You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

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domingo, 27 de marzo de 2022

La honorabilidad y el precio del gasóleo


Tengo la sensación de que el dogma económico imperante desde los 80 ha impregnado todos los resquicios de la realidad, incluida la ética y el espíritu de cada uno. Me refiero por ejemplo al credo del crecimiento. Si no ganas más cada año, pase lo que pase en el mundo o en tus propias circunstancias, te conviertes directamente en un fracasado.

Eso hace, para mí, que la gente hayamos perdido buena parte de una de las principales características de los humanos. Somos la especie más adaptable que hay en la naturaleza. Gracias a ello habitamos desde los polos a los trópicos, desde las cumbres a las ciénagas. Pero hoy parece que cualquier contrariedad, menor, o verdaderamente relevante, nos deja sumidos en la inacción y la melancólica queja en vez de intentar adaptarnos a las nuevas circunstancias. De modo que a la incapacidad de adaptación se suma la creciente tiranía de la frustración.

No son pocas las veces en la vida que uno pasa por momentos complejos que le hacen tener que adaptarse a vivir con menos que antes. Menos dinero, menos amor, menos trabajo, menos bienes, menos amigos. Pasar de vivir en un chalé a una “solución habitacional” de doce metros cuadrados prestada por algún conocido. Por ejemplo. No hablo de oídas.

Así que, hablando de los tiempos actuales que vivimos, pienso que tal vez algunos camioneros, pescadores, funcionarios, camareros, hosteleros, médicos, directores de banco, presidentes de eléctricas, electos representantes políticos deberíamos aceptar que las circunstancias hoy, tras una pandemia y en medio de otra guerra más (sobre la de Ucrania y sus motivos e intereses ocultos habría mucho que hablar también, por cierto) invocan la necesidad de renunciar a algo de lo mucho que teníamos. Adaptarnos, vivir con menos, compartir más.

Pero, lo dicho, el dogma económico imperante, el del crecimiento como único resorte del éxito individual y colectivo, ha permeado los espíritus.

¿Si un país no aumenta su PIB cada año es un estado fallido? Japón lleva treinta años con un crecimiento muy ajustado (un 1% más o menos). Sin embargo, ¿se ha resentido el bienestar individual hasta convertir a sus ciudadanos en humanos fallidos?

Particularmente es que yo veo también otras dimensiones del bienestar. Por ejemplo, hay sociedades, como la japonesa, donde prima el respeto mutuo, y uno no tiene que perder energía y salud diaria pensando que en cualquier esquina le van a robar la bicicleta. Y  en otras sociedades, como tantas africanas, prevalece el valor de lo común, de la comunidad, más que el individualismo excluyente; compartir y celebrar (la nada que poseen) superan al ruin deseo de acaparar y derrochar.

En la perspectiva individual, más allá de la de los estados, saber acomodar las expectativas, los deseos, la ambición, son resortes con los que solo el homo sapiens cuenta. Y gracias a ellos podemos alcanzar la felicidad. La leona del Serengueti solo sabe cazar siempre que tiene hambre. No conoce otro mecanismo de supervivencia.

Se me dirá que muchos no tienen ya margen de maniobra para adaptarse a nada en su austeridad, en su miseria. Precisamente no me refiero a ellos, a esa oleada de personas más allá de la exclusión en nuestras sociedades. Las legiones de desheredados por el sistema, que malviven en las calles de tantas ciudades de Estados Unidos, de España, de Senegal, de Malawi, de Bangladesh. Me refiero a nosotros, los otros, a esa reinante clase media mundial que ha alcanzado niveles insospechados de riqueza y bienestar y que puede renunciar a algo, y además puede hacerlo en beneficio de aquellos desheredados mediante una mejor distribución del patrimonio común. (Las megafortunas entran en esta categoría de mi reflexión pues no dejan de ser sociológicamente clase media devenida ultramillonaria).

Vuelvo a los camioneros, objeto de mi reflexión divagante. Una importante cantidad de dinero de todos se va utilizar para bajar el precio del gasóleo para que unos ciudadanos camioneros no retrocedan un solo céntimo de euro en la satisfacción de sus “necesidades” (y deseos y caprichos). Ese dinero a ellos otorgado no se podrá invertir en quienes no tienen nada absolutamente de donde reducir lo mínimo indispensable que tienen para comer y calentarse.

La honorabilidad o el precio del gasóleo. El debate se agota en su mismo enunciado.

Contener la inflación, la deuda, el déficit público y todo para santificar el crecimiento: dogmas de una vida tal vez envidiable. Pero, ¿sana?

Estamos enfermos de codicia. No parecemos ninguno de nosotros dispuestos a comprender que a veces el mejor modo de “crecer” es no hacerlo solo en la cuenta corriente.

Unas sociedades contemporáneas dominadas por el “derecho” a saciar todo apetito no son sanas. No es de extrañar que el verbo latino “appetare” signifique “estirar la mano hacia algo, lanzarse hacia algo… atacar algo”.

Camioneros. ¿Qué no pueden pagar el gasoil? Claro que pueden, pero no quieren, porque lo consideran un insulto a la dogmática creencia de su propia condición humana, la de que tener que adaptarse a la realidad y aceptar un poco menos que ayer al parecer les arrebata su dignidad. Dignidad. Si solo la medimos con monedas.

(Fotografía en Internet ElEconomista.net)

martes, 15 de mayo de 2012

¿Austeridad?, sí, gracias, pero...

No deja de ser sorprendente que haya que volver cuarenta años atrás para reencontrar explicaciones a lo que sucede hoy y avisos de lo que puede suceder mañana.
Fue allá por los años 70 cuando vio la luz el informe del Club de Roma “Los límites del crecimiento”. Y si no fuera suficiente con el diccionario para saber que lo que se contrapone a la austeridad no es el crecimiento sino el derroche, tendremos que recordar lo que entonces se decía.
Creo que fue el economista Kenneth Boulding el que nos mostró que la era de las expectativas ilimitadas había tocado a su fin. La primera crisis del petróleo vino a dejar claro que la llamada “economía del cowboy” abierta, sin límites, capaz de ofrecer un crecimiento infinito (a unos cuantos), había tocado a su fin y que nos adentrábamos en la era de la “economía del astronauta”, concepto más cercano a nosotros, incluso como metáfora: vivimos en un planeta, un astro errante según su etimología griega; esto es en una inmensa cápsula espacial dentro de la cual precisamente tenemos que manejarnos: con recursos limitados, no renovables muchos de ellos, obligados a minimizar nuestros propios residuos y gestionarlos convenientemente. Nadie tira la basura en su propio jardín. Y a escala mundial, nuestro jardín es el planeta Tierra. O sea, la ecuación que se impone desde hace decenios es evitar el despilfarro y la contaminación.
Unos años después de aquel informe se alumbró el concepto de “Desarrollo sostenible”: el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades. (No es de extrañar que fuera una mujer quien definiera tal concepto, la doctora Bruntland, pues ya dice Peter Lawrence que el hecho diferencial de género incorpora al discurso político y social valores como el pensamiento panorámico y la originalidad frente al secular pensamiento obsesivo y competitivo de los hombres; la creatividad y la reflexión frente al reglamentismo, anquilosamiento y agresividad; y los principios de conservación y empatía frente al despilfarro y la insensata confianza absoluta en sí mismo del arquetipo de dirigente masculino).
O sea, a finales del siglo XX, habíamos avanzado en la comprensión del mundo. Ya no hablábamos de crecimiento, sino de desarrollo (algo así como el crecimiento que beneficia a toda la población y eleva su calidad de vida de manera armónica y distribuida, o sea, el crecimiento que provoca prosperidad). Más aún, hablábamos de desarrollo “sostenible”, donde el todo, lo absoluto deja de ser legítimo si no tiene en cuenta las partes, lo relativo del hoy y del mañana, del aquí y el allí. Pues la prosperidad de unos no puede hacerse a costa de la pobreza de los demás. Y en un mundo globalizado en las relaciones económicas y financieras tiene sentido el “efecto mariposa”: lo que sucede en una parte del mundo afecta al resto. Si para mantener los privilegios de unos pocos, de nosotros, el llamado primer mundo, hay que sumir en la miseria a la gran mayoría silenciosa del resto de los países, entonces no estamos en la senda correcta.
En definitiva, me niego a aceptar la actual espuria confrontación entre austeridad y crecimiento. La austeridad debe constituirse en un principio esencial del progresismo contemporáneo de nuevo cuño, ecologista y globalizador en lo distributivo y la justicia. Y no se contrapone al crecimiento sino al derroche. Y tampoco debe querérsenos confundir llamando austeridad a recortes cuyo último objetivo es el desmantelamiento/privatización del Estado del Bienestar.
¿Que hay desequilibrio en las cuentas? Si lo hubiera (luego veremos esto) no puede achacarse al gasto (en verdad inversión, y de futuro, más que gasto) en políticas sociales (sanidad, dependencia, capacidades diferenciadas –discapacidad-, pobreza y exclusión…). Si hacemos números veremos que las decenas de aeropuertos, puertos, autopistas radiales, trenes de alta velocidad construidos desde hace veinte años, son el verdadero derroche que ha provocado el actual desequilibrio (por no hablar del impacto en la Seguridad Social de las prejubilaciones). Pero me refiero exclusivamente ahora a las cuentas públicas, dejando para otra ocasión el debate sobre otros componentes esenciales del actual desequilibrio como la actividad privada centrada en el urbanismo (que para cometer sus desmanes ha contado con un “cooperador necesario”, el sistema financiero inflando artificialmente la burbuja de los precios y los préstamos) o como el derroche privado familiar (somos uno de los países con mayor parque de vehículos de superlujo).
La austeridad es necesaria, y no como algo coyuntural sino estructural. Pero una austeridad aplicada, no recortando las bases del Estado del Bienestar (educación, salud, justicia social), sino en lo superfluo de gastos de infraestructuras innecesarias (muchas de los 255.000 millones de euros del plan de infraestructuras del anterior Gobierno), de armamentos inútiles y absurdos (el tanque Leopard de nuestro Ejército, con un coste de compra de 15 meuros cada uno, dispara a una distancia que no hay campo de tiro en España donde entrenarse con él), de subvenciones millonarias a energías obsoletas y contaminantes (centenares de millones al carbón)...
Vengan, sí, las inversiones inteligentes, de futuro, aquellas que faciliten no tanto el crecimiento como el desarrollo de la sociedad. Y valga un solo ejemplo: organizar un sistema integral de producción energética autóctona que limite nuestra dependencia de los combustibles fósiles. Dependencia a precios que también son un insensato derroche (la factura anual de nuestras importaciones de petróleo supera los 29.400 millones de euros).
Pero si pretendemos ahora volver a anteponer ¡otra vez! a la necesaria austeridad un crecimiento fallido basado en fórmulas que ya han fracasado como macro hoteles en Baleares, o urbanizaciones de golf y playa en Valencia, o estaciones de esquí de nieve artificial en Castilla y León, o en Madrid o Cataluña ese El Dorado de Eurovegas, paradigma de actividad innovadora donde las haya (me refiero a la lavandería: el blanqueo industrial de sábanas de los hoteles y el blanqueo de capitales en las ruletas)... si el becerro de oro del crecimiento a cualquier precio nos impone de nuevo ese modelo para intentar salir de la parálisis, simplemente estaremos abocados a alargar la agonía.
¿Que no salen la cuentas?, decía más arriba. Sí, sí que salen. Como todo presupuesto, ya sea familiar o público, simplemente se trata de elegir dónde ahorrar, dónde gastar y cómo ingresar (ya hablaremos también otra semana del sistema de impuestos en España, donde apenas pagan los asalariados).
Miremos al mundo, a todo el mundo: el crecimiento per se no trae el bienestar; el desarrollo sí. Pero para que sea duradero y justo ha de ser sostenible, lo que implica desarrollar en nuestras sociedades la ética de la frugalidad y desterrar el papanatismo del nuevo rico que cree que cuanto más derrocha y más se pavonea de ello más feliz es.

martes, 8 de mayo de 2012

El hundimiento del Maine

Hay quienes pretenden que la obstinación en la mentira acaba por convertirla en verdad aunque sea sólo por el hastío final de los que tienen que oír la falsedad hasta la extenuación.
Pero al final la verdad resplandece. A menudo demasiado tarde, o con gran dolor, pérdida y desgaste. Pero resplandece. Aunque también es cierto que algunas de las cosas deterioradas por la interesada mentira no se recuperan jamás o lo hacen tan tarde que para generaciones enteras es como si no se hubieran reparado.
Pues hoy, igual que en el famoso hundimiento del Maine, no sólo nos quieren engañar sino que quieren volver la mentira contra nosotros culpando a quienes no provocaron el hundimiento.
Y no hablo del hundimiento del Maine, sino del naufragio premeditado al que la ideología neoliberal quiere conducir a todo lo público. Como aquellos piratas terrestres que apagaban los faros y encendían otras luces para con engaños llevar a las naves a los arrecifes y desvalijarlas.
Eso es lo que me parece que está ocurriendo en nuestros días ante nuestra propia pasividad. Hagamos pues memoria, esa palabra tan denostada por algunos.
En el Principio fue la idea: Thatcher y Reagan en los 80’ proyectando acabar con el Estado por su supuesta ineficiencia ante el sacrosanto dios de los mercados.
En los 90’, aprovechando seguramente ese momento de confianza y esperanza que supuso el fin de la Guerra Fría, los secuaces de aquéllos impusieron sin hacer muchas preguntas a los ciudadanos la desregulación indiscriminada, las privatizaciones sin control, las liberalizaciones sin supervisión. Todo ello dando por hecho que la intervención de los poderes públicos, democráticos, ciudadanos y no corporativos supone siempre un lastre para el crecimiento y el enriquecimiento.
En el caso de España, por poner un primer ejemplo, aprobó el Sr. Rato una Ley del Suelo que convertía a quien quisiera en promotor, fuera o no dueño del suelo. El objetivo era producir. En concreto ladrillos. No es momento en esta primera incursión de abordar las repercusiones ambientales, por ejemplo, sino sólo la de identificar dónde empezó a inflarse la burbuja aquella que, para hincharla en condiciones precisó de la venida de cuatro millones de emigrantes.
En el 2008, todo el andamiaje que soportaba la burbuja se cayó (falseamiento de tasaciones, hipotecas por mayor valor que la casa para financiar otros menesteres como coches o viajes, seguros para cubrir valoraciones ficticias…) llevándose consigo todo lo que hoy llamamos “La crisis”, financiera.
Entonces salieron los mismos que desde sus empresas de rating, sus bancos, sus empresas, sus evasiones fiscales habían organizado el inflado a explicarnos que lo que no se sostiene en verdad es el Estado del Bienestar, que la Ley de Dependencia es un lujo del país rico que ahora resulta que no somos, que la culpa del gasto en desempleo la tienen los emigrantes (los mismos emigrantes sin los cuales no habría habido el modelo de desarrollo del ladrillo promovido por aquéllos; las mismas emigrantes que han permitido sentirse alta burguesía a tantas familias y gracias a las que muchas mujeres pudieron incorporarse a puestos de trabajo fuera del que realizaban en sus domicilios), que vivimos demasiado, que consumimos demasiadas medicinas, que los funcionarios no se ganan el sueldo (cuando la mayoría de esos funcionarios fueron espectadores del enriquecimiento realmente ilícito de tantos otros trabajadores que ayudaron a inflar precios y salarios de ficción)…
Así ahora se cierra aquel plan ideado por Thatcher y Reagan hace 30 años, el del desmantelamiento de lo público en beneficio de lo privado, lo individualista, el sálvese quien pueda. Y en una pirueta en la que creen que van a engañarnos todo el tiempo, todavía nos echan la culpa del desastre a los que creemos en lo público, en la solidaridad y la sostenibilidad, y vienen a convencernos de que la única medicina para desfazer el entuerto de las liberalizaciones y desregulaciones ahora es recortar gastos. Reducir gastos sociales, “replantearnos” el Estado del Bienestar. Apartando una vez más el foco de atención de dónde estuvo el error. Nos quieren decir que la Ley de Dependencia no se puede financiar, pero no nos dicen los cientos de miles de millones invertidos en autopistas de peaje sin coches, aeropuertos sin aviones, puertos sin contenedores o trenes de alta velocidad con más apeaderos que paradas. Nos dicen que hay que recortar la sanidad, la educación, mientras una misión en Afganistán nos cuesta más de un millón de euros al día. Al día. (En el caso de Estados Unidos el coste es de 2.000 millones de dólares a la semana… reluctantes son los números cuando algunos se empeñan en hablar del problema de liquidez…). Nos dicen que TVE es demasiado cara y que habrá que suprimir, curiosamente, los programas de mayor audiencia. Curiosamente, también, ello redundará en el incremento del “share” de las televisiones privadas sin tener que modificar sus programaciones…
Qué bien ha cuadrado todo para que la ideología neoliberal se nos imponga ahora no ya como la del Pensamiento Único sino como la única alternativa real para salir de esta crisis, por supuesto sin cambiar uno sólo de los principios que de verdad nos han metido en ella; manteniendo el modelo de vida que acabará conduciendo al naufragio aquel.
Todos hemos tenido culpa en este desmán generalizado. Pero algunos más que otros. También aquellos ciudadanos de a pie que se dejaron llevar por la codicia y vivieron unos años en un comic muy por encima de lo razonable, muy a lo cigarra y no a lo hormiga, que no guardaron nada para este invierno duro que se nos viene encima.
Pero, de todos modos, aún confío en que los ciudadanos despertemos e impidamos el desmantelamiento de la conquista de los derechos de todos. Lo dice el escritor Pérez Andújar, constataremos que “lo definitivo no es más fuerte que uno mismo”, recordando siempre a Abraham Lincoln que sabía que “se puede engañar a todo el mundo alguna vez, y a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

(El 25 de enero de 1898, con la excusa de asegurar los intereses de los residentes estadounidenses en la isla, Estados Unidos envió a La Habana el acorazado Maine. El 15 de febrero hubo una explosión en el Maine y se hundió.
Los estadounidenses sostuvieron desde el primer momento que la explosión había sido provocada y externa. La conclusión de las investigaciones españolas fue que la explosión era debida a causas internas. Ciertos documentos avalarían la hipótesis de que la explosión fue provocada por los propios estadounidenses con el objeto de tener un pretexto para declarar la guerra a España. Algunos estudios actuales apuntan a una explosión accidental de la santabárbara.
España negó desde el principio que tuviera algo que ver con la explosión del Maine, pero la campaña mediática realizada desde los periódicos de William Randolph Hearst convenció a la mayoría de los estadounidenses de la culpabilidad de España). (Fuente Wikipedia)