mujer barbuda del circo, los que imitan al cojo por la calle, los que se desternillan desmesuradamente cuando a Charlot le pegan bofetadas y todo le sale mal.

Se dedican al espectáculo de personajes enfermos, locos, personajes que realizan actos que no controlan (actos que los controlan a ellos), porque así ciertos espectadores, ciertos productores, se sienten a salvo de su propia mediocridad, la de gozar con el horror ajeno y creerse inmunes y superiores. Y engrosan el patrimonio de su vil e ignominiosa existencia con televisivas diversiones eméticas con el sólo deseo y objetivo de poder contar un día ‘yo estuve allí, cuando aquella hizo esto y dijo aquello, ¡cómo lo pasamos!’, como si su afán de quince minutos de placer y vanagloria se satisficiera con la vejación del más frágil del reality del momento.

Uno, a la luz de esto optaría por la pronta autodesaparición, pero gracias a Dios existen otros que nos redimen del propio cansancio, del escepticismo, el desánimo. Son aquello luchadores contra el absurdo que se empeñan en la belleza a veces inútil de sus gestos/gestas sin recompensa, son los que te citarían a A. Szerb que, antes de morir en un campo nazi, dijo: ‘sólo importa el momento, porque un momento verdaderamente hermoso no termina nunca’. Todos conocemos a alguno, a muchos de estos héroes sin esperpento.

Ellos nos enseñan que, al final, es todo sencillo: sólo tenemos que elegir entre estar con unos en el vicio envilecedor de la abyección fomentando estulticia, alienación, cretinización y embrutecimiento a manos llenas (más bien vacías), o con otros dejando pétalos de la propia vida para que el mundo sea un lugar donde el amanecer no represente sólo una metáfora.

(Fotografía © Jaime Alejandre, Kurokawa onsen Kyūshū, Japón, 2021)

domingo, 29 de agosto de 2021

Tiempos paralelos


“La naturaleza humana es tal que, aunque nos separen solo ochocientos kilómetros de la realidad, no somos capaces de ver más que fuegos fatuos en la niebla. En aquel entonces hacía ya una década que **** era una realidad:; todo lo que evocaba su nombre se arremolinaba en la atmósfera humana con vapores siniestros. Pero se arremolinaba en algún punto de ******, así que, de hecho, para nosotros, no era una verdadera realidad. Nos preocupaba su aparición, discutíamos con pasión y desprecio sobre la trascendencia del fenómeno, seguíamos con atención cómo sembraba sus semillas en ciertos estratos de nuestra sociedad, entre los pequeñoburgueses y los obreros. Pero nunca creímos  que un día pudiera convertirse en lo que habíamos temido en secreto…

“… los resultados electorales a lo largo de los diez años anteriores. Esas contiendas políticas fueron proporcionando una mayoría cada vez más importante a los partidos que participaban en la lucha electoral con ideas ‘racistas’ y de ‘extrema derecha’…

“… las nobles manifestaciones de dolor de una nación se entremezclaban con el canto patriótico y fanfarrón de un coro que solo pretendía obtener de ello un provecho económico…

“… un paciente aquejado de dolor de muelas se lo pensaba dos veces antes de acudir a un dentista que fuera ****, porque se temía que ese sabio con enchufe en la universidad no hubiera aprendido la ciencia de la odontología como Dios manda, ya que en los exámenes de la carrera los doctos profesores tenían la manga más ancha al juzgar los conocimientos del hijo de ****, es decir, de un individuo de la casta de los elegidos, que a la hora de evaluar a otros candidatos que desde el punto de vista patriótico no ostentaban el sello distintivo…

“Cuando se da al pueblo el derecho a acusar a cualquiera sin ninguna prueba, con simples alegatos, utilizando generalidades… y cuando en la práctica la acusación supone para la persona, cuyo nombre queda impreso por la rotativa de periódico, la cárcel, la marginación o el destierro social o económico sin dictamen judicial, entonces el pueblo disfruta haciendo uso de ese derecho, porque al individuo anónimo y carente de poder el juego impersonal, y por lo tanto sin responsabilidad, le produce una gran satisfacción, una especie de euforia…”.

Uy, que se me ha pasado escribir al principio que estos párrafos, no tienen nada pero nada que ver con España hoy. Hablan de Hungría en la primera mitad del siglo XX. (“Lo que no quise decir”, Sándor Marai, Ed. Salamandra, 2016).

(fotografía de web)

martes, 2 de marzo de 2021

Quod erat demonstrandum o jugar a conectar columnas de palabras

 Enlace las respuestas correctas: 

A.- Albión pérfida o Reino Unido: la tasa más alta de muerte por Covid en Europa (CNN, 2 marzo 2021). Variante propia del virus.

B.- Brasil: un cuarto de millón de fallecidos. El Consejo Nacional de Secretarios de Salud (Conass) alerta que la red hospitalaria del país está colapsada (Agencia EFE, 1 marzo 2021). Variante propia del virus.

C.- Calasparra, paraíso del arroz (Wikipedia).

D.- DF México: el Gobierno modificó datos del coronavirus para mantener la actividad económica en la capital en contra de los criterios fijados por las propias autoridades (The New York Times, 22 diciembre 2020).

E.- Estados Unidos: el país con más casos y muertes por Covid del mundo (BBC, 12 febrero 2021).

F.- Fiji, islas, capital: Suva (más Wikipedia).

G.- Punto de esquiva ubicación geográfica similar a las islas flotantes (Islario Maravilloso Medieval).

 

¿Con qué se pueden unir estos cuatro récords del mundo inmundo: A,B,D,E? Con decisiones personalísimas de:

 A.- Boris Johnson

B.- Jair Bolsonaro

C.- Mortadelo y Filemón

D.- Andrés Manuel López Obrador

E.- Donald Trump

F.- Heidi.

G.- El abuelo de Heidi

 

Pues sí, la respuesta acertada es justo con los cuatro presidentes negacionistas desnudos de inteligencia y mascarilla…

Y ahora me da por pensar, ¿si a un presidente, como Sarkozy, hoy mismo se le puede juzgar y condenar por corrupción económica? ¿No debería demandarse y juzgar a quienes con sus irresponsables actos han provocado decenas de miles de muertos e inabarcable dolor?

Es un decir. Yo a lo mío, los koan (paradojas zen)…  "Cuando un árbol cae en un bosque, ¿hace ruido si no hay nadie para escucharlo?"…

domingo, 30 de agosto de 2020

La búsqueda de la Felicidad


Me encuentro por doquier hiperrealistas que se mofan del intento de reeditar antiguos conceptos humanistas en la actualidad. Por ejemplo, el derecho a la felicidad.

Curiosamente, a los más neoliberales, los más pro imperio yanquee, les da un ataque de risa ante la pretensión de limitar los perniciosos resultados del capitalismo salvaje retornando a una concepción más humana de las relaciones mundiales, superando el paradigma del egoísmo y el beneficio a costa de todo y todos.

Olvidan tal vez que la propia Declaración de Independencia de su idolatrado Estados Unidos, el documento más célebre de la Ilustración, dejó dicho: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Axioma de una vida en comunidad regida por el humanismo que pronto permeó en otros textos fundacionales, como nuestra propia Constitución de Cádiz, en 1812, que incluía entre las obligaciones de los españoles la de ser “justos y benéficos”. ¡Cuánta necesidad tenemos hoy de esta obligación en España!

Pero para los que apenas entienden lo que pueden sumar y restar con guarismos en cuentas de resultados, o sea, sumar ingresos monetarios, restar pérdidas económicas, solo cuentan los índices del PIB, el porcentaje del IRPF o el índice de masa corporal… y abominan con chuscas chanzas del Índice de Felicidad Humana.

A lo único que estos se permiten aspirar cuando hoy hablan de Felicidad Humana es a confundir el término con el de “Seguridad Ciudadana”. Pero no son sinónimos. (A este tema regresaré otro día).

El Índice Global de Felicidad es una publicación anual de Naciones Unidas que mide la felicidad en los países, basándose en diversos factores, como el Apoyo social, la Esperanza de años de vida saludable, la Libertad para tomar decisiones vitales, la Generosidad, la Percepción de la corrupción y, sí, también el PIB per cápita.

Un buen punto de partida, pero para mí todavía un poco demasiado economicista, porque ¿dónde queda medir cualitativamente cuestiones indispensables para la serenidad humana como los valores de pertenencia, de identidad, de saberse valorado, de inclusión en la comunidad, o de autosuficiencia espiritual y emocional…?

Se debe, por tanto, avanzar hacia el concepto de Felicidad Nacional Bruta (FNB) o Felicidad Interna Bruta (FIB), como indicador que mide la calidad de vida en términos más holísticos y psicológicos que el producto interno bruto. Y, después, analizando los factores que inciden en mayor medida en la felicidad humana, desarrollar políticas que los favorezcan.

Lo mismo descubrimos que fomentar el consumismo a ultranza no vale para ser felices tanto como una legislación de horarios laborales afín a nuestra humanidad. Porque valores subjetivos como el bienestar son más relevantes e importantes para los hombres que objetivos como la acumulación de riqueza.

También podremos encontrar cómo la verdadera fortuna se encuentra en los adjetivos. No se trata de promover el desarrollo socioeconómico sin más, sino de hacerlo sostenible y equitativo.

La preservación y promoción de valores culturales, la conservación del medio ambiente y el establecimiento de un buen gobierno son factores que proporcionan más felicidad que el carrito de la compra. Aunque no olvido que ello implica siempre que todos puedan contar con un carrito suficiente, tanto en nuestros distintos barrios como en los diferentes países (ingreso mínimo vital y solidaridad internacional mediante). Algo que es fácilmente posible si todos compartimos.

Algunos aducen dificultades metodológicas para medir este índice. Y con ello se quedan tan campantes, porque así no tienen que afrontar el hecho de tomar decisiones. Pero se engañan, porque si estos elementos no pudieran ser medidos directamente, sí se pueden evaluar los factores que los alteran, considerando dimensiones comparativas como el bienestar psicológico, el uso del tiempo, la vitalidad de la comunidad, o la diversidad humana y medioambiental.

No se trata de buenismo, se trata de mirar la realidad con otros ojos, y no solo para reflejarlo en un articulito como este sino para aplicarlo activamente a las políticas públicas.

Pensémoslo. Creo que más vale la pertenencia que las pertenencias, los valores que el valor (precio), el bien que los bienes, el interés por ser felices todos que los intereses de nuestras cuentas bancarias…

© Fotografía, jaime alejandre, 2020


jueves, 30 de julio de 2020

Botellón


Ha tenido que llegarnos un renuente virus para que por fin avancemos, algo decididamente, en la prohibición de los botellones. Como si lo peor del asunto fuera mezclar las babas bebiendo a gollete. Y no el abuso de una sustancia altamente tóxica.
Bienvenido sea hoy el control sobre los botellones, sí, aunque el motor de la prohibición debería haberse producido hace mucho, contra el propio uso y abuso de la bebida. Algo impensable, al parecer, pues qué se podía esperar, antes de la era del Covid, de un mundo donde el alcohol era y es uno de los principales dioses del olimpo contemporáneo. Y como con cualquier dios habido, a él se le muestra una tolerancia, una condescendencia insultante.
¿Un ejemplito? Pongámonos constitucionalistas. La Carta Magna de Estados Unidos de Norteamérica. Ahí es nada. Un texto fundamental para la democracia y las libertades de todo el planeta. Un texto, además, vivo, que ha venido incorporando en su historia Enmiendas del mayor calado político imaginable.
Veintisiete han sido las enmiendas aprobadas en la historia de esta Constitución. Todas referidas a garantías judiciales, derechos o libertades. La primera dedicada a la libertad de culto, de expresión, de prensa, petición y de reunión. La controvertida segunda, sobre el derecho a poseer armas. Y así las diez primeras, que conforman lo que se denomina la Declaración de Derechos, son enmiendas que limitan explícitamente los poderes del gobierno federal, protegiendo los derechos de las personas al evitar que el Congreso restrinja ciertas libertades: autoinculpación, castigos crueles e inusuales, derechos del acusado… A estas siguen otras enmiendas jurídica y políticamente impecables: abolición de la esclavitud, sufragio racial, sufragio femenino, incapacidades presidenciales…
Pues bien, la más bizarra y significativa de las enmiendas, a los efectos hoy de este comentario mío, es la vigesimoprimera. Todas las otras son “positivas”: establecen derechos o prohibiciones (por ejemplo limitar mandatos al presidente), pero solo una lo que hace es enmendar a otra enmienda. Dar marcha atrás. Es, como digo, la vigesimoprimera. Deroga la decimoctava, más conocida como la “Ley Seca”. Cuando en 1917, el Congreso aprobó la prohibición de la venta, importación, exportación, fabricación y el transporte de bebidas alcohólicas en todo el territorio de Estados Unidos.
La causa era la insoportable degeneración social habida en torno a la dipsomanía. Culminaba así la lucha iniciada por el Movimiento por la Templanza en el siglo XIX. Corriente a la que se unieron diversos intelectuales progresistas y liberales, así como líderes sindicales de izquierda, que condenaban el consumo de alcohol como elemento provocador de atraso y pobreza entre las masas de ciudadanos que empezaban a llenar las ciudades de EE.UU. Gravísimo problema en toda la escala social, desde las élites financieras a los trabajadores, cuyas repercusiones se hacían patentes especialmente en la violencia en el hogar.
«Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación», declaró el senador Andrew Volstead, impulsor de la nueva norma, con optimismo: “El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños…”.
Sin embargo, una presión generalizada de intereses comerciales y de adictos en las más altas esferas del poder, condujo a la derogación apenas dieciséis años después.
Hoy la permisividad mundial con el alcohol no deja de causar triste asombro.
¿Qué habríamos dicho si al acabar el confinamiento, las redes sociales se hubieran llenado de parabienes y propósitos de celebración común, no solo invitando abajar al bar a beber, sino para inyectarse un pico, esnifar una raya o meterse un tripi?
Me argüirán algunos que no es lo mismo una cosa que otra, pero sí. Al fin y al cabo, curiosamente ese predicado lo defienden tanto unos como otros. Los que consumen cocaína dicen que es solo una rayita o dos los fines de semana y que no hace “tanto” daño. Pero la destrucción invisible de neuronas, dignidad y autoestima no conoce dosis inmune.
La cosa es que el Negacionismo es doctrina general en boga en nuestros días. Y así, una legión de negacionistas refutan que la tierra sea redonda, otros que la Teoría de la Evolución sea cierta frente al Creacionismo y el Diseño Inteligente, y otros, en fin, niegan que el alcohol sea una lacra.
Hace unas semanas se publicó una noticia. Las internas en una cárcel española se bebían el gel de manos contra el virus para emborracharse. El botellón es más fuerte que la voluntad. Pero los raros son los otros, siempre.
© foto la tribuna de ciudad real