You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

martes, 15 de julio de 2014

Obscenidades


Hoy dejo que lo que literariamente se llama en Europa un “negro”, un "ghostwritter" en EEUU, me escriba la entrada del Maine de este martes.
El artículo que reproduzco íntegro aquí salió en El Mundo el viernes 27 de junio de este año de este siglo. El autor "arremete contra las corrientes intelectuales que culpan al sistema capitalista de la pobreza mundial". Y pretende explicar que en los últimos 60 años los datos demuestran cómo la desigualdad ha caído drásticamente.
 

Desigualdad menguante, de Pedro Schwartz, miembro de la Real Academia de Ciencias “Morales” y Políticas, catedrático Rafael del Pino en la Universidad San Pablo Ceu y secretario del think tank Civismo.
http://www.elmundo.es/opinion/2014/06/26/53ac6b00268e3e41698b45aa.html

El grito de los amigos de la Humanidad es que «los pobres se están haciendo más pobres y los ricos más ricos». Cunde la moda de señalar el crecimiento de los ingresos y de la fortuna del «1% de ricos» de EEUU y Europa como prueba de la injusticia del sistema. A los llamados progresistas les faltaba base científica para condenar el sistema de libertad económica desde que se descubrió el desastre económico y social escondido tras el Muro de Berlín; y ahora no saben qué hacer para salvar el Estado de Bienestar. Por eso han acogido con alborozo el libro del economista francés Piketty sobre El capital en el siglo XXI, cuya tesis es que el sistema capitalista está condenado a ser cada vez más desigual hasta hundirse en una guerra social -a menos que carguen impuestos expropiatorios sobre el ingreso y el patrimonio de los super ricos.

Lo malo de esas afirmaciones de creciente pobreza y desigualdad es que los datos de los últimos 60 años las echan por tierra. Durante los 25 años que siguieron a la II GM el mismo Piketty acepta que se redujeron las desigualdades en el mundo adelantado. No reconoce, sin embargo, que a partir de 1970 la pobreza y la desigualdad del mundo en su conjunto han caído drásticamente.

Veamos la pobreza absoluta: consiste en la falta de medios para el mínimo vital. Trazar la línea de la pobreza es en cierto modo un ejercicio arbitrario. Algunos autores ponen el umbral en un consumo de un dólar al día por persona, otros en uno con 25, otros en dos dólares, todo a precios de 1985. Estas cantidades son ínfimas e indican lo lejos que están de una vida aceptable incluso los pobres que salen de la sima de la miseria. Tomemos, sin embargo, la definición de pobreza absoluta de Naciones Unidas: un consumo de 1,25 dólares al día o menos. En 1990, la ONU proclamó ocho Objetivos de desarrollo del milenio, que se querían alcanzar en 2015. El primero de ellos era reducir a la mitad el número de pobres. Pues bien, el secretario general de la ONU ha podido proclamar que en 2010 «la proporción de personas que viven en la extrema pobreza se ha reducido a la mitad en todo el mundo». Este descenso se ha logrado ¡cinco años antes de lo previsto en dichos Objetivos del Milenio!

La pobreza relativa, en cambio, en la que se fijan los críticos del capitalismo no desaparecerá nunca. Se define como la situación de aquellos cuyo consumo es un 60% o menos que el de la persona que se encuentra exactamente en el punto medio de la distribución del ingreso. Siempre habrá personas relativamente pobres, excepto si todos los habitantes consumen exactamente lo mismo, aunque el punto medio y la situación de los muy pobres vaya elevándose con el crecimiento económico. Yo, por el contrario, me encuentro entre quienes consideran vital que disminuya el número de pobres, aunque la distribución de la sociedad en su conjunto sea poco igualitaria -o precisamente porque lo es.

Tomemos las cifras de Pinkovskiy y Sala i Martín. El número de pobres que viven con $1 al día ha caído del 26,8% de la población mundial en 1970 al 5,6% en 2006 (último año para el que hay datos completos); y el de los que viven con 2 dólares al día se ha reducido en esos mismos años del 45,2% al 13,1% de la población. Digámoslo en número de personas. La población mundial aumentó de 1970 a 2006 en unos 2.885 millones de personas, hasta alcanzar en 2006 un total de casi 6.500 millones. Es sabido que son las familias pobres del mundo las que, como necesitan brazos jóvenes para sobrevivir, se ven llevadas a tener numerosa prole. Sin embargo y pese a ese aumento de la población mundial, entre 1970 y 2006 el número de personas que viven con 1 dólar al día disminuyó en unos 617 millones de personas; y el de los que viven con menos de 2 dólares al día menguó en 783 millones.
La segunda noción estadística elemental es que, si el número de pobres cae, teniendo como tiene un peso importante en el conjunto de la población mundial, cualquier índice de desigualdad tenderá a reducirse. Eso mismo muestran los índices de desigualdad. Tomemos el más utilizado, el Índice Gini. Si el valor 1 indica la desigualdad extrema y el 0 la igualdad absoluta, dicho índice ha pasado para el mundo en su conjunto, según Pinkovskiy y Sala i Martín, de un 0,676 a un 0,612. También la desigualdad en el mundo, pues, se ha reducido notablemente en esos 36 años -un 9% nada menos. Conclusión: no se puede dudar de que la desigualdad mundial se ha reducido, digan lo que quieran los ricos con mala conciencia en Davos o los desesperados progresistas lectores del profesor Piketty.

Quedan dos cosas que preguntarse: ¿qué predice Piketty sobre el futuro del capitalismo, pese a la evidencia que acabo de presentar y que él no ha considerado más que muy superficialmente?; y ¿a qué se debe este progreso económico y social tan notable y tan favorable a quienes más lo necesitan?

El título del libro de Piketty ya indica dónde se inspira: El Capital en el Siglo XXI es un trasunto de Das Kapital de Marx. Confiesa Piketty que las profecías de Marx sobre la evolución necesaria del capitalismo han resultado falsas. La razón por la que Marx se equivocó, dice Piketty, al proclamar que el sistema de propiedad privada y libre competencia caminaba hacia su implosión es que no supo ver su capacidad de invención y progreso técnico, que llevaron a la decidida mejora de las condiciones de vida del proletariado. Piketty presenta unas «leyes de evolución» del sistema capitalista aparentemente menos rígidas que las de Marx pero igualmente condenatorias y pesimistas. Sobre la base de un estudio estadístico exhaustivo de las cifras de  ingresos y riqueza de la capa superior de la población en los países adelantados desde por lo menos el principio del siglo XIX, sostiene que el progreso tecnológico y la capacidad de crecimiento de las grandes economías están decayendo sin remedio. Ello llevaría a un continuo crecimiento de la desigualdad, al fallar precisamente los factores que tienden a favorecer a los trabajadores por llevar al aumento de su productividad. ¿Cómo sabe que fallarán? No nos lo dice. Se contenta con extrapolar tendencias sin dar razones de su persistencia. A la postre, el modelo del sistema capitalista de Piketty es el mismo de Marx. Es muy probable que las profecías de ambos resulten igualmente equivocadas.

La mejora de la situación de los proletarios del Tercer Mundo es indubitable. El avance de China y los demás tigres de Oriente, y ahora de Latinoamérica y África, no se deben tanto a beneméritos programas de ONG o a esas ayudas públicas que a veces acaban en paraísos fiscales. La causa de esa mejora se encuentra en los avances técnicos y en la creciente globalización comercial traída por el capitalismo. La búsqueda de la fortuna es el verdadero incentivo para esos avances. Si bien los amigos de los políticos a veces prosperan gracias a la protección pública, son los inventores, artistas, empresarios, financieros que descubren los deseos y necesidades del público quienes se enriquecen por sus servicios a la comunidad. Nuestros intelectuales no ven la reducción de la pobreza mundial por estar obsesos con el estancamiento de los ingresos de la clase media de EEUU y Europa, que se debe al desplazamiento de trabajadores por la competencia del mundo menos desarrollado en su camino hacia una mayor igualdad. Desde el punto de vista del bienestar de la Humanidad, este efecto de la competencia económica es positivo, sobre todo si los desplazados consiguen adaptarse a las nuevas condiciones. ¿No somos los amigos del Tercer Mundo partidarios de una mayor igualdad?

Fotografías: cadenaser.com, expansion.com, cnnexpansion.com, oxfam, taringa.net

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