You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

domingo, 14 de agosto de 2022

Hartazgos

Vivimos en la Era de los Lugares Comunes. Seguramente porque prima el adoctrinamiento dogmático y no la reflexión individual. Para lo primero no hace falta esfuerzo alguno; y para lo segundo se supone que hay que estudiar, contradecirse, contrastar, aplicarse a uno mismo el espíritu crítico, no aceptar sin más lo más extendido en busca de la aceptación…

Sí, vivimos en la Era de los Lugares Comunes. Y así nos va. Porque en los Lugares Comunes nadie es él mismo. Y esa es la única gesta indispensable de un ser humano: llegar a ser él mismo; no lo que se espera de uno cualquiera; no aspirar apenas a ser ese clon bienvenido por los gregarios de la tribu.

Viene esto hoy a la última moda que ocupa el espacio de los debates de no muy sofisticado nivel. La moda de que el aburrimiento es bueno.

“El aburrimiento es bueno, es justo y necesario, es nuestro deber y salvación”. De primeras el aserto parece más una estrategia de marketing que otra cosa. Por eso titulo a esta columna “Hartazgo”, por el agotamiento que produce todo esto de inventarse debates falsamente profundos con el solo propósito de vender los enésimos libros de autoayuda, pero nunca algo concienzudo.

En fin. El aburrimiento es bueno. Así, sin más, porque sí.

Pero no, el aburrimiento no es bueno. El descanso sí lo es. Y lo perturbador, lo enfermizo y enfermador es la “hiperactividad”. Cuyo antónimo no es el aburrimiento sino la serenidad, la profundidad, el goce consciente.

Esa hiperactividad, recordemos, no hace sino seguir las sendas de la tecnología. Una tecnología que, como todas, ha transformado nuestra psique, nuestra percepción de la realidad. Así, esta tecnología y su seña de identidad característica, la hiperactividad, se impone promoviendo el conocimiento somero, el de superficie y no el de inmersión. Eso es lo abominable. Porque para ahondarse en las profundidades se precisa de un esfuerzo especial, capacidad de apnea, tenacidad. Para lo otro, lo de surfear las aguas someras solo se necesita hacerse el muerto para flotar. Aburrirse, hacerse el muerto.

Insisto, la reivindicación del aburrimiento es simplemente una “boutade”. Decía mi padre, acertadamente, que solo se aburren los tontos. Pero a ver si al final del ilógico camino de la aclamación del aburrimiento, lo que se esconde es precisamente el deseo de la inacción ciudadana, del rechazo de la reflexión, de que seamos todos tontos. Y dóciles.

Un poco de pereza está bien, sí, pero aburrirse como sinónimo de pasar seis horas tirado igual que una longaniza en el sofá sin “hacer” nada, eso no. Estar unos días en la playa tomando el sol, dormitando y recargando vitamina D, eso está bien, pero no hacerlo las 16 horas de luz que hay en el día, ni treinta días seguidos.

Reclamar el derecho al aburrimiento como un no hacer nada es una cretinez. De lo que se trata es de que ese “hacer” no sea el contemporáneo “hacerlo todo y ya y a la vez y sin parar y a la carrera y con ansia”, como si solo la actividad frenética del usar y tirar nos hiciera creer que vivimos con plenitud: Mirar feisbuk y a la vez instagram, jugar a alienantes marcianitos en el móvil, mandar setenta guasaps, rebotar veinte chistes, consultar carteleras, noticias, ir al gimnasio, apuntarnos a un coro, hacer macramé… Todo ello sin un momento de serenidad, eso es lo malo. Tanto como el aburrimiento per sé.

Pero estar recostados pensando, o simplemente recordando. O estar recostados leyendo, o viendo una película. Eso no es ejercer el aburrimiento. Es justo lo contrario. Aunque, como somos presa de las modas, pues ahora hay que dar el aburrimiento por bueno, sin definirlo, eso sí.

Observar un paisaje concentrándonos en hacerlo, sin estar pendientes de nada más. Esa es la vía. Escuchar con atención espiritual una música, no como mero ruidito de fondo. El segundo movimiento, lento assai, de la Sinfonía número 17 en sol menor, Opus 41, de Nikolái Miaskovski, por ejemplo (https://www.youtube.com/watch?v=DuETzLXyCOU). Esta obra precisa huir de la dispersión, demanda una atención única para disfrutarla en toda su profundidad. No vale estar leyendo al mismo tiempo, o haciendo un crucigrama o jugando con los niños.

 

En fin, rematando mi diatriba contra el aburrimiento adulto vaya esta otra reflexión a la luz de la famosa fábula de la cigarra y la hormiga: Si por antónimo de la hormiga imaginamos el aburrimiento inactivo, el invertir nuestro tiempo durante horas y horas en ser apenas trozos inanimados de carne, erramos. El antónimo de la hormiga es la cigarra, pero con su guitarra, sus versos y sus cantos.

Y ahora, miremos con un poco más de profundidad todavía, y comprendamos que cigarra y hormiga no son solo opuestos, son complementarios. No olviden aquellos que reivindican el aburrimiento adocenado, que para que haya una cigarra que pueda cantarnos bellas tonadas en el otoño, hay millones de hormigas que siembran la tierra en verano. Y luego en invierno ahorran para los otros los frutos y el amparo. Aquellas cigarras parásitas que pretenden vivir del cuento no son el modelo a seguir. En especial aquellas cigarras escritoras que se autodenominan malditos y cuyos cuentos además son malos, vulgares, y mediocres con ganas.

 

Y ahora, para acabar, me meto en el jardín de una componente especial de esta moda del aburrirse. La que se enfoca en los niños. Pero un niño sano jamás se aburrirá. Aunque no “haga nada”. Su imaginación andará por el espacio galáctico más remoto, por las praderas de los pieles rojas, por las calles de Gotham…

Pero lo que ocurre es que a algunos (padres) se les ha ido de la mano su propia medicina. Hemos metido a nuestros hijos en cien actividades extraescolares 24 horas al día 7 días a la semana: equitación, tenis, grupo de superdotados, clarinete, pintura expresionista… Y ahora nos tiramos de los pelos porque son hiperactivos.

Pero no dejemos de maliciarnos que unos han conducido a sus hijos al matadero de la hiperactividad proyectando en ellos su propia insatisfacción y frustración. Él, que en su triste adolescencia no pudo hacer escalada, estudiar idiomas, viajar al Amazonas, se lo endilga, sí o sí, a sus hijos, para cumplir en ellos sus expectativas insatisfechas.

Otros, no los menos, enrolan a sus hijos en mil desventuras, pero solo para librarse de la pesadez de estar pendientes de esos hijos fastidiosos, esos hijos que ocupan todo el volumen en el que se encuentran, como hacen los gases. Y entonces no dejan respirar a sus padres, con la cantidad de cosas que esos padres quieren hacer ahora: ligar, golfear (en sus dos acepciones), escribir una novela, viajar al Nepal. Que se encargue de los niños el mercado.

Pero porque uno tenga esas taras no es lícito buscar ahora la solución a los problemas creados imponiendo el aburrimiento a los niños. Mejor habrá que implicarse y enseñarles a ser conscientes de lo que hacen y del valor de lo que hacen, siendo como son miembros de un muy reducido club de privilegiados de este ancho mundo (donde otros no pueden permitirse el lujo de aburrirse porque con siete años tienen que ir a trabajar). Enseñarles a los niños a que no salten de una cosa a otra rozando solo la superficie. Enseñarles que los misterios que toda realidad atesora, siempre están en sus profundidades. Como las famosas llaves. En el fondo del mar, Matarile, rile, rile.

Sí, no olvidemos que buena parte de los adversos comportamientos de nuestros infantes los hemos causado nosotros. Nuestra es la responsabilidad. Si a un niño de ocho años le pones en las manos un móvil y le dejas abrirse un perfil en una red social y a solas descubre las características de la tecnología: ubicuidad, multitarea, inmediatez, acceso a lo oculto. ¿Cómo quieres que luego se desintoxique de la frustración de no tenerlo todo ya y siempre? ¿Mandándole a aburrirse a un rincón?

Bueno, cuelgo ya. Perdón sé que me he extendido mucho más de lo que corresponde a la literatura de las redes sociales. Pero es que me aburría hoy y me ha dado por esto…


sábado, 16 de julio de 2022

Rómulo Augústulo se despereza


Rómulo Augústulo no podía saber que sería el último emperador romano. Sus súbditos también se levantaban cada mañana ufanos disfrutando aquello de creerse la superpotencia del mundo. Somos los líderes del universo, se decían con orgullo unos a otros, mientras los que no eran pobres de solemnidad iban a comprar verduras al macellum. Pocos parecían saber que los últimos emperadores no habían sido sino marionetas de algunos señores de la guerra. Y tampoco les afectaba gran cosa el caos, los asesinatos en todas las esquinas, los desmanes de cualquiera, la impunidad reinante ante la inacción y la atonía de los encargados de ejercer el poder y mantener la ley y el orden en la ciudad eterna y en el imperio todo, entretenidos como estaban en hacerse ricos pronto. 4.368 muertos en las reyertas no era nada.

Unánimes rostros de sorpresa se reflejaron en todos los romanos de Occidente cuando Odoacro les informó, en incomprensible lengua bárbara, que ya no eran el imperio del mundo, que hacía muchos años que ya no lo eran, aunque no se hubieran dado por enterados.

(Continuará).

Joe Baiden no podía saber que sería el último presidente americano. Sus ciudadanos también se levantaban cada mañana ufanos disfrutando aquello de creerse la superpotencia del mundo. Somos los líderes del universo, se decían con orgullo unos a otros, mientras los que no eran pobres de solemnidad iban a comprar bonos basura a Wall Street. Pocos parecían saber, querer saber, que los últimos presidentes no habían sido sino marionetas de los dueños de la industria de armamento. Y tampoco les afectaba gran cosa el caos, los asesinatos en todas las esquinas, los desmanes de cualquiera, la impunidad imperante ante la inacción y la atonía de los encargados de ejercer el poder y mantener la ley y el orden, en la ciudad eterna y en el imperio todo, entretenidos como estaban en hacerse ricos lo antes posible. 4.368 niños asesinados a tiros en sus escuelas no eran nada, ni siquiera colaterales efectos. Nada.

Unánimes rostros de sorpresa se reflejaron en todos los yanquees de Occidente cuando Xi Jinping, en impecable chino mandarín, les informó que ya no eran el imperio del mundo, que hacía muchos años que ya no lo eran, aunque no se hubieran dado por enterados.

(Acabada la ficción hágase la realidad: El “Museo de los Niños de la Asociación Nacional del Rifle” en USA, se trata de una flota de 52 autobuses escolares amarillos, con 4.368 asientos vacíos que representan a los niños víctimas de matanzas reales en los últimos años en el país líder del mundo, y del Imperio Romano).



viernes, 1 de julio de 2022

Big Data sea, te alabamos Señor


En épocas de naufragio espiritual se suceden los dioses unos a otros vertiginosamente. Así, la última deidad moderna se llama Big Data. Hijo de Internet, ha expulsado a su padre de lo más alto del Olimpo. Ahora todo parece regirlo el Big Data y sus apóstoles, en esta religión llamados Algoritmos. Son ellos infalibles. Y únicos en su infalibilidad.

Como toda religión única, revelada y que se autoconsidera la Verdadera, ha desterrado al exilio a cualesquiera apóstatas, convertidos de la noche a la mañana en herejes que merecen, sino la muerte, sí el ostracismo.

Así ha caído en el infinito descrédito la intuición. Pero con echar un vistazo a la Historia de la Humanidad se constata la intuición ha acertado y acierta infinidad de veces. Y normalmente en las circunstancias más extremas y necesarias de los conflictos del hombre. Además lo hace con pocos “datos” porque la intuición de algunos puede que no sea capaz de sumas imposibles, pero sí lo es de conjugar sin reglas, leyes ni hojas de cálculo, una semántica no solo de unos y de ceros, una semántica en la que se entremezclan recuerdos, experiencias, percepciones y emociones, consejos, contradicciones, mentiras transitorias o piadosas y visiones. Todo aquello que no puede contenerse en cifras y algoritmos.

Porque sí, un algoritmo te dirá que las pamemas que suelta un “influencer” en sus diez segundos de vídeo colgados en una red social son la Verdad porque ha sumado en un nanosegundo que lo han visto exactamente 7.078.645 personas. Además, el apóstol Algoritmo es capaz de decirte a qué hora lo ha hecho cada uno, combinarlo con lo que se come a esas horas concretas en los restaurante de comida rápida cercanos y acabar por deducir que el próximo otoño se llevará el color verde. Claro que solo por decir “en otoño se llevará lo verde”, ya muchos millones de aburridos iletrados lo rebotarán en sus propios comentarios en el mundo del eco infinito que es Internet, y al final el verde será el color de moda este noviembre. Profecía autocumplida.

Pero en el universo de la mediocridad es natural que el ídolo supremo al que adorar sea el más simple, el que se limita a numerar hasta la náusea, no aquel que te sorprende en las inconsistencias y contradicciones del ser humano. Las mentes que confunden la rapidez de cálculo o la capacidad de sumar infinitas series de números en matrices inabarcables pueden entonces fingirse a sí mismos que dirigen el rumbo de los hombres, y hacerlo de verdad, con  la colaboración necesaria de comerciantes sin escrúpulos.

Pero cuanto menos tienes que pensar más fácil es dedicar maquinalmente tus habilidades mentales a ejercitar operaciones de sumatorios. Porque para sumar hay que tener una destreza, no capacidad de comprensión. No es lo mismo ser listo que inteligente, decía mi padre. Y hoy hay demasiados listos que no dejan brillar a los inteligentes, a los sensibles, a los intuitivos.

Y ahora, hablando de sensibilidad y de emoción: pensemos. Si un “poema” puede escribirlo hoy cualquiera de la caterva de marwanes que la tierra invade, ¡como para que no pueda hacerlo una máquina! Pero el Quijote no hay artefacto que lo escriba; y los quince versos del poema (poema sin entrecomillado irónico) Peregrino de Cernuda no estarán jamás al alcance de una retahíla de bits.

En todo caso, es batalla perdida. El talento de aquellos verdaderos profetas sin tierra que con sus intuiciones llevan fogonazos de iluminación a las remotas oscuridades humanas, están proscritos, nadie los atiende, todo el mundo los desprecia y se mofa de ellos mientras inclinan la testuz y, rodilla en tierra, alaban y adoran a la máquina que les dice que la próxima película que les va a gustar es la que tiene el mismo happy end de un millón de millones de filmes anteriores.

Citaba más arriba la palabra pamema, que significa “hecho o dicho fútil y de poca entidad, a que se ha querido dar importancia”. Pues ese milagro no algorítmico que es el Diccionario de la RAE añade que su etimología proviene de la mezcla de “pamplina y memo”.

Ni en un millón de años, de cálculos y de metaversos podrían el dios Big Data o sus algorítmicos apóstoles dar a luz algo ni muy lejanamente parecido a la palabra pamema.

 (Fotografía, HAL9000, fotograma de la película “2001, una odisea del espacio”) 

martes, 29 de marzo de 2022

A vueltas con las armas químicas


Ya son ganas de querer estirar de todas las cuerdas para tensar lo que no poco tenso está. Parecería que algunos estén empeñados otra vez en la cruzada de repetir los desmanes de la invasión americana (et altrii) de Iraq, cuando los caballos del Apocalipsis fueron cabalgados por mentiras sobre las armas químicas.
El fósforo blanco, que aparentemente se ha usado en Ucrania, es un arma horrible, como todas las demás, pero no es un arma química de acuerdo con la Convención de Naciones Unidas sobre su prohibición. Ello no quita un ápice de espanto a la barbarie, pero insisto, el fósforo no es un arma química. Es una arma tan espantosa como algunas otras que acaban protagonizando esos esperpentos del Derecho Internacional Humanitario que los seres supuestamente sapiens todavía necesitamos para, agárrense, regular las “Prohibiciones o Restricciones del Empleo de Ciertas Armas Convencionales que puedan considerarse excesivamente nocivas o de efectos indiscriminados”. El Convenio se llama así, no es una broma de mal gusto, incluye armas que no distinguen combatientes de población civil, niños de soldados. Entre estas edificantes armas están las minas antipersonas y también otras proezas de la inventiva humana dedicadas no tanto a matar como a causar heridos, algo mucho más gravoso de manejar por un país en guerra. Por ejemplo, balas que se deshacen en microscópicos fragmentos para provocar septicemias horribles, o armas láser diseñadas sólo para dejar ciego al contrario. Reconfortantes innovaciones del humanoide magín.
Dicho esto, a todo hay que llamarlo por su nombre y aplicarle, en consecuencia, las normas precisas que en cada caso la comunidad internacional haya convenido. Las armas químicas, las de verdad, están reguladas en su prohibición y destrucción mediante una Convención ad hoc de Naciones Unidas. Una Convención (cuyo garante es la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, OPAQ, en La Haya) que resultó modélica y única al conseguir dar un paso de gigante en la eliminación completa de una de las tres categorías de armas de destrucción masiva (nucleares, biológicas y químicas).
Por eso, colocar de rondón en los telediarios el tema de las posibles armas “químicas” en Ucrania, es una vuelta de tuerca tan innecesaria como interesada; tan innecesaria como incendiaria. Incendiaria como el fósforo, sí, pero más brutal la peligrosidad de utilizar una denominación “desacertada” cuya memoria histórica trae penosos momentos al recuerdo.
Y por terminar de chapotear en el charco este en el que hoy me hago dos largos, pienso que también tiene su guasa que al otro lado del Atlántico (Norte) haya quienes para sentar en el banquillo a Putin, invoquen ahora la Corte Penal Internacional (más conocida como el Tribunal Penal Internacional, TPI, cuya sede casualmente también está en La Haya).
Cuando Estados Unidos sigue sin firmar el correspondiente Estatuto de Roma que constituyó el TPI. Perdón, seré más escrupuloso: sí Estados Unidos, con Clinton, sí firmó el Estatuto, en el año 2000. Si bien la firma no implicaba que el tratado fuera jurídicamente vinculante sobre los estadounidenses, en concreto sobre sus soldados, porque no se llegó a presentar la preceptiva ratificación. De cualquier forma, en un caso sin precedentes en el derecho internacional público, en 2002, el siguiente presidente norteamericano, Bush II, remitió una nota al Secretario General de Naciones Unidas donde expresó la "anulación", por parte de su gobierno, de la firma depositada por el anterior gobierno, el de Clinton. La posición norteamericana en aquellos momentos tomó además tintes muy parecidos a un boicot cargado de amenazas. Congresistas republicanos dijeron: “Quien se crea que el TPI puede hacerse sin Estados Unidos vive en un mundo de sueños, porque sólo será viable si es apoyado por una comunidad y no por un club”. No deja de sorprender aquella “pre-potencia” de amos del planeta para los que todo conjunto de Estados en el que no participen ellos mismos no es sino un club.
Pero bueno, todo es poco teniendo en cuenta que años después, en 2020, otro presidente de Estados Unidos, Donald Trump, autorizó la imposición de sanciones económicas contra los estados miembros del TPI que estuvieran implicados en investigaciones contra el país norteamericano. Y ello, con el objetivo de "proteger a sus militares" y "defender la soberanía nacional". La Casa Blanca recordó entonces en un comunicado que Estados Unidos no es firmante del Estatuto de Roma y que, por tanto, consideraba cualquier acción por parte del TPI como un "ataque".
Pues eso.

domingo, 27 de marzo de 2022

La honorabilidad y el precio del gasóleo


Tengo la sensación de que el dogma económico imperante desde los 80 ha impregnado todos los resquicios de la realidad, incluida la ética y el espíritu de cada uno. Me refiero por ejemplo al credo del crecimiento. Si no ganas más cada año, pase lo que pase en el mundo o en tus propias circunstancias, te conviertes directamente en un fracasado.

Eso hace, para mí, que la gente hayamos perdido buena parte de una de las principales características de los humanos. Somos la especie más adaptable que hay en la naturaleza. Gracias a ello habitamos desde los polos a los trópicos, desde las cumbres a las ciénagas. Pero hoy parece que cualquier contrariedad, menor, o verdaderamente relevante, nos deja sumidos en la inacción y la melancólica queja en vez de intentar adaptarnos a las nuevas circunstancias. De modo que a la incapacidad de adaptación se suma la creciente tiranía de la frustración.

No son pocas las veces en la vida que uno pasa por momentos complejos que le hacen tener que adaptarse a vivir con menos que antes. Menos dinero, menos amor, menos trabajo, menos bienes, menos amigos. Pasar de vivir en un chalé a una “solución habitacional” de doce metros cuadrados prestada por algún conocido. Por ejemplo. No hablo de oídas.

Así que, hablando de los tiempos actuales que vivimos, pienso que tal vez algunos camioneros, pescadores, funcionarios, camareros, hosteleros, médicos, directores de banco, presidentes de eléctricas, electos representantes políticos deberíamos aceptar que las circunstancias hoy, tras una pandemia y en medio de otra guerra más (sobre la de Ucrania y sus motivos e intereses ocultos habría mucho que hablar también, por cierto) invocan la necesidad de renunciar a algo de lo mucho que teníamos. Adaptarnos, vivir con menos, compartir más.

Pero, lo dicho, el dogma económico imperante, el del crecimiento como único resorte del éxito individual y colectivo, ha permeado los espíritus.

¿Si un país no aumenta su PIB cada año es un estado fallido? Japón lleva treinta años con un crecimiento muy ajustado (un 1% más o menos). Sin embargo, ¿se ha resentido el bienestar individual hasta convertir a sus ciudadanos en humanos fallidos?

Particularmente es que yo veo también otras dimensiones del bienestar. Por ejemplo, hay sociedades, como la japonesa, donde prima el respeto mutuo, y uno no tiene que perder energía y salud diaria pensando que en cualquier esquina le van a robar la bicicleta. Y  en otras sociedades, como tantas africanas, prevalece el valor de lo común, de la comunidad, más que el individualismo excluyente; compartir y celebrar (la nada que poseen) superan al ruin deseo de acaparar y derrochar.

En la perspectiva individual, más allá de la de los estados, saber acomodar las expectativas, los deseos, la ambición, son resortes con los que solo el homo sapiens cuenta. Y gracias a ellos podemos alcanzar la felicidad. La leona del Serengueti solo sabe cazar siempre que tiene hambre. No conoce otro mecanismo de supervivencia.

Se me dirá que muchos no tienen ya margen de maniobra para adaptarse a nada en su austeridad, en su miseria. Precisamente no me refiero a ellos, a esa oleada de personas más allá de la exclusión en nuestras sociedades. Las legiones de desheredados por el sistema, que malviven en las calles de tantas ciudades de Estados Unidos, de España, de Senegal, de Malawi, de Bangladesh. Me refiero a nosotros, los otros, a esa reinante clase media mundial que ha alcanzado niveles insospechados de riqueza y bienestar y que puede renunciar a algo, y además puede hacerlo en beneficio de aquellos desheredados mediante una mejor distribución del patrimonio común. (Las megafortunas entran en esta categoría de mi reflexión pues no dejan de ser sociológicamente clase media devenida ultramillonaria).

Vuelvo a los camioneros, objeto de mi reflexión divagante. Una importante cantidad de dinero de todos se va utilizar para bajar el precio del gasóleo para que unos ciudadanos camioneros no retrocedan un solo céntimo de euro en la satisfacción de sus “necesidades” (y deseos y caprichos). Ese dinero a ellos otorgado no se podrá invertir en quienes no tienen nada absolutamente de donde reducir lo mínimo indispensable que tienen para comer y calentarse.

La honorabilidad o el precio del gasóleo. El debate se agota en su mismo enunciado.

Contener la inflación, la deuda, el déficit público y todo para santificar el crecimiento: dogmas de una vida tal vez envidiable. Pero, ¿sana?

Estamos enfermos de codicia. No parecemos ninguno de nosotros dispuestos a comprender que a veces el mejor modo de “crecer” es no hacerlo solo en la cuenta corriente.

Unas sociedades contemporáneas dominadas por el “derecho” a saciar todo apetito no son sanas. No es de extrañar que el verbo latino “appetare” signifique “estirar la mano hacia algo, lanzarse hacia algo… atacar algo”.

Camioneros. ¿Qué no pueden pagar el gasoil? Claro que pueden, pero no quieren, porque lo consideran un insulto a la dogmática creencia de su propia condición humana, la de que tener que adaptarse a la realidad y aceptar un poco menos que ayer al parecer les arrebata su dignidad. Dignidad. Si solo la medimos con monedas.

(Fotografía en Internet ElEconomista.net)

martes, 14 de diciembre de 2021

Lo abyecto

Recientes acontecimientos en el mundo de actores y actrices en España me desalientan una vez más, sumido en la desconfianza ante la especie humana. Vuelvo a comprobar el enfermizo gusto por lo monstruoso, lo deforme, lo ‘freak’. Abotargados en el exceso, algunos parece que ya solo son capaces de disfrutar con lo esperpéntico y las excentricidades sin valor. Son esos que apenas se interesan hoy admirando diminutos fetos atestando botes de farmacia en su formol en una presunta exposición de arte contemporáneo. Tipos a los que les hacen gracia las cenizas que quedan de un millón de hombres incinerados en un campo de concentración.

Esa gente no es gente, porque pagarían lo que fuera por ver una película en la que matan de verdad a otra gente, que sí es gente. O se quedan de madrugada babeando ante vídeos de catástrofes reales. Entusiastas de lo sórdido y lo abyecto, se ríen por lo bajo y cuchichean mofándose de los demás, pero se callan irremediablemente a la hora de decir en público lo que ellos piensan, porque nada piensan. Ellos nunca perderían su tiempo (precioso solo para ellos) yendo a una manifestación contra el hambre en más de medio mundo o para asistir a unos inmigrantes durmiendo en la avenida, pero pasarían horas bajo lluvia y sol por conseguir entrada para una lapidación. Son los que se corren viendo a la mujer barbuda del circo, los que imitan al cojo por la calle, los que se desternillan desmesuradamente cuando a Charlot le pegan bofetadas y todo le sale mal.

Se dedican al espectáculo de personajes enfermos, locos, personajes que realizan actos que no controlan (actos que los controlan a ellos), porque así ciertos espectadores, ciertos productores, se sienten a salvo de su propia mediocridad, la de gozar con el horror ajeno y creerse inmunes y superiores. Y engrosan el patrimonio de su vil e ignominiosa existencia con televisivas diversiones eméticas con el sólo deseo y objetivo de poder contar un día ‘yo estuve allí, cuando aquella hizo esto y dijo aquello, ¡cómo lo pasamos!’, como si su afán de quince minutos de placer y vanagloria se satisficiera con la vejación del más frágil del reality del momento.

Uno, a la luz de esto optaría por la pronta autodesaparición, pero gracias a Dios existen otros que nos redimen del propio cansancio, del escepticismo, el desánimo. Son aquello luchadores contra el absurdo que se empeñan en la belleza a veces inútil de sus gestos/gestas sin recompensa, son los que te citarían a A. Szerb que, antes de morir en un campo nazi, dijo: ‘sólo importa el momento, porque un momento verdaderamente hermoso no termina nunca’. Todos conocemos a alguno, a muchos de estos héroes sin esperpento.

Ellos nos enseñan que, al final, es todo sencillo: sólo tenemos que elegir entre estar con unos en el vicio envilecedor de la abyección fomentando estulticia, alienación, cretinización y embrutecimiento a manos llenas (más bien vacías), o con otros dejando pétalos de la propia vida para que el mundo sea un lugar donde el amanecer no represente sólo una metáfora.

(Fotografía © Jaime Alejandre, Kurokawa onsen Kyūshū, Japón, 2021)

domingo, 29 de agosto de 2021

Tiempos paralelos


“La naturaleza humana es tal que, aunque nos separen solo ochocientos kilómetros de la realidad, no somos capaces de ver más que fuegos fatuos en la niebla. En aquel entonces hacía ya una década que **** era una realidad:; todo lo que evocaba su nombre se arremolinaba en la atmósfera humana con vapores siniestros. Pero se arremolinaba en algún punto de ******, así que, de hecho, para nosotros, no era una verdadera realidad. Nos preocupaba su aparición, discutíamos con pasión y desprecio sobre la trascendencia del fenómeno, seguíamos con atención cómo sembraba sus semillas en ciertos estratos de nuestra sociedad, entre los pequeñoburgueses y los obreros. Pero nunca creímos  que un día pudiera convertirse en lo que habíamos temido en secreto…

“… los resultados electorales a lo largo de los diez años anteriores. Esas contiendas políticas fueron proporcionando una mayoría cada vez más importante a los partidos que participaban en la lucha electoral con ideas ‘racistas’ y de ‘extrema derecha’…

“… las nobles manifestaciones de dolor de una nación se entremezclaban con el canto patriótico y fanfarrón de un coro que solo pretendía obtener de ello un provecho económico…

“… un paciente aquejado de dolor de muelas se lo pensaba dos veces antes de acudir a un dentista que fuera ****, porque se temía que ese sabio con enchufe en la universidad no hubiera aprendido la ciencia de la odontología como Dios manda, ya que en los exámenes de la carrera los doctos profesores tenían la manga más ancha al juzgar los conocimientos del hijo de ****, es decir, de un individuo de la casta de los elegidos, que a la hora de evaluar a otros candidatos que desde el punto de vista patriótico no ostentaban el sello distintivo…

“Cuando se da al pueblo el derecho a acusar a cualquiera sin ninguna prueba, con simples alegatos, utilizando generalidades… y cuando en la práctica la acusación supone para la persona, cuyo nombre queda impreso por la rotativa de periódico, la cárcel, la marginación o el destierro social o económico sin dictamen judicial, entonces el pueblo disfruta haciendo uso de ese derecho, porque al individuo anónimo y carente de poder el juego impersonal, y por lo tanto sin responsabilidad, le produce una gran satisfacción, una especie de euforia…”.

Uy, que se me ha pasado escribir al principio que estos párrafos, no tienen nada pero nada que ver con España hoy. Hablan de Hungría en la primera mitad del siglo XX. (“Lo que no quise decir”, Sándor Marai, Ed. Salamandra, 2016).

(fotografía de web)