You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

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lunes, 21 de julio de 2014

Fe de ratas


Miles de años de “Humanidad” y aún tenemos que dedicar más páginas a la guerra que al desarrollo, a las bombas que al bienestar, al asesinato que a imaginarnos el futuro, a las cárceles que al hambre. Tantas cosas trascendentales que deberían ocupar nuestro tiempo, tiempo de crisis y de cambio, tiempo, en fin, apasionante, y todavía enzarzados en la demencia sin sentido de unos pocos hipotecando nuestras fuerzas, las que habríamos de poner unánimes en sentar las bases de un tercer milenio más humano.

Pero así son las cosas, la tinta sobre el papel porque la sangre sobre el asfalto. Y uno se pregunta, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo esta exaltación perversa de la identidad hallada en la exclusión, que es el nacionalismo homicida de los violentos, va a dirigir nuestros pensamientos, va a absorber nuestras energías?

Porque, por si no fuera poco lo que la violencia, la violencia de la guerra, la del terrorismo, incluido el terrorismo de Estado, causa a sus víctimas, está además la degradación moral con que ese “recurso a la violencia” pretende someter a todos los ciudadanos para que claudiquemos y caigamos en la hondura más negra de nuestra animalidad, en la fácil tentación de combatir la violencia con más violencia.

Pero debemos saber, demócratas, hombres de derecho, que no hay que ceder ante la invasión de la violencia sino reconquistar un discurso común, fuerte y cohesionado, que sume el esfuerzo intelectual de los pacíficos contra el absorbente protagonismo que hace a la violencia tomar, por las armas, el terreno de las ideas, el ágora del diálogo.

Aunque debemos saber, solidarios hombres de bien, que para esta batalla de la inteligencia contra el odio contaremos sólo con la voluntad de paz ciudadana, con las armas de la virtud (el voto y la palabra) frente al furor del violento, soldado o terrorista.

Sea breve o inacabable esta contienda, nosotros venceremos, pero recordemos que en el combate dispar de la palabra contra las armas ya dijo Milan Kundera que la lucha contra el fascismo es, en gran parte, el producto del esfuerzo por que la memoria supere al olvido. Por eso no debemos nosotros dejarnos engañar ante el graznido de los asesinos y los violentos, y tener en cuenta que en su código del fanatismo hay que interpretar siempre la siguiente ‘Fe de ratas’:

Donde dice revolver, ellos dicen revólver. Donde dice autodeterminación, ellos dicen Auto de Terminación. Donde dice tolerancia, ellos dicen toda rancia. Donde dice nacionalismo, ellos dicen nazionalismo. Donde dice Constitución, ellos dicen prostitución. Donde dice solidario, ellos dicen funerario. Donde dice diálogo, ellos dicen mátalo. Donde dice de mente, ellos dicen demente. Donde dice consenso, ellos dicen sin seso. Donde dice con futuro, ellos dicen contra el muro. Donde dice sé nuestro, ellos dicen secuestro. Donde dice beso, ellos dicen preso. Donde dice ¡basta ya!, ellos dicen ¡va a estallar! Donde dice confín, ellos dicen sin fin. Donde dice hazte ver, ellos dicen agazápate. Donde dice podio, ellos dicen yo odio. Donde dice la otra mejilla, ellos dicen otro gemido. Donde dice esposa, ellos dicen esposados. Donde dice edil, ellos dicen le di. Donde dice abrazar, ellos dicen a matar. Donde dice pared, ellos dicen paredón. Donde dice urna, ellos dicen sarna. Donde dice cóctel sin alcohol, ellos dicen cóctel molotov. Donde dice autonomía, ellos dicen auto no mía. Donde dice librería, ellos dicen lapidaría. Donde dice juego, ellos dicen fuego. Donde dice alegría, ellos dicen alergia. Donde dice paralelo, ellos dicen parabellum. Donde dice elegir, ellos dicen el exigir. Donde dice móvil sin cobertura, ellos dicen sepultura sin móvil. Donde dice debate, ellos dicen combate. Donde dice justicia, ellos dicen ajusticia. Donde dice su versión, ellos dicen subversión. Donde dice sentido común, ellos dicen fosa común. Donde dice pena por la muerte, ellos dicen pena de muerte. Donde dice de texto, ellos dicen detesto. Donde dice mi amor, ellos dicen tumor. Donde dice este hace, ellos dicen RH. Donde dice lujuria, ellos dicen jauría. Donde dice nunca jamás, ellos dicen por la nuca matarás. Donde dice encapotado, ellos dicen encapuchado. Donde dice carta de novia, ellos dicen carta-bomba. Donde dice voto, ellos dicen bota. Donde dice respaldo, ellos dicen por la espalda. Donde dice pacifismo, ellos dicen fanatismo. Donde dice entre hombres, ellos dicen entre sombras. Donde dice rosa, ellos dicen fosa. Donde dice elecciones, ellos dicen ejecuciones. Donde dice asco, ellos dicen casco. Donde dice animar, ellos dicen ani-Mal. Donde dice paz, ellos callan.
 

Fotos universidadmidrasha.com, saborlatinotv.com, landdestroyer.blogspot.com, cronicadesociales.com

martes, 5 de junio de 2012

Tecnología “limpia” y guerra “humanitaria”

En plena semana de la celebración del Día de la Fuerzas Armadas nos “ataca” una noticia de esas que intentan pasar de puntillas aprovechando el tsunami financiero que arrasa las “Europas”. Europas, sí, que mucho me temo que ya no hay una sola.
Según la prensa, el Presidente de Estados Unidos de Norteamérica dirige personalmente las últimas guerras de aquel país. Se refiere a guerras que (otra vez) no han sido declaradas, algo que poco sorprende cuando desde hace once años las más elementales reglas del Derecho Internacional contemporáneo han sido secuestradas.
Estas guerras se libran en Yemen, Somalia y Pakistán. Y no combaten en ellas soldados sino “drones”, aviones no tripulados. Objetivos de estos ataques “preventivos” –sin mediar delito previo- son presuntos dirigentes y militantes de grupos terroristas sometidos a ejecuciones extrajudiciales sin  mayores problemas de conciencia. Se presenta, al parecer, al Presidente, la lista de los precondenados a muerte por el Pentágono. Y al ser localizados él puede autorizar la acción. Para qué tomar prisioneros y guantanamizarlos pudiendo eliminarlos sin más. Miles, dicen.
Como tantas veces, una invención tecnológica de supuesto uso pacífico legítimo (aviones no tripulados para vigilancia, reconocimiento, seguridad o hasta control y combate de incendios) acaba convertida en un arma, un medio de destrucción de la vida y las obras humanas.
Valga pues hacer una reflexión de cuestiones tan importantes como la guerra ilegal al margen de la marea económica que abducidos nos tiene.
Muchos son los que desde el 11-S consideramos que el mundo se encuentra en una guerra permanente, aunque sus efectos no los veamos en nuestros primermundistas patios y jardines, porque eso, librarse lejos de nuestras naciones, es una de las características esenciales de este nuevo “arte” de la guerra del siglo XXI. Arte que mantiene algunas de sus peculiaridades seculares (búsqueda de una superioridad aplastante de la capacidad militar) combinada con nuevas singularidades (ostentación del dominio del desarrollo tecnológico para poder ejercer el “derecho de librar guerras sobre todo el planeta”, o sea, la guerra del mundo globalizado).
Pero por muy desarrolladas tecnológicamente y “selectivas” que sean esas armas, drones o cualesquiera otras, lo cierto es que igual que las armas de destrucción masiva (nuclear, biológica o química), o las armas “indiscriminadas” (minas antipersonal): no discriminan al combatiente de los civiles y por ello están prohibidas intrínsecamente (cuando no mediante un tratado internacional concreto como la Convención de Prohibición de Armas Químicas).
El asunto de la asepsia de la tecnología más avanzada aplicada a la guerra me recuerda algo que señalaban Toni Negri y Michael Hardt en su libro “Multitud” allá por 2004. En el episodio “Una muestra de Armagedón” de la serie Star Trek, la nave “Enterprise” es enviada en misión diplomática a dos planetas vecinos que llevan quinientos años de guerra entre sí. El capitán Kirk y el señor Spock son convenientemente teletransportados y se les informa de que los dos planetas están muy orgullosos por la manera tan civilizada que tienen de librar la guerra, ya que las batallas de esta eterna contienda se libran mediante programas de ordenadores que realizan juegos virtuales. Ello, les dicen, les ha permitido preservar su civilización. No obstante, cuando el simulador ha desarrollado la batalla, las bajas que los ordenadores establecen son designadas entre la población real y tales ciudadanos son desintegrados en pulcras máquinas ad hoc.
El capitán Kirk se escandaliza porque la brutalidad jamás puede ser civilizada y les espeta que la guerra debe implicar destrucción y horror porque tales son los únicos incentivos para ponerle fin y evitarla. Mientras que la guerra sin fin es la barbarie definitiva. Y esos dos planetas han caído en la guerra eterna porque la han convertido en algo “racional”, aséptico y tecnológico. La misión diplomática del “Enterprise” entonces destruye los ordenadores para que vuelva la guerra “real” como único modo de que los dos planetas vuelvan a las negociaciones y pongan fin en algún momento a la guerra.
En el fondo podemos hasta imaginar que aquellos dos planetas sean la metáfora de los imperios europeos que durante siglos estuvieron enfrentados en guerras sin fin hasta que el horror insuperable de la II Guerra Mundial dio a luz el mayor lapso de paz conocido, con la Unión Europea como garante.
Así es, la tecnología más avanzada, aplicada a la guerra buscando esa supuesta “limpieza”, nos enfrenta a complicadas contradicciones. Y el mundo de lo visual refuerza lo peor del asunto. La guerra “civilizada” e incorpórea se ha instalado en nuestro imaginario como algo asumible: las asépticas imágenes que aparecen en los telediarios como si de laboratorios se tratase; las películas y los videojuegos bélicos plagados de héroes (no superhéroes con sus superpoderes, sino hombres de carne y hueso) a los que las armas, las explosiones, la destrucción ni les rasguñan, saliendo siempre incólumes; y sobre todo guerras y devastación reales pero tan lejanas, no padecidas por nuestros ciudadanos (generaciones enteras de europeos no han vivido, deo gratias, una guerra por primera vez en la historia, y EEUU, salvo por los concretos ataques de Pearl Harbour y el 11-S, nunca han tenido una guerra de invasión) hacen que las batallas se vean casi como algo espectacular más que como la barbarie que supone.
Y por si fuera poco, tanto testimonio de continuas guerras lejanas nos está haciendo acostumbrarnos sicológicamente a su existencia.
Pero no podemos olvidar que la Guerra tradicionalmente ha sido un estado de excepción en el que hasta se llegaba a la contradicción de suspender la Constitución para salvaguardarla. Pero lo fundamental era que tal estado de excepción era “limitado”, si no en el ámbito espacial sí siempre en su extensión en el tiempo. Pero hoy está claro (veáse el ejemplo de los drones y de los dos mil conflictos activos que en el mundo hay) que ese estado de excepción se ha convertido en indefinido, tergiversando el antiguo adagio que decía que la guerra era la continuación de la política por otros medios. Hoy parece ser la política la continuación de la guerra por otros medios (Toni Negri). Y ello basado en otra trasgresión del derecho internacional en el que para el conflicto armado había que identificar al enemigo. Hoy el enemigo, la amenaza se ha “dessubjetivizado”, se ha difuminado para crear un estado de paranoia universal, de miedo paralizante que nos hace soportar (cuando no reclamar) las medidas de coerción que sean en aras de una sacrosanta seguridad amenazada ubicuamente y a todas horas. Ese enemigo ahora son conceptos abstractos como el “terrorismo” o el “narcotráfico”. Y en beneficio de su control prescindimos de nuestras libertades sin fecha de caducidad (Ley Patriótica USA que permite intromisiones atroces en la libertades individuales; deterioro de la privacidad de los ciudadanos en todo el mundo: agresivos controles aeroportuarios, ubicuidad de cámaras de vigilancia con un imposible control público, localizaciones GPS de móviles personales...). Lo que nos recuerda una constante histórica: el militarismo está íntimamente ligado a grupos industriales e intermediarios, profesionales en el lucro del horror.
Sin embargo, el desarme es parte del sistema ético inherente al ser humano desde la más remota antigüedad, aunque en realidad las normas de derecho internacional humanitario apenas tienen 150 años, cuando en la Declaración San Petersburgo de 1868 se acuñó el Principio de los males Superfluos y se confrontó el Derecho de Guerra al Derecho Humanitario. Y justo entonces por el miedo a que los avances tecnológicos (los nuevos descubrimientos de la industria química) fueran utilizados en el campo de batalla. Lo que ocurrió ya en la I Guerra Mundial en Ypres causando 100.000 muertos y más de un millón de heridos.
No obstante, la diplomacia y el derecho insistieron en el siglo XX en la primacía del derecho humanitario sobre las demandas militares “defensivas” y en la necesidad de abolir toda forma de crueldad.
Pero tristemente parece que hayamos entrado en una perversa “Máquina del Tiempo”, que vivamos un triste “Regreso al Futuro”. Sí, fue hace un siglo y pico cuando empezamos a dejar atrás el arcaico y medieval concepto del Ius ad bellum, el derecho al recurso de la guerra que, por supuesto, se basaba en el bellum iustum, la guerra justa. Justa según dictado del vencedor.
Hemos sido incapaces de abolir la guerra en todas sus formas, y de implantar el Ius pacis, que previene la guerra asegurando la paz (concepto que apenas existió en la realidad unos pocos años con la Agenda para la Paz de la ONU de 1992, como consecuencia del efímero optimismo del fin de la Guerra Fría), pero al menos hemos sid capaces de identificar el Ius in bello (el marco jurídico de la manera “humanitaria” de librar las guerras) con sus 3 reglas conducta: los civiles o inocentes no pueden jamás ser blanco de la Fuerzas Armadas; debe haber una absoluta proporcionalidad entre “beneficios” y “costes”, o sea, el uso de la fuerza y de armas deben ser proporcionados y contra blancos legítimos; y debe prohibirse todo uso de armas o métodos guerra inaceptables para la conciencia moral de la humanidad por su intrínseca perversidad. Caben aquí los drones utilizados para ajusticiar terroristas junto a las armas de destrucción masiva y las indiscriminadas.
Y no olvidemos, las contradicciones y dificultades de definir el terrorismo. Veamos el lodazal en el que podemos meternos. Tomemos tres condiciones generalmente aceptadas para definir a un grupo terrorista: aquel grupo armado que pretende derribar regímenes legítimos, que transgrede los Derechos Humanos y las leyes internacionales, y que justifica la violencia masiva y la individualizada (la tortura). Según Noam Chomsky, con esos requisitos, EEUU, aun siendo un gran promotor de la Democracia y los Derechos Humanos, sería un grupo terrorista (Guantánamo, ejecución sumaria de Bin Laden, drones, no aceptación del Tribunal Penal Internacional para sus soldados, no firma de los Convenios contra la Tortura o la prohibición de las minas antipersonal…).
En fin, la guerra antes era el último elemento del poder, y hoy parece que se ha convertido en el primero y con voluntad de ser el único.
Pero no debemos olvidar jamás, por sibilinas que sean las batallas que hoy  denigran nuestra humanidad (drones mediante), que hay guerras que son ilegales siempre; que es taxativa la prohibición de guerras de anticipación o preventivas en un mundo civilizado; que no podemos aceptar sin debate intelectual la supuesta presencia constante de “enemigos” y de una eterna “amenaza de desorden” utilizados subrepticiamente para legitimar la violencia de unos contra todos los demás; que el siglo XX, con sus luces y sus sombras, nos demostró que el uso de la fuerza exclusivamente se legitima para detener el genocidio, sólo cuando la solución no causa más dolor que la inacción y jamás otorgándose el derecho a cometer crímenes ni para acortar las guerras (véase Hiroshima y Nagasaki); que si tenemos dudas sobre la legitimidad del derecho de injerencia podemos aplicar la regla de que tal injerencia es legítima si tras la actuación y el cambio de situación que justificó la intervención, los Estados que han intervenido en ella no obtienen contrapartidas (por ejemplo concesiones petrolíferas); que defender la vida no es lo mismo que defender nuestro “estilo de vida”; que hay que preservar las libertades de todos los ciudadanos del mundo; que no hay mayor arma de destrucción masiva que el hambre y la ignorancia; que la limitación de la guerra es el único comienzo de la paz; y que una guerra no puede reemplazar y relegar todas nuestras “guerras”, como contra la pobreza, el odio, la explotación…
No hay en esto nada de utopía, buenismo o ingenuidad. En la Historia de la Humanidad siempre habrá alguien al pie del cañón (o del dron) para evitar que lo disparen. Ha habido y habrá siempre doctrinas cuya entereza moral y sus principios sean reivindicados por lo que Stephan Zweig llamó los eirenopoiesis, los creadores de paz: personas que harán que la justicia prevalezca sobre el poder, el ideal sobre la realidad, el porvenir sobre el pasado.

martes, 8 de mayo de 2012

El hundimiento del Maine

Hay quienes pretenden que la obstinación en la mentira acaba por convertirla en verdad aunque sea sólo por el hastío final de los que tienen que oír la falsedad hasta la extenuación.
Pero al final la verdad resplandece. A menudo demasiado tarde, o con gran dolor, pérdida y desgaste. Pero resplandece. Aunque también es cierto que algunas de las cosas deterioradas por la interesada mentira no se recuperan jamás o lo hacen tan tarde que para generaciones enteras es como si no se hubieran reparado.
Pues hoy, igual que en el famoso hundimiento del Maine, no sólo nos quieren engañar sino que quieren volver la mentira contra nosotros culpando a quienes no provocaron el hundimiento.
Y no hablo del hundimiento del Maine, sino del naufragio premeditado al que la ideología neoliberal quiere conducir a todo lo público. Como aquellos piratas terrestres que apagaban los faros y encendían otras luces para con engaños llevar a las naves a los arrecifes y desvalijarlas.
Eso es lo que me parece que está ocurriendo en nuestros días ante nuestra propia pasividad. Hagamos pues memoria, esa palabra tan denostada por algunos.
En el Principio fue la idea: Thatcher y Reagan en los 80’ proyectando acabar con el Estado por su supuesta ineficiencia ante el sacrosanto dios de los mercados.
En los 90’, aprovechando seguramente ese momento de confianza y esperanza que supuso el fin de la Guerra Fría, los secuaces de aquéllos impusieron sin hacer muchas preguntas a los ciudadanos la desregulación indiscriminada, las privatizaciones sin control, las liberalizaciones sin supervisión. Todo ello dando por hecho que la intervención de los poderes públicos, democráticos, ciudadanos y no corporativos supone siempre un lastre para el crecimiento y el enriquecimiento.
En el caso de España, por poner un primer ejemplo, aprobó el Sr. Rato una Ley del Suelo que convertía a quien quisiera en promotor, fuera o no dueño del suelo. El objetivo era producir. En concreto ladrillos. No es momento en esta primera incursión de abordar las repercusiones ambientales, por ejemplo, sino sólo la de identificar dónde empezó a inflarse la burbuja aquella que, para hincharla en condiciones precisó de la venida de cuatro millones de emigrantes.
En el 2008, todo el andamiaje que soportaba la burbuja se cayó (falseamiento de tasaciones, hipotecas por mayor valor que la casa para financiar otros menesteres como coches o viajes, seguros para cubrir valoraciones ficticias…) llevándose consigo todo lo que hoy llamamos “La crisis”, financiera.
Entonces salieron los mismos que desde sus empresas de rating, sus bancos, sus empresas, sus evasiones fiscales habían organizado el inflado a explicarnos que lo que no se sostiene en verdad es el Estado del Bienestar, que la Ley de Dependencia es un lujo del país rico que ahora resulta que no somos, que la culpa del gasto en desempleo la tienen los emigrantes (los mismos emigrantes sin los cuales no habría habido el modelo de desarrollo del ladrillo promovido por aquéllos; las mismas emigrantes que han permitido sentirse alta burguesía a tantas familias y gracias a las que muchas mujeres pudieron incorporarse a puestos de trabajo fuera del que realizaban en sus domicilios), que vivimos demasiado, que consumimos demasiadas medicinas, que los funcionarios no se ganan el sueldo (cuando la mayoría de esos funcionarios fueron espectadores del enriquecimiento realmente ilícito de tantos otros trabajadores que ayudaron a inflar precios y salarios de ficción)…
Así ahora se cierra aquel plan ideado por Thatcher y Reagan hace 30 años, el del desmantelamiento de lo público en beneficio de lo privado, lo individualista, el sálvese quien pueda. Y en una pirueta en la que creen que van a engañarnos todo el tiempo, todavía nos echan la culpa del desastre a los que creemos en lo público, en la solidaridad y la sostenibilidad, y vienen a convencernos de que la única medicina para desfazer el entuerto de las liberalizaciones y desregulaciones ahora es recortar gastos. Reducir gastos sociales, “replantearnos” el Estado del Bienestar. Apartando una vez más el foco de atención de dónde estuvo el error. Nos quieren decir que la Ley de Dependencia no se puede financiar, pero no nos dicen los cientos de miles de millones invertidos en autopistas de peaje sin coches, aeropuertos sin aviones, puertos sin contenedores o trenes de alta velocidad con más apeaderos que paradas. Nos dicen que hay que recortar la sanidad, la educación, mientras una misión en Afganistán nos cuesta más de un millón de euros al día. Al día. (En el caso de Estados Unidos el coste es de 2.000 millones de dólares a la semana… reluctantes son los números cuando algunos se empeñan en hablar del problema de liquidez…). Nos dicen que TVE es demasiado cara y que habrá que suprimir, curiosamente, los programas de mayor audiencia. Curiosamente, también, ello redundará en el incremento del “share” de las televisiones privadas sin tener que modificar sus programaciones…
Qué bien ha cuadrado todo para que la ideología neoliberal se nos imponga ahora no ya como la del Pensamiento Único sino como la única alternativa real para salir de esta crisis, por supuesto sin cambiar uno sólo de los principios que de verdad nos han metido en ella; manteniendo el modelo de vida que acabará conduciendo al naufragio aquel.
Todos hemos tenido culpa en este desmán generalizado. Pero algunos más que otros. También aquellos ciudadanos de a pie que se dejaron llevar por la codicia y vivieron unos años en un comic muy por encima de lo razonable, muy a lo cigarra y no a lo hormiga, que no guardaron nada para este invierno duro que se nos viene encima.
Pero, de todos modos, aún confío en que los ciudadanos despertemos e impidamos el desmantelamiento de la conquista de los derechos de todos. Lo dice el escritor Pérez Andújar, constataremos que “lo definitivo no es más fuerte que uno mismo”, recordando siempre a Abraham Lincoln que sabía que “se puede engañar a todo el mundo alguna vez, y a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

(El 25 de enero de 1898, con la excusa de asegurar los intereses de los residentes estadounidenses en la isla, Estados Unidos envió a La Habana el acorazado Maine. El 15 de febrero hubo una explosión en el Maine y se hundió.
Los estadounidenses sostuvieron desde el primer momento que la explosión había sido provocada y externa. La conclusión de las investigaciones españolas fue que la explosión era debida a causas internas. Ciertos documentos avalarían la hipótesis de que la explosión fue provocada por los propios estadounidenses con el objeto de tener un pretexto para declarar la guerra a España. Algunos estudios actuales apuntan a una explosión accidental de la santabárbara.
España negó desde el principio que tuviera algo que ver con la explosión del Maine, pero la campaña mediática realizada desde los periódicos de William Randolph Hearst convenció a la mayoría de los estadounidenses de la culpabilidad de España). (Fuente Wikipedia)