You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

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martes, 10 de julio de 2012

Que en mi vida me he visto en tal aprieto o Quinceme

Ay… que un escepticismo melancólico, si no amargo, me domina en relación con el Movimiento del Quinceme.
Como en todo movimiento social participan en él no sólo personas bien intencionadas, solidarias, válidas y comprometidas, sino sujetos espurios. La vida es así. Pero lo preocupante es cuando lo más visible en un grupo humano son precisamente esos sujetos perniciosos. En el caso del Quinceme, a menudo portavoces de ideas confusas y confundidas, ombliguistas eurocéntricos ignorantes de la realidad que les circunda. Eso sí que es malo.
Quincemeros hay, por supuesto, insisto, indispensables, de sólidas convicciones individuales, pero también tipos desestructurados, vividores ya sea de la subvención oficial o de la limosna en el semáforo. Otros, por el contrario, están completamente estructurados en la sociedad: aparcan sus BMW a prudente distancia de la Puerta del Sol acercándose allí a pie con sus miles de euros en ropa y complementos, a lavar su mala conciencia. Y otros (“no hay nada más bello que lo que nunca he tenido. Nada más amado que lo que perdí” Serrat) añoran aquello que jamás tuvieron, una emoción, una aventura: su Mayo del 68 o sus carreras delante de los grises en la Transición, y necesitan una mínima “gesta” que incorporar a sus biografías para contar algún día a los nietos.
Pero los primeros (desestructurados) nada aportan porque son expertos en recibir, no en dar, en vivir de la sopa boba sin asumir responsabilidad alguna. Los segundos (estructurados neoburgueses) apenas se preocupan de darle un chapuzón de dignidad a su (mala) conciencia para luego regresar a sus hogares y sus trabajos a cumplir escrupulosamente los roles que perpetúan la situación que dicen añorar cambiar. Y los terceros (los que necesitan la aventura y el pasado) olvidan que Mayo del 68 fue una “revolución” sietemesina, parida muerta. ¿Qué cambió que sea hoy radicalmente importante? No la economía: unos años después se reforzó el sistema con la liberalización del cambio de divisas. Eso sí fue revolución: la neoliberal dinamitando el patrón dólar/oro. Tampoco cambió el Mayo Francés la sostenibilidad del sistema: más aportó a las políticas de austeridad racional la crisis petrolífera del 73 que aquellos que buscaron la arena de la playa bajo los adoquines de París y allí siguen, los adoquines, cubriendo tal arena. Sí, Mayo del 68 sólo produjo una revolución perdurable, la de las costumbres individuales: liberó la sexualidad y liberó la apariencia: vestido, peinado, complementos como los piercing o los tatuajes, que llevaron la rebeldía a lo individual. No es poca cosa, aunque insospechadamente el sistema aceptó ese cambio estético sin más problemas, quedando incólume el corazón del propio sistema. Aquellos que se rebelaban con el peinado luego se sometían a las legislaciones laborales, a los “mercados”, al consumismo sin mayor sedición. Sí, debajo de los adoquines de París estaba la playa, y allí sigue, cada vez más profunda, alicatada por urbanizaciones salvajes.
En fin, la cosa está en que ¿qué demanda, qué busca, qué reivindica en concreto o en difuso el movimiento Quinceme y cómo lo hace?...
En un acto con quincemeros hace unos días señalaban ellos mismos los logros de un año de “revuelta” en Madrid: habían establecido una biblioteca ciudadana, una guardería para los indignados y sus actos se interpretaban a Lengua de Signos Española. Grandes logros sin duda… pero resulta que todo eso ya está en vigor en todo el territorio de España y para una amplia mayoría de ciudadanos gracias a eso que se llama el Estado Social y Democrático de Derecho que rige en nuestro solar patrio desde 1978. Ay, a menudo el atrevimiento de la ignorancia crea esperpentos. Y no hay que olvidar que la hermosura de lo pequeño no cambia la insignificancia de su tamaño. Los gestos, meros gestos, metaprimermundistas, en nada afectan a los verdaderos damnificados del planeta.
Otra cosa es que la ideología neoliberal en el Gobierno actual quiera esgrimir torticeramente la sacrosanta crisis financiera para venirnos con el cuento de que no podemos pagar este Estado del Bienestar (sanidad, derechos sociales y culturales, educación…) y por lo tanto hay que recortarlo. Como ya he dicho en anteriores entradas, la crisis la usa el PP de excusa para imponer su ideología individualista, privativa, en contra de todo lo que sea igualdad, justicia, primacía de lo público, solidaridad…
Por eso, claro que si el movimiento del Quinceme, Indignados, Ocupemos Wall Street, etcétera no existiera, habría que inventarlo. Es más, por favor, que alguien lo invente, y que esta vez lo haga, si no bien, sí mejor. Esa es mi esperanza, como la de Edgar Morin, la que “sabe que no es certeza; una esperanza no en el mejor de los mundos, sino en un mundo mejor”.
¿Es esto un derrotista conformarse? Tal vez sí, tal vez no. A la luz de muchos de los dispersos postulados de los quincemeros, asumir lo que dice Morin no me parece acomodación sino visión de futuro y deseo de transformación: “La idea de metamorfosis, más rica que la de revolución, contiene la radicalidad transformadora de ésta, pero vinculada a la conservación”. Pero añade Morin que “no basta con denunciar, hace falta enunciar”. Y ahí es donde pierdo fuelle con el quinceme…
Hablando de enunciar permítaseme un excurso: Vaya, que hablar bien de ZP en estos tiempos, no es sólo suicida (ahora incluso los vanidosos vigoréxicos que sólo buscan en el ejercicio físico vientres tableta de chocolate para presumir, le critican al pobre ZP hasta que corra medias marathones los fines de semana) sino que a mí mismo me cuesta dolores hepáticos, que son los que conducen a la melancolía (los entuertos de sus ministros de la segunda Legislatura, muy especialmente Sebastián y Espinosa y por supuesto Salgado, son responsabilidad última de ZP). Pero puestos a hablar hoy en este blog de “revolución”… diría a los quincemeros que pensaran en la verdadera revolución de las libertades zetapista del 2004 al 2008, duradera salvo que el estado de excepción generalizado por el PP acabe por derribarlo todo. Hablamos de hitos históricos, no de meros avances: matrimonio gay, ley de dependencia, ley de igualdad, ley contra la violencia de género, reforzamiento del control parlamentario al Gobierno, retirada de las tropas en una intervención armada ilegal, legislación ambiental y promoción de las  energías renovables… hagamos un mínimo ejercicio de recuerdo en lo enunciado, antes de denunciarlo todo. Pues no son poca cosa estas revoluciones zetapistas teniendo en cuenta que la economía no es lo único ni lo más importante de la vida. Ya lo mostró el Capitán Nemo de Julio Verne, que en su extraordinaria biblioteca del Nautilus no tenía “ni una sola obra de economía política, disciplina que estaba allí severamente proscrita”. Y no olvidemos que Nemo demostraba sobre todo su abnegación sobre todos los seres humanos y que él mismo se consideraba hasta su muerte, un habitante del país de los oprimidos.
Sigamos con el enunciar. En el aniversario del Quinceme al que asistí, también dijeron aquellos quincemeros que en este año se habían dedicado a estudiar la revolución de El Cairo: más valdría haber estudiado la más cercana, la suya propia en la Puerta del Sol. Sobre todo ahora que sus admirados revolucionarios integristas islámicos han secuestrado la revolución en Egipto, en Túnez, en Libia, la han arrodillado para rezar el Corán, la han cubierto con el burka y la impondrán a base de sharías.
Otro encuentro mío con Indignados fue el otoño pasado. Participé en Chipre en una reunión del Consejo de Europa sobre los retos y desafíos a la democratización. Asistieron eminencias de una solidez innegable como el profesor Guy Standing hablando de la fragmentación de clases, de los Precarios, del adelgazamiento subsiguiente de la democracia y del modo de construir respuestas democráticas para fortalecer la propia democracia (en posterior entrada del blog comentaré sus ideas).
Por parte de los Indignados se invitó a una joven francesa y un no tan joven, pese a él, español. La francesa hizo un emotivo e inane discurso de una experiencia tan menor que no es recordable. El español nos amenizó con su propuesta estrella de superar los procesos electorales conocidos (colegio electoral y urna) por una verdadera democracia real basada… ¡en Facebook! (sic) (sí, sic).
A mi regreso le comenté a mi madre de 84 años que estuviera tranquila, que ya no tendría que preocuparse por ir al colegio electoral a votar, ella que no vota precisamente a la izquierda. Que los Indignados proponían ejercer la democracia minuto a minuto a través de Internet. Mi madre, que estaba entonces aprendiendo a usar el imeil me preguntó que cómo se iba a saber a quién  votábamos y sobre todo si su voto, o lo que fuera, seguiría siendo privado y secreto. Bendita inocencia, mi madre.
Inocencia sí, pero cuidado con el papanatismo tecnológico. La tecnología es una herramienta, no un fin. Hace unos días el expresidente de Colombia, Álvaro Uribe, explicó en Twitter que él no tuvo que ver con el nombramiento de un general colombiano (antiguo jefe de seguridad suyo), acusado de narcotráfico. Y se quedó tan satisfecho. Bien está, pero las explicaciones democráticas se dan ante los Parlamentos, que ostentan la soberanía de todos y cada uno de los ciudadanos, o ante los jueces, que poseen la facultad de interpretar la legalidad.
No obstante, por supuesto que la revolución tecnológica que ha servido de cauce a estos movimientos “revolucionarios” es algo a tener muy en consideración. No en vano los países dictatoriales y con menor respeto a los Derechos Humanos impiden siempre el uso de las redes sociales e Internet. Porque la Libertad individual y colectiva de los ciudadanos es la peor amenaza que pende sobre los tiranos.
Otra perla de “enunciado” quincemero: alguno de esos portavoces suyos con los que he coincidido, y que ofician como tales, es de suponer que con democrática delegación de competencia para ejercer, dicen de sí mismos que el catalizador de su revuelta fue… la Ley Sinde. O sea, no la crisis, el desmantelamiento del Estado del Bienestar, las hambrunas en África, el integrismo religioso por todo el orbe, tanto cristiano como islámico, no, sino la piratería. Enmascarada, como siempre lo ha hecho la piratería, con la bandera de la libertad. Lo puso en boca de un bucanero Espronceda: Que es mi barco mi tesoro, /que es mi dios la libertad, /mi ley, la fuerza y el viento, / mi única patria, la mar.
Dicen también que su éxito mediático inicial se debió a que “descolocaron a los partidos de izquierda y a los sindicatos porque éstos estaban en su discurso electoral y ellos en la utopía”. Pues, qué bien, ya que a la luz de los resultados electorales y sus consecuencias en apenas seis meses (ley de empleo que lo precariza, desmantelamiento de la legislación ambiental, freno y marcha atrás a las energías renovables,  devastación del sistema de dependencia, aniquilación de la TV pública –su audiencia se ha desplomado del primer al tercer puesto gracias a cambiar la programación, en beneficio y para alegría de las teles privadas y su financiación con anuncios-, vuelta atrás en los derechos de las mujeres y de los homosexuales, ….) es todo un logro haber descolocado a aquellos y haber “colocado” a éstos.
Éstos que, desgraciadamente, demuestran con cada una de sus decisiones que lo mismo no es lo igual ni lo igual lo mismo. Porque el anterior Gobierno hizo mil cosas mal, ¡y tanto!, pero éste está llevando a cabo un concienzudo plan de destrucción de nuestro sistema político de convivencia.
Hay que recordar siempre que la democracia supone que la decisión tomada en un segundo (lo que se tarda en echar la papeleta electoral en la urna) repercute sobre la integralidad de la vida ciudadana durante cuatro larguísmos años. Y ya no hay vuelta atrás. Si has votado movido por un calentón, por un cabreo, te comes ese enfado casi un lustro… (Ya que he citado un poco a Verne y su “Veinte mil leguas de viaje submarino” sirva aquí esta otra cita: “Era la rémora, que viaja adherida al vientre de los tiburones. Al decir de los antiguos, este pequeño pez, adosado por su ventosa a la quilla de un navío, podía detener su marcha, y uno de ellos, al retener así la nave de Antonio durante la batalla de Actium, facilitó la victoria de Augusto. ¡De lo que depende el destino de las naciones!”).

Pero no olvidemos lo esencial de todo esto: el evidente malestar social que en oriente y occidente no sólo está sacando a la calle a los supuestos defensores de las libertades y los derechos humanos, a los que reivindican que la democracia sea “más representativa” y transparente y que la redistribución de la riqueza sea más justa. Sino también al extremismo político de corte fascista y populista, a los nacionalismos xenófobos y a los integrismos religiosos. El “Tea Party” en EEUU, los “Auténticos Finlandeses” (19% en las últimas legislativas), los “Demócratas Suecos” y el “Partido de la Libertad” holandés (ambos con representación parlamentaria), los neonazis griegos del “Aurora Dorada” o la ultraderecha húngara erigidos en partidos bisagra. (Véase además cómo otra vez en la Historia éstos usurpan el lenguaje estafando en sus denominaciones (ab)usando de términos como autenticidad, auroras, democracia, libertad…). Y si en España no ha aparecido un “Tea Party”, es porque ni siquiera nos hace falta pues ya está dentro del PP, ejerciendo el poder en diferentes gobiernos territoriales y no necesitan más revulsivo referente a la (extrema)derecha.
El caso es que parece estarse instalando una especie de hartazgo y desconfianza hacia las instituciones políticas que rigen las sociedades, como señalaba Andrea Rizzi hace unos días. Pero, ¿caerá en esa desconfianza la propia idea de la democracia?
¿Es que ningún quincemero se da cuenta del hecho diferencial? Esta ultraderecha de corte fascista sí que va a las urnas. Ellos sí que presentan propuestas políticas articuladas y maduras, cohesionadas y coherentes con su ideología, sin dejarse llevar por maximalismos ni utopías naif. Su desencanto lo estructuran precisamente ocupando un lugar en los centros de decisiones (parlamentos, instituciones, administraciones…) mientras los quincemeros debaten si la verdadera democracia está más allá de los sufragios y parecen optar por dejar desocupadas, libres las instituciones (excepción hecha de los “Piratas” alemanes) como si participar del sistema los deslegitimara integralmente. Pero insisto, el hueco que dejan los Indignados, la extrema derecha lo ocupa sin sonrojo.
Y aun cuando esta ultraderecha decidiera no “participar” del sistema, tampoco es problema, pues entonces dejan en bandeja el ejercicio del poder a la “tecnocracia”. Y bien es sabido que en el fondo un técnico es un profesional de derechas.
En definitiva, lo “nuevo” que está viniendo tal vez no sea esa Democracia Real que el quinceme parece identificar con ciertas redes sociales, sino posiciones políticas cuyas credenciales democráticas no parecen ser precisamente sólidas sino más bien oportunistas. O bien esos tecnócratas cuya legitimidad democrática brilla por su ausencia.
Claro que estas dudas sobre la base democrática de los insatisfechos con el sistema actual, no sólo se puede proyectar sobre los descontentos de la extrema derecha, sino también sobre los de izquierda en su forma de movimientos asamblearios que ¿se pueden considerar democráticos? ¿O más bien, autocráticos? La democracia yo la entiendo como el ejercicio del poder por el pueblo (a través de sus representantes), pero por todo el pueblo, no sólo por los que están un día concreto en una acampada o en un blog o en un mitin. Los ciudadanos sabemos que las elecciones democráticas universales son un sistema imperfecto, pero preferimos esa imperfección a que nos impongan algo sin preguntarnos a todos al menos cada cuatro años; o que nos lo impongan preguntando por Facebook al que esté “linkado”.
En fin, con menos melancolía y más humor que yo Bill Maher critica a los Indignados (agradezco a  mi buen e inconformista amigo Fernando que ayer mismo me descubrió a este comentador político norteamericano de izquierdas). Ved estos enlaces y reíd antes de llorar.
En fin, repito, si el Quinceme no existiera habría que inventarlo. Mejor son ideas equivocadas o desenfocadas o confusas y confundidas que la sumisión definitiva de los acomodados. Pero de lo que se trata, tal vez, es de que  deberíamos inventar ya el día de después de los Indignados, el día de enunciar tras denunciar. Inventar el 16-M. Ese es el día que importa, el día que, tristemente, el Quinceme aún no ha sabido crear.

miércoles, 27 de junio de 2012

Ni primavera ni Revolución. Involución estival

Hace año y pico escribí unas reflexiones aciagas y agoreras respecto de las pretendidas bondades de la Primavera Árabe, la Revolución Verde y todas aquellas utopías miopes quincemeistas. Me acusaron de reaccionario o algo así. Sin embargo en ninguna parte de mi reflexión defendía yo la dictadura civil de Túnez, por ejemplo (más bien “dictablanda” a la manera de alguna nuestra, hispánica, del siglo XX), por muy secularizada que fuera. La libertad es el valor supremo. Sin ella no hay nada.  Incluso por lo que dijo Camus: La libertad no es más que la oportunidad de ser mejor. Y la libertad, como también dice Jean Daniel no se puede separar de la igualdad ni del reparto de la riqueza
Pero mi funesto augurio era que aquella supuesta revolución me temía que acabaría siendo una involución en toda regla, que instauraría teocracias en los países árabes del Magreb al Mahrek.
Algunas de las características de tal intromisión de la religión en la política las conocemos y las seguimos “disfrutando” en países de tradición religiosa cristiana. España es paradigma de cómo la curia pretenden hacer política desde el púlpito. El “In God we trust” del dólar americano dice más que lo que cita. Y así en muchos países de nuestro entorno (Hungría, Suiza…). Pero la secularización iniciada con la Revolución Francesa había sacado al menos a la religión de las leyes penales y de las cuestiones que tiene que ver con los Derechos Humanos. Las Iglesias “occidentales” se “limitan” a entrometerse en defensa de sus intereses ideológico-económicos por otras vías.
¿Qué ocurrirá ahora en Túnez o en Egipto o en el nuevo insurgente Estado “islámico” del Azawad (norte de Malí) con los radicales islamistas?
Morsi, presidente islamista de Egipto, ha dicho: “soy el presidente de todos”. ¿Lo será también de “todas”? Hace casi veinte años casi El Cairo fue testigo de una Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo donde la educación se erigió en el factor clave para que la mujer se liberara del yugo secular y esa libertad fuera el motor del cambio y el desarrollo en los países más desfavorecidos. Si esa educación pasa a ser ahora coránica… ¿qué ocurrirá?
Los Hermanos Musulmanes, con su ideario religioso integrista “Renacer” anuncian una “nueva civilización”. Me temo que no será ni nueva ni civilización cuando la primera alocución del presidente Morsi pareció más un sermón que una investidura.
Insisto, no se trata de criticar allí cuestiones de imagen, simbólicas que aquí acepta nuestra sociedad, como el crucifijo en las tomas de posesión de los altos cargos españoles o el presidente Obama jurando su cargo sobre la Biblia. Se trata de que lo que puede estar ocurriendo en la Primavera Árabe es una involución en toda regla a la que la sociedad civil de aquellos países tendrá que hacer frente con todas las armas de la democracia y de las verdaderas revoluciones contemporáneas para instaurar lo que se demandaba: libertad, democracia, secularización… Esperemos que dentro de muchos años, con perspectiva histórica, podamos decir que lo que se ha abierto en esas latitudes es simplemente un período de Transición que al final alumbre las libertades y derechos humanos que los ciudadanos reclamaban en Tahrir y no teocracias medievales donde la sharia (200 latigazos en Malí del norte por adulterio hace unos días) impere sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Elegir entre el islamismo integrista y el viejo régimen ha frustrado a los verdaderos revolucionarios egipcios. Difícil, perversa elección ha sido esa, al modo de las diferentes maneras de ser ajusticiado del bueno de Javier Krahe… que al final, Inquisición mediante, prefería la hoguera, la hoguera, la hoguera…

martes, 5 de junio de 2012

Tecnología “limpia” y guerra “humanitaria”

En plena semana de la celebración del Día de la Fuerzas Armadas nos “ataca” una noticia de esas que intentan pasar de puntillas aprovechando el tsunami financiero que arrasa las “Europas”. Europas, sí, que mucho me temo que ya no hay una sola.
Según la prensa, el Presidente de Estados Unidos de Norteamérica dirige personalmente las últimas guerras de aquel país. Se refiere a guerras que (otra vez) no han sido declaradas, algo que poco sorprende cuando desde hace once años las más elementales reglas del Derecho Internacional contemporáneo han sido secuestradas.
Estas guerras se libran en Yemen, Somalia y Pakistán. Y no combaten en ellas soldados sino “drones”, aviones no tripulados. Objetivos de estos ataques “preventivos” –sin mediar delito previo- son presuntos dirigentes y militantes de grupos terroristas sometidos a ejecuciones extrajudiciales sin  mayores problemas de conciencia. Se presenta, al parecer, al Presidente, la lista de los precondenados a muerte por el Pentágono. Y al ser localizados él puede autorizar la acción. Para qué tomar prisioneros y guantanamizarlos pudiendo eliminarlos sin más. Miles, dicen.
Como tantas veces, una invención tecnológica de supuesto uso pacífico legítimo (aviones no tripulados para vigilancia, reconocimiento, seguridad o hasta control y combate de incendios) acaba convertida en un arma, un medio de destrucción de la vida y las obras humanas.
Valga pues hacer una reflexión de cuestiones tan importantes como la guerra ilegal al margen de la marea económica que abducidos nos tiene.
Muchos son los que desde el 11-S consideramos que el mundo se encuentra en una guerra permanente, aunque sus efectos no los veamos en nuestros primermundistas patios y jardines, porque eso, librarse lejos de nuestras naciones, es una de las características esenciales de este nuevo “arte” de la guerra del siglo XXI. Arte que mantiene algunas de sus peculiaridades seculares (búsqueda de una superioridad aplastante de la capacidad militar) combinada con nuevas singularidades (ostentación del dominio del desarrollo tecnológico para poder ejercer el “derecho de librar guerras sobre todo el planeta”, o sea, la guerra del mundo globalizado).
Pero por muy desarrolladas tecnológicamente y “selectivas” que sean esas armas, drones o cualesquiera otras, lo cierto es que igual que las armas de destrucción masiva (nuclear, biológica o química), o las armas “indiscriminadas” (minas antipersonal): no discriminan al combatiente de los civiles y por ello están prohibidas intrínsecamente (cuando no mediante un tratado internacional concreto como la Convención de Prohibición de Armas Químicas).
El asunto de la asepsia de la tecnología más avanzada aplicada a la guerra me recuerda algo que señalaban Toni Negri y Michael Hardt en su libro “Multitud” allá por 2004. En el episodio “Una muestra de Armagedón” de la serie Star Trek, la nave “Enterprise” es enviada en misión diplomática a dos planetas vecinos que llevan quinientos años de guerra entre sí. El capitán Kirk y el señor Spock son convenientemente teletransportados y se les informa de que los dos planetas están muy orgullosos por la manera tan civilizada que tienen de librar la guerra, ya que las batallas de esta eterna contienda se libran mediante programas de ordenadores que realizan juegos virtuales. Ello, les dicen, les ha permitido preservar su civilización. No obstante, cuando el simulador ha desarrollado la batalla, las bajas que los ordenadores establecen son designadas entre la población real y tales ciudadanos son desintegrados en pulcras máquinas ad hoc.
El capitán Kirk se escandaliza porque la brutalidad jamás puede ser civilizada y les espeta que la guerra debe implicar destrucción y horror porque tales son los únicos incentivos para ponerle fin y evitarla. Mientras que la guerra sin fin es la barbarie definitiva. Y esos dos planetas han caído en la guerra eterna porque la han convertido en algo “racional”, aséptico y tecnológico. La misión diplomática del “Enterprise” entonces destruye los ordenadores para que vuelva la guerra “real” como único modo de que los dos planetas vuelvan a las negociaciones y pongan fin en algún momento a la guerra.
En el fondo podemos hasta imaginar que aquellos dos planetas sean la metáfora de los imperios europeos que durante siglos estuvieron enfrentados en guerras sin fin hasta que el horror insuperable de la II Guerra Mundial dio a luz el mayor lapso de paz conocido, con la Unión Europea como garante.
Así es, la tecnología más avanzada, aplicada a la guerra buscando esa supuesta “limpieza”, nos enfrenta a complicadas contradicciones. Y el mundo de lo visual refuerza lo peor del asunto. La guerra “civilizada” e incorpórea se ha instalado en nuestro imaginario como algo asumible: las asépticas imágenes que aparecen en los telediarios como si de laboratorios se tratase; las películas y los videojuegos bélicos plagados de héroes (no superhéroes con sus superpoderes, sino hombres de carne y hueso) a los que las armas, las explosiones, la destrucción ni les rasguñan, saliendo siempre incólumes; y sobre todo guerras y devastación reales pero tan lejanas, no padecidas por nuestros ciudadanos (generaciones enteras de europeos no han vivido, deo gratias, una guerra por primera vez en la historia, y EEUU, salvo por los concretos ataques de Pearl Harbour y el 11-S, nunca han tenido una guerra de invasión) hacen que las batallas se vean casi como algo espectacular más que como la barbarie que supone.
Y por si fuera poco, tanto testimonio de continuas guerras lejanas nos está haciendo acostumbrarnos sicológicamente a su existencia.
Pero no podemos olvidar que la Guerra tradicionalmente ha sido un estado de excepción en el que hasta se llegaba a la contradicción de suspender la Constitución para salvaguardarla. Pero lo fundamental era que tal estado de excepción era “limitado”, si no en el ámbito espacial sí siempre en su extensión en el tiempo. Pero hoy está claro (veáse el ejemplo de los drones y de los dos mil conflictos activos que en el mundo hay) que ese estado de excepción se ha convertido en indefinido, tergiversando el antiguo adagio que decía que la guerra era la continuación de la política por otros medios. Hoy parece ser la política la continuación de la guerra por otros medios (Toni Negri). Y ello basado en otra trasgresión del derecho internacional en el que para el conflicto armado había que identificar al enemigo. Hoy el enemigo, la amenaza se ha “dessubjetivizado”, se ha difuminado para crear un estado de paranoia universal, de miedo paralizante que nos hace soportar (cuando no reclamar) las medidas de coerción que sean en aras de una sacrosanta seguridad amenazada ubicuamente y a todas horas. Ese enemigo ahora son conceptos abstractos como el “terrorismo” o el “narcotráfico”. Y en beneficio de su control prescindimos de nuestras libertades sin fecha de caducidad (Ley Patriótica USA que permite intromisiones atroces en la libertades individuales; deterioro de la privacidad de los ciudadanos en todo el mundo: agresivos controles aeroportuarios, ubicuidad de cámaras de vigilancia con un imposible control público, localizaciones GPS de móviles personales...). Lo que nos recuerda una constante histórica: el militarismo está íntimamente ligado a grupos industriales e intermediarios, profesionales en el lucro del horror.
Sin embargo, el desarme es parte del sistema ético inherente al ser humano desde la más remota antigüedad, aunque en realidad las normas de derecho internacional humanitario apenas tienen 150 años, cuando en la Declaración San Petersburgo de 1868 se acuñó el Principio de los males Superfluos y se confrontó el Derecho de Guerra al Derecho Humanitario. Y justo entonces por el miedo a que los avances tecnológicos (los nuevos descubrimientos de la industria química) fueran utilizados en el campo de batalla. Lo que ocurrió ya en la I Guerra Mundial en Ypres causando 100.000 muertos y más de un millón de heridos.
No obstante, la diplomacia y el derecho insistieron en el siglo XX en la primacía del derecho humanitario sobre las demandas militares “defensivas” y en la necesidad de abolir toda forma de crueldad.
Pero tristemente parece que hayamos entrado en una perversa “Máquina del Tiempo”, que vivamos un triste “Regreso al Futuro”. Sí, fue hace un siglo y pico cuando empezamos a dejar atrás el arcaico y medieval concepto del Ius ad bellum, el derecho al recurso de la guerra que, por supuesto, se basaba en el bellum iustum, la guerra justa. Justa según dictado del vencedor.
Hemos sido incapaces de abolir la guerra en todas sus formas, y de implantar el Ius pacis, que previene la guerra asegurando la paz (concepto que apenas existió en la realidad unos pocos años con la Agenda para la Paz de la ONU de 1992, como consecuencia del efímero optimismo del fin de la Guerra Fría), pero al menos hemos sid capaces de identificar el Ius in bello (el marco jurídico de la manera “humanitaria” de librar las guerras) con sus 3 reglas conducta: los civiles o inocentes no pueden jamás ser blanco de la Fuerzas Armadas; debe haber una absoluta proporcionalidad entre “beneficios” y “costes”, o sea, el uso de la fuerza y de armas deben ser proporcionados y contra blancos legítimos; y debe prohibirse todo uso de armas o métodos guerra inaceptables para la conciencia moral de la humanidad por su intrínseca perversidad. Caben aquí los drones utilizados para ajusticiar terroristas junto a las armas de destrucción masiva y las indiscriminadas.
Y no olvidemos, las contradicciones y dificultades de definir el terrorismo. Veamos el lodazal en el que podemos meternos. Tomemos tres condiciones generalmente aceptadas para definir a un grupo terrorista: aquel grupo armado que pretende derribar regímenes legítimos, que transgrede los Derechos Humanos y las leyes internacionales, y que justifica la violencia masiva y la individualizada (la tortura). Según Noam Chomsky, con esos requisitos, EEUU, aun siendo un gran promotor de la Democracia y los Derechos Humanos, sería un grupo terrorista (Guantánamo, ejecución sumaria de Bin Laden, drones, no aceptación del Tribunal Penal Internacional para sus soldados, no firma de los Convenios contra la Tortura o la prohibición de las minas antipersonal…).
En fin, la guerra antes era el último elemento del poder, y hoy parece que se ha convertido en el primero y con voluntad de ser el único.
Pero no debemos olvidar jamás, por sibilinas que sean las batallas que hoy  denigran nuestra humanidad (drones mediante), que hay guerras que son ilegales siempre; que es taxativa la prohibición de guerras de anticipación o preventivas en un mundo civilizado; que no podemos aceptar sin debate intelectual la supuesta presencia constante de “enemigos” y de una eterna “amenaza de desorden” utilizados subrepticiamente para legitimar la violencia de unos contra todos los demás; que el siglo XX, con sus luces y sus sombras, nos demostró que el uso de la fuerza exclusivamente se legitima para detener el genocidio, sólo cuando la solución no causa más dolor que la inacción y jamás otorgándose el derecho a cometer crímenes ni para acortar las guerras (véase Hiroshima y Nagasaki); que si tenemos dudas sobre la legitimidad del derecho de injerencia podemos aplicar la regla de que tal injerencia es legítima si tras la actuación y el cambio de situación que justificó la intervención, los Estados que han intervenido en ella no obtienen contrapartidas (por ejemplo concesiones petrolíferas); que defender la vida no es lo mismo que defender nuestro “estilo de vida”; que hay que preservar las libertades de todos los ciudadanos del mundo; que no hay mayor arma de destrucción masiva que el hambre y la ignorancia; que la limitación de la guerra es el único comienzo de la paz; y que una guerra no puede reemplazar y relegar todas nuestras “guerras”, como contra la pobreza, el odio, la explotación…
No hay en esto nada de utopía, buenismo o ingenuidad. En la Historia de la Humanidad siempre habrá alguien al pie del cañón (o del dron) para evitar que lo disparen. Ha habido y habrá siempre doctrinas cuya entereza moral y sus principios sean reivindicados por lo que Stephan Zweig llamó los eirenopoiesis, los creadores de paz: personas que harán que la justicia prevalezca sobre el poder, el ideal sobre la realidad, el porvenir sobre el pasado.