You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

lunes, 26 de noviembre de 2018

Fútbol y policía. Los goles por la escuadra


Hace ya muchos años que diversas funciones propias de la policía han sido fagocitadas por el sector privado: controles en estaciones y aeropuertos, alarmas y seguridad domiciliaria y de oficinas… Tal vez sea el momento entonces de hacer de flaqueza virtud y aprovechar la pasión “privatizante” y anti sector público.
Es la hora de imponer que los disparatados costes de la seguridad de todas las actividades concernientes a los partidos de fútbol los asuman las multimillonarias empresas dueñas de los equipos de fútbol y que no se prorratee ese gasto con los impuestos de cada ciudadano.
Es inadmisible que mientras los clubes obtienen pingües beneficios (750,9 millones de euros de ingresos de la temporada 2017/2018 del Real Madrid: -sin contar traspasos de jugadores- y aumentó su beneficio un 45%), todos y cada uno de los días de la semana los españoles paguemos gastos como estos: La seguridad en los partidos de Primera y Segunda le cuesta al Estado 10 millones de euros al año.
Una actividad privada recurrente y ubicua, por la que unas empresas cobran entradas no debería sufragar su seguridad con recursos públicos. Otros acontecimientos deportivos en España no lo hacen. La sangrante excepción se da en el fútbol y los miles de policías que implican sus actividades.
En Alemania ya han abordado el tema y han condenado a la liga de fútbol germana a sufragar parte de estos servicios. Los sindicatos españoles de Policía piden que se haga lo mismo en nuestro país. ¿Habrá tanto coraje entre los gobernantes y parlamentarios para enfrentarse y meterle un gol por su debida escuadra a estas poderosas empresas pese al imaginario cultural impuesto a la mayoría?

(fotografía de mundodeportivo.com)

jueves, 15 de noviembre de 2018

Lo mismo no es lo igual


Hay gentes que se empeñan aún (interesadamente) en asegurar que todos hacen la misma política y que da igual quién gobierne. Yo no lo creo. Todavía me resisto a la política única, la de lo “posible”.
Veamos algunas diferencias:
En el año 2009, España destinaba el 0,48% de su Renta Nacional Bruta (RNB) a la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). Lejos estaba del añorado objetivo mundial del 0,7 %.
Pero no tan lejos como el vergonzoso récord del 0,11% del último Gobierno del PP en 2015 (0,19% en 2017, 2.450 millones de euros).
Según la OCDE la AOD aportada por la UE y sus Estados Miembros fue el 0,51 % de su RNB, 75.500 millones de euros en 2017. Más de la mitad de lo que se aporta en todo el  mundo, que ese año ascendió a 130.000 millones de euros.
Por su parte, lo que invierte en AOD Estados Unidos de Norteamérica es un mísero 0,18%, que se mantiene así de bajo desde hace veinte años (con un máximo del 0,22% en 2005).
Por comparar, sepamos que el gasto público en “Defensa” en Estados Unidos en 2017 fue más de 4 veces la AOD del mundo entero, o sea 543.187 millones de euros (el 8,81% del gasto público total norteamericano).
El gasto público en “Defensa” en España creció en 2017 un 16,19%, hasta llegar a los 14.492 millones de euros, lo que representó el 2,99% del gasto público total español (1,24% del PIB).
Pero no todo son cañones.
¿Cuánto cuesta cada kilómetro de AVE? Según el Tribunal de Cuentas de la UE: 25 millones de euros de media, pero en los nuevos tramos, hasta 40 millones (2.800 millones de Madrid a Toledo, más que todo el AOD de España en 2017).
Además, mantener el AVE cuesta hasta 534.000 euros por kilómetro al año. Así, la línea española más cara “relativamente” es la Madrid-Galicia: cuesta 70 millones de euros por cada minuto de trayecto ahorrado. Alemania no va a la zaga. Los teutones han tenido que abonar para el cortísimo trayecto de menos de 200 kilómetros entre Stuttgart y Munich casi 370 millones de euros, y ello para ahorrarse apenas 35 minutos en el desplazamiento.
Pero no todos son trenes, autovías o aeropuertos.
El Banco de España reveló en 2017 que en el camino rosas de las ayudas a la banca por la crisis financiera (provocada por ella misma) se inyectaron a los bancos 76.410 millones de euros en ayudas (56.803 públicos a través del FROB y 19.607 más desde el Fondo de Garantía de Depósitos). Esto es, la mitad de lo que se aporta de AOD en todo el  mundo en un año.
Además este dinero finalmente va a resultar ser una “graciosa” donación (sin gracia ninguna) a fondo perdido, muy perdido. De este dinero solo se han recuperado 3.466 millones de euros públicos. El “supervisor” ve recuperables 12.198 millones más, hasta un total de 16.337 millones, lo que dejaría la factura total del coste de las ayudas a los bancos en 60.613 millones. El 70% de lo que todos y cada uno de los españoles les dimos, se perderá en la noche de los tiempos. Y en los sobresueldos y las jubilaciones millonarias, entre otros lópeces.
En fin, una vez visto que lo mismo no es lo igual, que lo igual no es lo idéntico, y que la política no es otra cosa que elegir entre alternativas, adjunto entonces la ajustada carta que Andrés Rodríguez Amayuelas, máximo responsable de la Coordinadora de Organizaciones de Cooperación para el Desarrollo, ha enviado hoy mismo al Presidente socialista Pedro Sánchez, en la que le pide que aumente la ayuda oficial a la cooperación.
Antes de que periclite la Legislatura, entre los objetivos que a la carrera pretende aprobar el Gobierno (Salario Mínimo, ampliar las pensiones a los mayores…), justo sería iniciar decididamente la senda de la dignidad del 0,7% de AOD, e imponer medida que impidan que las coyunturales crisis de nuestro sistema económico las paguen siempre los más débiles.


jueves, 18 de octubre de 2018

Esvásticas en Madrid



Debate clásico es el del enfrentamiento entre la “censura” y la “libertad de expresión”. Pero, como todo o casi todo en esta vida, creo yo que hay siempre factores relativos que mediatizan sin lugar a dudas los reinos de los absolutos. No es lo mismo decir cualquier cosa en cualquier contexto y en cualquier geografía.
El artículo 86a del Código Penal alemán (y similar prescripción opera en Francia e Italia), prohíbe el saludo nazi brazo en alto, gritar "Heil Hitler" y pintar esvásticas. En Alemania es ilegal exponer símbolos de asociaciones que incuestionablemente, como el nazismo, estén prohibidas porque se dirijan contra el orden constitucional o contra los principios del entendimiento de los pueblos. El dueño de un bar en Augsburgo (Baviera) se enfrentó en 2016 a una pena de tres años de prisión exhibir en su establecimiento cinco botellas de vino etiquetadas con el rostro de Hitler. El Código alemán señala en especial a quien erija en el territorio, distribuya, o emplee públicamente banderas, escudos, partes de uniformes, consignas, y formas de saludo.
Nada de esto es invocable directamente en España. Así podemos escuchar públicamente cada día con mayor virulencia y desvergüenza: vivas a nuestro tirano, botellas etiquetadas con su jeta, banderas preconstitucionales, y un largo etcétera de “expresiones” amparadas en una “libertad” que algunos pensamos que debería haberse cuestionado en nuestro Código Penal, como mínimo en el de 1995, sin por ello colisionar con el legítimo y amplísimo principio de la libertad de expresión de que gozamos todos. Porque, como dijo Reginald Bassett: “La pregunta es si vamos a permitir a los enemigos declarados de la democracia utilizar la maquinaría democrática con el único propósito de derribar la democracia”.
En fin, el caso es que hoy constato que aquellos que, con razón, no se atrevían hace unos años a levantar públicamente su Vox, quiero decir su voz, para gritar sus consignas fascistas, hoy, en una deriva asfixiante para los diferentes, se lanzan libremente a proclamar su ideología de odio y xenofobia amparados en algunos principios que precisamente querrían conculcar en cuanto ostentaran el poder.
Y no puedo dejar de angustiarme cuando de repente me encuentro en las calles de la capital esvásticas como estas que he fotografiado hoy en pleno centro madrileño, en un barrio de clase media-alta. Me he sentido retrotraído, sin aliento, con desaliento, a finales de los años 70.

Se envalentonan otra vez quienes ahora empiezan por mancillar nuestro espacio público y ciudadano con símbolos que representan, no ideas, sino simple y espeluznantemente millones de asesinados.
Mañana, ¿a qué se atreverán amparados en nuestra cómplice indiferencia?
Concluyo. Como ayer homenajeábamos a ese lujo de la Humanidad que fue y es Elvira Daudet, vayan aquí, para iluminarnos, sus siempre indómitas palabras:

RATAS
(Elvira Daudet, “Poesía póstuma”, Ed. Evohé)

¡Alerta, ciudadanos!, una feroz camada
de hombres grises ha invadido la tierra.
Son hombres de ceniza, despiadados,
grises como el cemento, sin espina
dorsal que los sostenga de pie como a los hombres,
aplastan las estrellas como chinches,
y quieren apagarnos la luna y cosernos
los besos. Si los dejáis os beberán la sangre,
arrasarán los sueños, junto al vino
y el pan que os alimentan. ¡Despertad!
Vigilad noche y día a vuestros hijos,
antes de que os los roben
y les saquen su corazón de tórtola,
o el hígado para hacerse un trasplante,
como el hombre del saco
de los terribles cuentos infantiles.
A veces les succionan el cerebro
y los devuelven del infierno huecos,
sin voluntad ni risa, como cascos vacíos.

Sin trabajo, sin hogar y sin patria,
ya ni el cielo ni el viento os pertenecen:
son de estos hombres de humo que envenenan
el aire con sus cuerpos podridos, donde anidan
los números abyectos, causa de la miseria,
mortal como la peste, que recorre la tierra.
Ratas que mondan la hermosa piel azul
con el ácido verde de su orina,
emborronando
el día de sucias serpentinas. Son los mismos
que queman las cosechas para subir los precios
y jugar en la bolsa con la hambruna.
Los que borran países de los mapas
con el pulgar enhiesto, y arrasan a los pueblos
de civilizaciones milenarias -ay, Grecia-
con las bombas de su codicia en llamas.
Hombres de gestos grises y próstatas zurcidas
con el hilo de oro del manto de la Virgen,
que viajan en vehículos blindados,
se esconden en altas madrigueras, protegidos
por mil canes feroces
y duermen en sendas cajas fuertes: tienen miedo.
Como estatuas de frágil escayola,
desde su pedestal parecen fuertes,
vivos, aunque sepamos que no tienen corazón.

Los podréis conocer: toda la peste
viste trajes de lana gris inglesa,
tiene grises y escasos los cabellos,
ojos de acero astutos, escondidos,
que congelan la luz de la mañana.
Utilizan palabras terminales
y su sueño voraz hiela la sangre:
quieren el Partenón, el Coliseo,
la Puerta de Alcalá; ser los dueños de Europa.
Nosotros les sobramos y van a devorarnos.

martes, 9 de octubre de 2018

Olvidadas Obviedades



Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793


Artículo 28 Revisión de la Constitución: Libertad entre generaciones.
El pueblo tiene siempre el derecho a revisar, reformar y cambiar la Constitución. Una generación no puede comprometer con sus leyes a generaciones futuras.

Artículo 30 Temporalidad de la función pública.
Las funciones públicas son de carácter temporal; no pueden ser consideradas como un privilegio ni como una recompensa, sí en cambio como un deber.

Artículo 31 Delitos de mandatarios del pueblo         
Los delitos de los mandatarios del pueblo y de sus agentes no deben quedar jamás impunes. Nadie tiene derecho a considerarse más inviolable que el resto de los ciudadanos.

Artículo 33 Principio de la Resistencia
La resistencia a la opresión es la consecuencia de los otros derechos del hombre.
 
Artículo 35 Principio de Insurrección
Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo la insurrección es para el pueblo, y para cada porción del pueblo, el más sagrado de sus derechos y el más indispensable de sus deberes.

lunes, 1 de octubre de 2018

Fascismo: indiferencia, conveniencia y desentendimiento


Parece que en nuestros días el principal (si no único) modo en el que una mayoría de ciudadanos expresamos nuestra “rebeldía” es en la apariencia física: ropa, tatuajes, peinados. Por desgracia, el hecho precisamente de que “podamos” expresar así la rebeldía, sin ser encarcelados por ello, desposee de su íntima naturaleza a esa supuesta rebelión.
Lo grave es, me temo, que nos encontramos ante un espejismo de libertad individual de indumentaria, gestos y comportamientos (cuyo principal efecto a veces no es otro que la falta de urbanidad) que contrasta con la sumisión a lo esencial.
Y lo peor de todo es que finalmente para muchos de nosotros, venir al trabajo sin corbata, lucir un arete de pirata en la oreja o un pirsin en el ombligo o tatuarnos el hombro, parece exonerarnos de otras responsabilidades como la de alzarnos contra cuestiones de mayor enjundia: injusticias, holocaustos migratorios, resignación ante la inanidad de la democracia abducida por fácticos poderes (“donde obediencia, meritocracia y desigualdad de clase se habrían naturalizado bajo una apariencia falsamente democrática”)…
Pero tal vez no sea nunca tarde para reaccionar. Para intentar vislumbrar la confusa realidad (confusa por intereses muy concretos) desde una óptica que permita comprender las relaciones ocultas de la verdad. Así creo que un buen incentivo es leer los libros “Postfascismos. El lado oscuro de la democracia”, de José Manuel Querol, Díaz & Pons, editores (del que ya hablé en su momento) y “¡Suban a bordo!, introducción al fascismo de baja intensidad”, de Antonio Méndez Rubio, Editorial Grupo 5:
“Internet y otros medios electrónicos se fundamentan en la velocidad y en la distracción, en la atención cambiante a toda prisa. Las emociones superiores, como la empatía y la compasión, emergen de procesos neuronales que son lentos por naturaleza. Cuanto más distraídos nos volvemos, menos capaces somos de experimentar dichas emociones, o de ver las cosas desde la perspectiva de otros. Es posible que estas tecnologías  estén minando nuestro juicio moral…” (M. Berman).
“Esta tendencia al conformismo es más amplia y más profunda en el mundo contemporáneo que en el pasado: la estandarización de los modos de pensar y de obrar alcanza proporciones incluso continentales” (A. Gramsci).
“El fascismo funciona más bien como una constelación o ‘red compleja de interacción’ entre elementos que tal vez no sean fascistas tomados uno por uno, pero que al interactuar unos con otros en determinados contextos de crisis socioeconómica y política activan la maquinaria catastrófica del fascismo” (R. O. Paxton).
“El fascismo de hoy, a diferencia del fascismo clásico, es más difícil de combatir porque lo llevamos en el fondo de nuestros corazones. El fascismo de baja intensidad, en este sentido, pivota no ya en torno a la política del Estado como ocurría con los fascismos clásicos, sino en torno a la economía de mercado y los enclaves estratégicos que son la ciudad, la marca y ese espejismo interesado que sería la aldea global. De hecho, los golpes de Estado han cedido su puesto a la pujanza al aparecer incontestable de un nuevo totalitarismo de mercado, globalizado, en abierto” (M. Vázquez Montalbán y A. Méndez Rubio).
“Lo que se oculta, con Google, bajo las apariencias de una interfaz y de un motor de búsqueda con una rara eficacia, es un proyecto explícitamente político. Una empresa que cartografía el planeta Tierra, enviando equipos a cada una de las calles de cada una de sus ciudades, no puede tener intenciones llanamente comerciales. Nunca se cartografía sino aquello de lo que uno medita adueñarse” (Comité Invisible).
“Los resultados de esta despreocupada sociedad de consumo son los de una dictadura” (P.P. Pasolini).
“Todo está planteado para crear una conciencia de subordinación. Lo único que queda es el individuo que maximiza su riqueza y se subordina al poder sin pensar en nadie más. Y eso tiene unos efectos. Se puede observar en las multitudes. Una de las primeras tareas consiste en hacer que la gente entienda que vive en condiciones de opresión y dominación. No es nada obvio, y quién sabe qué formas de opresión y dominación estamos aceptando ahora mismo sin llegar siquiera a percatarnos” (N. Chomsky).
“El fascismo moderno se inhibe en la asunción indiscriminada del autoritarismo, el industrialismo inhumano y la estandarización de los comportamientos y las actitudes. Como si resaltar la figura contribuyera a no ver el fondo. La situación en esto es análoga a la que ocurre con la opinión pública (que paradójicamente, como dice Habermas, está en manos privadas) cuando se informa sobre la corrupción: se enfoca de forma tan personalizada que, a más información sobre la corrupción de la clase política, menos análisis de la corrupción propia de un modelo político como el vigente, donde el primado de los intereses privados bloquea el acceso a una regulación equitativa del interés público o bien común” (A. Méndez Rubio).
“¿Por qué hay gente que confunde lo utópico con lo prohibido?” (El Roto).
“¿Los refugiados (‘el precio que paga la “humanidad” por la economía global’, según S. Zizek) venidos de Siria y otros países árabes o en guerra supone una “puesta a prueba de las fronteras de Europa”? ¿De verdad? ¿De verdad la muerte de adultos, ancianos y niños lo que está planteando es el problema de las “fronteras de Europa”? ¿Tan sencillamente cínico como eso? ¿Es eso simple y llanamente lo que se pone de manifiesto cuando, en los primeros días de septiembre de 2015, la política de fronteras en Austria recurre al marcaje con números en la piel a las personas en busca de refugio, de comida, de trabajo, de techo?” (A. Méndez Rubio).
“La próxima ola de fascismo vendrá con una cara amable” (Michael Moore, noviembre 2016)… Pero no nos precipitemos: no es Trump quien traerá esa ola, es  esa ola la que ha subido a Trump, como a tantos otros en otros países, hasta lo más alto” (A. Méndez Rubio).
“Tenemos ya informes que registran cómo en torno a la mitad de las personas sin hogar sufren agresiones y vejaciones en la calle, dos de cada tres agresiones con testigos pasivos, y mayormente provocadas por jóvenes que incluyen esa violencia en sus noches de diversión” (A. Méndez Rubio).
“En el cine comercial de Hollywood, sin ir más lejos, es más fácil encontrar representaciones del fin del mundo, de que la humanidad se acaba del todo, antes que propuestas imaginativas sobre el final del capitalismo. La industria cultural prefiere el apocalipsis antes que un mundo nuevo” (A. Méndez Rubio).
“La pauta del fascismo clásico que orientaba la acción represiva y de exterminio hacia la “raza” (criterio de identidad étnico-nacional) se ha desplazado así hacia un foco puesto en la “clase” (o sea, la pobreza global, que es para el sistema neoliberal una especie de adicción imparable e imprescindible para la reproducción del propio sistema). Dice Zizek que se trata con los refugiados de una nueva “lucha de clases”, pero eso parece un eufemismo cuando una de las dos partes se hunde en la impotencia de no poder luchar salvo para sobrevivir. Los intereses macroeconómicos se dinamizan más en concreto a través de esa punta de lanza del mercado que son las corporaciones del audiovisual o mass-media, con sus nuevas tecnologías de manipulación y seducción de masas… … como vamos formando corazas en torno nuestro, corazas de tipo defensivo-agresivo, que en ciertas minorías de ultraderecha son corazas violentas, volcadas en la fuerza física, más tradicional, pero que hoy, con la globalización acelerada de la ‘cultura de la imagen’ (‘el fascismo es la política convertida en escenografía, en estética de fuerza y poder’, J.M. Querol), lo que se vuelve ‘normal’ es la formación de corazas a través precisamente de imágenes o autoimágenes. Esa proliferación saturada de imágenes nos permite vivir en una sensación de confort, de entorno ‘indoor’, como si no pasara nada, con un sentimiento de falsa seguridad que es justo lo que luego nos hace reaccionar ante el otro como si fuera una amenaza, y como si nosotros fuéramos una manada de perros defendiendo nuestro supuesto territorio” (A. Méndez Rubio).

viernes, 28 de septiembre de 2018

Willy de Curval, Dani Mateo de Banglais


“¡Ah, me cago en Dios, me cago en Dios!”, dijo Curval… Y va y lo repite más de diez veces en la obra… ¡Insolente desfachatez! Algo que es a todas luces ¡intolerable!
Aplíquese, entonces, por lo más sagrado, y ya, y retroactivamente, a Donatien Alphonse François de Sade, todo el peso de la hispana ley contemporánea y que arree en compañía de titiriteros, actores y otras pestes.
En fin, confiemos en que la sacrosanta Asociación de Abogados Cristianos y algún juez con un mínimo de cordura y decencia acaben con este desaguisado y se prohíba de una vez que se puedan leer impunemente tan perjudiciales palabras como que “la devoción es una auténtica enfermedad del alma” o esto, tan repugnante:
“Sé perfectamente que entre vosotras todavía quedan unas cuantas imbéciles que no son capaces de abjurar de la idea de este infame Dios y de aborrecer la religión... Que estas estúpidas criaturas se persuadan, que se convenzan de que la existencia de Dios es una locura que no cuenta hoy en  la Tierra con 20 secuaces, y que la religión que él invoca no es más que una fábula ridículamente inventada por unos bribones cuyo interés en engañarnos resulta ahora más evidente que nunca. En una palabra, decidlo vosotras mismas: si hubiera un dios, y este dios tuviera poder, ¿permitiría que la virtud que le honra y de la que vosotros hacéis profesión fuera sacrificada como lo será el vicio y el libertinaje? ¿Permitiría, este dios omnipotente, que una débil criatura como yo, que no significa respecto a él más de lo que una pústula de sarna a los ojos de un elefante, permitiría, digo, que esta débil criatura le insultara, le escarneciera, le desafiara, le afrontara y le ofendiera, como yo hago a mi antojo a cada instante del día?”.
Pues igual sí.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Papanatismo



Encuentro cada día más avanzado en mí algo que lo mismo es un irreversible proceso de necrosis mental. Una de dos, o me estoy convirtiendo en un reaccionario de las costumbres que ha regresado en la máquina del tiempo de las ideas al mundo de mi padre y allí se encuentra acogido a gustito, o he dejado de comprender a mi contemporánea sociedad porque esta se ha ido tan hacia el futuro y a tanta velocidad que yo no he sido capaz de seguirla, quedándome rezagado, fuera de la realidad.
Para muestra un botón. Este libro para niños que es todo un “best seller” occidental. Cuelgo fotografías de algunas de sus páginas. Me da que son auto explicativas. He seleccionado solo unas cuantas (de las 130 o así que tiene) pero son todas a cual más espeluznante. Pero, ecuánime, he copiado también las únicas dos que no promueven el gran mensaje del texto, de que “Crear es destruir”. Una, bendita sea, es la página de los buenos pensamientos. Menos mal. La otra es una para la lista de la compra. Está claro que lo único adicional que se le ocurre al autor que no sea romper algo es consumir. Vivan los centros comerciales.
El caso es que, a la luz (a la sombra) de este ejemplo, ¿no se explicarán muchas conductas de demasiados niños de hoy? ¿Son estos los valores que queremos que descubran nuestros hijos? ¿La destrucción es creadora?

Destruir no es crear. Ni viceversa. Cierto que transformando algo, una piedra, una palabra, se puede generar otra realidad nueva, creada. Una escultura, un poema. Pero la destrucción por sí misma no conduce más que al desprecio del patrimonio común, a reforzar ese sentido de ser amos de la naturaleza y permitirnos maltratarla porque es nuestra y nada más.
Pero fijémonos que hasta Cioran, paradigma de una filosofía de la autodestrucción, en su afán intelectual por demoler el mundo de los apriorismos y prejuicios que él había heredado, cuando escribió sus desesperados “Del inconveniente de haber nacido” o “Breviario de podredumbre” no dejó de hacerlo a través de un nihilismo constructivo que generaba otra verdad, no simplemente la aniquilación inane de la anterior visión del mundo.
Y lo que es más, detrás del papanatismo del que es prototipo ese “Destroza este diario”, ¿no subyace una explicación al interrogante de tantos que no aciertan a comprender los trastornos crecientes del comportamiento de algunos niños? La falta de respeto por todo y todos; la desobediencia como valor supremo sin nada que lo sustente… Y luego algunos de esos niños acaban atiborrados a pastillas. Calmantes seguidos de antidepresivos en un ciclo inducido de subidas y bajadas de sus estados de ánimo. Farmacología al servicio del atajar el síntoma sin recapacitar en el origen del foco infeccioso.
¿Qué aporta la pose impostada de libros como el que critico en mi incomprensión de hombre “demodé”? Nada en absoluto, apenas la estulticia universal, sabiamente aliada con técnicas comerciales de la más baja estofa capitalista.
Así, grandes libros para niños viven en la sombra de las estanterías esperando sin fortuna las manos infantiles que los descubran. Y sin embargo, malsanos textos como el de “Destroza este diario” forran a su autor y su editor, aliados con la mediocridad y la obsesión occidental contemporánea por el esperpento.
Parece que el hecho sea que vivimos unos tiempos de aburridos, de extenuados que se creen haberlo hecho y vivido todo y que buscan en lo grotesco y lo extravagante lo único que puede sacarlos del abotargamiento de sus excesos. Tanto mamarracho dándoselas de artista. Tanto espantajo espectador creyéndose posmoderno por alabar estos adefesios.
Exagerado seré, no lo dudo, pero estas modas son síntomas para mí de un modo de vivir en el mundo sin valorar lo que se tiene, despreciando los bienes propios y comunes. Una cultura de los satisfechos, que dijo Galbraith, de acólitos del derroche basada en que todo se puede sustituir por algo nuevo porque vivimos (los nordacas) en la sobreabundancia.
Y más preocupante me parece todo esto porque no es nada nuevo. Ya hace diecisiete años publiqué unas reflexiones relacionadas con este especie de síndrome de la posmodernidad que, creo, vienen a cuento otra vez aquí:
“He caído en el desaliento una vez más, en la desconfianza en la especie humana, porque vuelvo a comprobar el enfermizo gusto por lo monstruoso, lo deforme, lo ‘freak’, las excentricidades sin valor. Esos que adoran ver pequeños, diminutos fetos atestando botes de farmacia en su formol en una exposición “de arte”. Esa gente a la que le hacen gracia las cenizas que quedan de un millón de hombres incinerados en un campo de concentración.
Esa gente no es gente, porque pagarían lo que fuera por una película en la que mataran de verdad a otra gente, que sí es gente. O se quedan de madrugada viendo videos de catástrofes reales. Entusiastas de lo sórdido y lo abyecto, se ríen por lo bajo y cuchichean mofándose de los demás. Pero se callan irremediablemente a la hora de decir en público lo que ellos piensan, porque nada piensan. Ellos nunca irían a perder su tiempo a una manifestación contra la pena de muerte o a solidarizarse con los despedidos de una multinacional. Aunque pasarían horas bajo lluvia y sol por conseguir una entrada para ver a la mujer barbuda del circo. Son los que imitan al cojo por la calle, los que se desternillan desmesuradamente cuando a Charlot le pegan bofetadas y todo le sale mal.
Porque así se sienten a salvo de su propia mediocridad, la de gozar con el horror y creerse inmunes y superiores. Y engrosan el patrimonio de su vil e ignominiosa existencia con esos espectáculos, como si su afán de quince minutos de gloria se satisficiera identificándose con el más imbécil interno del “Gran Hermano”.
Uno, a la luz de esto optaría por la pronta desaparición, pero gracias a Dios existen otros que me redimen de mi propio cansancio, mi escepticismo, mi desánimo. Son aquello luchadores contra el absurdo que se empeñan en la belleza a veces inútil de sus gestos/gestas sin recompensa, son los que te citarían a A. Szerb que, antes de morir en un campo nazi, dijo: ‘sólo importa el momento, porque un momento verdaderamente hermoso no termina nunca’.
Así ha de seguir este mundo nuestro en el que sólo tenemos que elegir estar con unos en el gusto envilecedor por la abyección fomentando estulticia, alienación, cretinización y embrutecimiento a manos llenas (más bien vacías), o con otros dejando pétalos de nuestra propia vida para que el mundo sea un lugar donde el amanecer no sea sólo una metáfora”.
Pero hoy, cuando veo que han trascurrido tantos años y vamos a peor con libros de éxito para niños como el que he traído aquí, pienso que todo está perdido y que así nos va, me temo. Y me embosco. Lejos.