You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

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viernes, 30 de noviembre de 2012

Marcha por la discapacidad

Queridos amigos, ante el grave y aberrante retroceso en los derechos de los cuatro millones de personas con discapacidad de España propiciado por las políticas del Gobierno de la Nación y la gran mayoría de los gobiernos de las CCAA en su concienzudo desmantelamiento y privatización del Estado del Bienestar por intereses económicos, os invito a manifestaros con los más vulnerables de nuestra sociedad, las personas con discapacidad y sus familias, este domingo. La marcha la organiza el

CERMI  Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad. www.cermi.es
Únete a la marcha en Madrid 'SOS Discapacidad'

El próximo domingo, día 2 de diciembre, a partir de las 12.00 horas, súmate a la marcha convocada en Madrid por el movimiento social de la discapacidad, representado por el CERMI, para defender los derechos de las personas con discapacidad y sus familias.
El CERMI Estatal ha convocado para el domingo día 2 de diciembre de 2012, víspera del Día Internacional de las Personas con Discapacidad, a las 12.00 horas en Madrid, una marcha pública bajo el lema ‘SOS DISCAPACIDAD- Derechos, Inclusión y Bienestar a Salvo’. La marcha arranca de la calle de Goya esquina Príncipe de Vergara, baja toda la calle de Goya, cruza la calle de Serrano y finaliza en los Jardines del Descubrimiento (Plaza de Colón).



lunes, 16 de julio de 2012

Lo que hay detrás del pañuelo del mago


El prestidigitador acaricia a su conejo y saca con histrionismo un pañuelo de colores de su bolsillo. Lo mueve en el aire, habla a la vez de algo insustancial, cuenta un chiste, saluda a la ayudante en bikini que baila. Los espectadores presienten que les van a hacer, abracadabra, la magia y quieren pillarle truco. Están pendientes de él, del pañuelo, para que no les engañe el ilusionista y hacerse la ilusión de que son tan listos como él. Con toda la atención ahí concentrada, en el pañuelo colorido, el mago consigue su propósito. Aprovecha entonces y con la otra mano esconde en su manga el conejo. Lo ha conseguido, ha despistado al respetable. Creían que el espectáculo ocurriría en el pañuelo, pero el pañuelo es un pañuelo, nada más. El verdadero truco es ocultar al conejo. El conejo, por cierto, tiene mixomatosis, es un conejo enfermo…

Entre el miércoles pasado el presidente Rajoy, y el viernes su vicepresidenta y los ministros de Economía y el de Hacienda, nos hicieron este truco utilizando un pañuelo de muchos colores para despistar y, en vez de a la tiple en paños menores bailando, a Juan Carlos I saliendo en la foto de la prestidigitación.

El sábado los ciudadanos y los medios de comunicación se hacían cruces por el paquetazo de recortes: subida del IVA, menos beneficiarios de viviendas de protección oficial, incremento de la base de cotización, no disponibilidad de gasto público (600 millones de euros, que casi se satisfarían sólo con traernos de vuelta a las tropas de su excursión heroica por Afganistán donde nos cuestan más de 400 millones de euros al año, más de un millón al día), ultimátum de tasas anunciadas a las energías renovables, rebaja en el seguro de desempleo y amenaza al menor “indicio de fraude”, la puntilla definitiva a la Ley de Dependencia (el Gobierno ya no pagará la cotización de las cuidadoras y reduce aún más y más la financiación), y sobre todo el indiscriminado pero interesado abuso perpetrado con los funcionarios como atracción de feria a la que arrearle pelotazos…

Todos mirando los colores del pañuelito, y sobre todo el color negro de lo de los funcionarios, a los que los ciudadanos acostumbran a aplicar el mítico “¡que se jodan!” dedicado a los parados por la hija del español al que más ha tocado la lotería en la historia, mister Fabra. Y mientras tanto, los listos prestidigitadores escondiendo el conejo mixomatoso: la reforma de las Diputaciones Provinciales.

Amparados en la excusa de las supuestas duplicidades, esta reforma tiene un objetivo ideológico evidente: abundar en el desmantelamiento del Estado del Bienestar. Pero, por supuesto, no se trata de un mero derribo del edificio de convivencia social de nuestro cariacontecido país, sino de una “apropiación indebida”, un traspaso empresarial en toda regla, para convertir en privado lo que es público.

Esta reforma de la Diputaciones Provinciales (38 en España más las tres forales vascas, un 90% de ellas en poder del PP, por ejemplo del ya mentado Fabra y su faraónica estirpe que viene heredando el puesto con histórica persistencia) pretende quitar competencias a los ayuntamientos (las que el PP denomina competencias “impropias”: asistencia social y sanidad) y pasárselas a las diputaciones. Pero el truco, la letra pequeña está en que estas diputaciones no tienen medios ni económicos, ni personales, ni capacidad normativa ni impositiva para ejercer tales competencias. Así, la propia Ley aprobada el viernes por el PP señala que “si” las diputaciones no pueden prestar de forma directa los servicios que se les encomienden… podrán hacerlo de forma indirecta… o sea, se desmantelan los servicios municipales, se pasan a administraciones muy mayoritariamente en poder del PP desde las últimas elecciones, y se procede a la privatización de la sanidad y los servicios sociales. ¡Olé!

Y también puede llegarse a poner otra guinda en el pastel: que las tasas de residuos urbanos las sigan recaudando los competentes (no hay más remedio mal que les pese), los ayuntamientos, pero que el servicio lo contraten las diputaciones, lo que provocará, sin duda, unos tejemanejes de esos que acaban en corrupción gurtélica de la que todos luego se tiran de los pelos y se hacen católicas, muy católicas cruces.

Pero la verdadera reforma necesaria en las Diputaciones Provinciales sería su eliminación. Se trata de administraciones superfluas, decimonónicas, que a algunos sesudos españoles les han supuesto siempre algo tan arcano como que el bueno de Jardiel Poncela aspiraba antes de su muerte apenas a saber para qué servían.

Y eso que hoy es bastante identificable para qué sirven estas clientelares administraciones: para gastar en carreteras superpuestas como los estratos de Troya a la carreteras nacionales y autonómicas; para colocar primos; y para otorgar premios literarios que apenas enriquecen a ciertos editores expertos en tener la exclusiva para publicar (a menudo “malpublicar”) los libros ganadores, que demasiadas veces pasan a ocupar en sus cajas sin desprecintar los almacenes de material de oscuras bodegas administrativas.

Seis mil millones de presupuesto, cuatro mil millones de deuda y mil diputados, más personal de confianza, asesores, y funcionarios y laborales en su gran mayoría de la viejísima escuela franquista… Sí, las diputaciones provinciales sí que serían un buen lugar para recortar con racionalidad. Seis mil millones de euros… caramba, una cifra tan parecida a la del recorte hecho con las otras medidas que bien podía haberse tomado ésta sólo.

Pero para cuando descubramos que el truco estaba en el conejo escondido y no en el pañuelo aireado y nos acordemos de esta medida, tomada por el Gobierno este viernes, ya estarán en manos privadas servicios públicos que conforman el corazón del Estado del Bienestar. Y si alguien entonces clama al cielo de lo público, le responderán, birlibirloque, que la deuda de los ayuntamientos es insoportable. Así en general, sin explicar que un 60% de esa deuda municipal la fagocita enterita la sola ciudad pepera de Madrid.

Pero qué más da… ¡que siga el espectáculo! Pocas cosas gustan tanto a los “españuelos” como que nos hagan juegos de manos y nos den gato por liebre. Pocas cosas nos atraen tanto como una demolición “controlada”. ¡Ah!, la belleza de la destrucción, el virtuosismo de los dinamiteros… signos inequívocos de este país que prefiere una pandereta a Pau Casals.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Deslocalizaciones y el Efecto Bumerán

Cuando comenzó la globalización del flujo de capitales y del comercio de productos, algunos imaginamos que en Europa seríamos capaces de deslocalizar pronto nuestro sistema de valores (solidaridad, sindicalismo, seguridad social, asistencia sanitaria y educación universales y gratuitos...) a aquellos países que “competían deslealmente” con nosotros por falta de libertades, democracia, derechos sociales. Deslocalizando el Estado del Bienestar a aquellas latitudes desaparecerían las ventajas comerciales de esos otros países, basadas en la explotación, la esclavitud, la desigualdad, la desprotección y la injusticia. Despertarían con nuestro ejemplo los pueblos y los ciudadanos, y los trabajadores exigirían sus derechos de hombres y mujeres y así se podría mantener finalmente un equilibrio de intereses y de intercambio de bienes, productos y servicios.

El neoliberalismo, mientras algunos seguíamos soñando nuestra utopía, optó por deslocalizar sus empresas y fábricas para servirse de las ventajosas condiciones de explotación en esos países del llamado Tercer Mundo y mantener así su “competitividad”, pagando menos por el trabajo allí de lo que deberían pagar, civilizadamente, en Europa.

Después de ir ganando allí aquella batalla, la de “minimizar” costes de producción sirviéndose de mano de obra barata y sin derechos, el neoliberalismo pasó a la fase del Efecto Bumerán con habilidosa maestría. Lo que ellos habían provocado, lo volvieron contra nosotros mismos aquí. Nos dijeron que en un mundo globalizado, si queríamos estar a la altura de la producción de los países emergentes, teníamos que flexibilizar nuestros trabajos y rebajar nuestras expectativas sociales aquí, en Europa.

La lentitud (o inexistencia) de avances democráticos y sociales en China, India, Brasil, Sudáfrica, Rusia, etcétera... nos hizo creer que nunca llegarían. Y entonces en un nuevo retruécano neoliberal, llegaron más allá y ahora nos quieren vender que la supervivencia de la Unión Europea pasa porque im portemos a Europa las condiciones laborales y sociales de aquellos países hundidos en la desigualdad y la miseria. Tenemos que brasilizarnos, como dice Ulrich Beck


Realistas, nos dicen que debemos ser. Pero no querer renunciar a metas ambiciosas como seres humanos no es dejar de ser realistas. Bien realistas son algunas propuestas concretas que llevan años esperando el pundonor de la sociedad. La Tasa Tobim, quince años casi en el cajón de la utopía, cuando es tan factible (véase que ésta es una utopía realista, no una utopía totalizante antiglobalización que postularía la prohibición de los movimientos financieros especulativos internacionales per se). Claro que de algo como la Tasa Tobim deberíamos recordar a Schopenhauer, que dijo: “Toda verdad pasa por tres etapas: primero se la ridiculiza, después genera una violenta oposición y finalmente resulta aceptada como si fuera algo evidente”.

Mientras tanto, el neoliberalismo seguirá intentando convencernos de que sólo hay una salida. Y la hará patente en su reforma laboral para precarizar el trabajo en beneficio de la crisis. Pero claro, el objetivo último de esa visión del trabajo posible en Europa es, una vez más, como en tantas otras cuestiones de la realidad social, crear inseguridad, hacernos vivir en el miedo. El miedo vuelve al hombre sumiso. Si acabamos todos convertidos en menesterosos, suplicantes, consideraremos el trabajo un lujo, cuando es un derecho. Pero así, valiéndose de una infección mundial de miedo, nos querrán transformar a todos en esos viajeros de avión que en el aeropuerto aceptamos humillados las vejaciones que hagan falta para que no nos saquen de la fila de embarque.

De todos modos yo aún sigo confiando en que habrá revoluciones en todas las latitudes. Sigo creyendo que miles de millones de personas que en el mundo viven en la miseria, más acostumbrados a ver morir a sus hijos en la hambruna y por falta de salubridad que a salir a flote, un día reclamarán a sus gobiernos la dignidad que les corresponde como seres humanos, como padres y madres, como trabajadores... Un  día se levantarán para exigir en sus países que la sanidad, las pensiones, la educación y el trabajo son derechos, no mercancías y entonces la globalización será, aquí y allá, un verdadero fenómeno de justicia e igualdad.

martes, 15 de mayo de 2012

¿Austeridad?, sí, gracias, pero...

No deja de ser sorprendente que haya que volver cuarenta años atrás para reencontrar explicaciones a lo que sucede hoy y avisos de lo que puede suceder mañana.
Fue allá por los años 70 cuando vio la luz el informe del Club de Roma “Los límites del crecimiento”. Y si no fuera suficiente con el diccionario para saber que lo que se contrapone a la austeridad no es el crecimiento sino el derroche, tendremos que recordar lo que entonces se decía.
Creo que fue el economista Kenneth Boulding el que nos mostró que la era de las expectativas ilimitadas había tocado a su fin. La primera crisis del petróleo vino a dejar claro que la llamada “economía del cowboy” abierta, sin límites, capaz de ofrecer un crecimiento infinito (a unos cuantos), había tocado a su fin y que nos adentrábamos en la era de la “economía del astronauta”, concepto más cercano a nosotros, incluso como metáfora: vivimos en un planeta, un astro errante según su etimología griega; esto es en una inmensa cápsula espacial dentro de la cual precisamente tenemos que manejarnos: con recursos limitados, no renovables muchos de ellos, obligados a minimizar nuestros propios residuos y gestionarlos convenientemente. Nadie tira la basura en su propio jardín. Y a escala mundial, nuestro jardín es el planeta Tierra. O sea, la ecuación que se impone desde hace decenios es evitar el despilfarro y la contaminación.
Unos años después de aquel informe se alumbró el concepto de “Desarrollo sostenible”: el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades. (No es de extrañar que fuera una mujer quien definiera tal concepto, la doctora Bruntland, pues ya dice Peter Lawrence que el hecho diferencial de género incorpora al discurso político y social valores como el pensamiento panorámico y la originalidad frente al secular pensamiento obsesivo y competitivo de los hombres; la creatividad y la reflexión frente al reglamentismo, anquilosamiento y agresividad; y los principios de conservación y empatía frente al despilfarro y la insensata confianza absoluta en sí mismo del arquetipo de dirigente masculino).
O sea, a finales del siglo XX, habíamos avanzado en la comprensión del mundo. Ya no hablábamos de crecimiento, sino de desarrollo (algo así como el crecimiento que beneficia a toda la población y eleva su calidad de vida de manera armónica y distribuida, o sea, el crecimiento que provoca prosperidad). Más aún, hablábamos de desarrollo “sostenible”, donde el todo, lo absoluto deja de ser legítimo si no tiene en cuenta las partes, lo relativo del hoy y del mañana, del aquí y el allí. Pues la prosperidad de unos no puede hacerse a costa de la pobreza de los demás. Y en un mundo globalizado en las relaciones económicas y financieras tiene sentido el “efecto mariposa”: lo que sucede en una parte del mundo afecta al resto. Si para mantener los privilegios de unos pocos, de nosotros, el llamado primer mundo, hay que sumir en la miseria a la gran mayoría silenciosa del resto de los países, entonces no estamos en la senda correcta.
En definitiva, me niego a aceptar la actual espuria confrontación entre austeridad y crecimiento. La austeridad debe constituirse en un principio esencial del progresismo contemporáneo de nuevo cuño, ecologista y globalizador en lo distributivo y la justicia. Y no se contrapone al crecimiento sino al derroche. Y tampoco debe querérsenos confundir llamando austeridad a recortes cuyo último objetivo es el desmantelamiento/privatización del Estado del Bienestar.
¿Que hay desequilibrio en las cuentas? Si lo hubiera (luego veremos esto) no puede achacarse al gasto (en verdad inversión, y de futuro, más que gasto) en políticas sociales (sanidad, dependencia, capacidades diferenciadas –discapacidad-, pobreza y exclusión…). Si hacemos números veremos que las decenas de aeropuertos, puertos, autopistas radiales, trenes de alta velocidad construidos desde hace veinte años, son el verdadero derroche que ha provocado el actual desequilibrio (por no hablar del impacto en la Seguridad Social de las prejubilaciones). Pero me refiero exclusivamente ahora a las cuentas públicas, dejando para otra ocasión el debate sobre otros componentes esenciales del actual desequilibrio como la actividad privada centrada en el urbanismo (que para cometer sus desmanes ha contado con un “cooperador necesario”, el sistema financiero inflando artificialmente la burbuja de los precios y los préstamos) o como el derroche privado familiar (somos uno de los países con mayor parque de vehículos de superlujo).
La austeridad es necesaria, y no como algo coyuntural sino estructural. Pero una austeridad aplicada, no recortando las bases del Estado del Bienestar (educación, salud, justicia social), sino en lo superfluo de gastos de infraestructuras innecesarias (muchas de los 255.000 millones de euros del plan de infraestructuras del anterior Gobierno), de armamentos inútiles y absurdos (el tanque Leopard de nuestro Ejército, con un coste de compra de 15 meuros cada uno, dispara a una distancia que no hay campo de tiro en España donde entrenarse con él), de subvenciones millonarias a energías obsoletas y contaminantes (centenares de millones al carbón)...
Vengan, sí, las inversiones inteligentes, de futuro, aquellas que faciliten no tanto el crecimiento como el desarrollo de la sociedad. Y valga un solo ejemplo: organizar un sistema integral de producción energética autóctona que limite nuestra dependencia de los combustibles fósiles. Dependencia a precios que también son un insensato derroche (la factura anual de nuestras importaciones de petróleo supera los 29.400 millones de euros).
Pero si pretendemos ahora volver a anteponer ¡otra vez! a la necesaria austeridad un crecimiento fallido basado en fórmulas que ya han fracasado como macro hoteles en Baleares, o urbanizaciones de golf y playa en Valencia, o estaciones de esquí de nieve artificial en Castilla y León, o en Madrid o Cataluña ese El Dorado de Eurovegas, paradigma de actividad innovadora donde las haya (me refiero a la lavandería: el blanqueo industrial de sábanas de los hoteles y el blanqueo de capitales en las ruletas)... si el becerro de oro del crecimiento a cualquier precio nos impone de nuevo ese modelo para intentar salir de la parálisis, simplemente estaremos abocados a alargar la agonía.
¿Que no salen la cuentas?, decía más arriba. Sí, sí que salen. Como todo presupuesto, ya sea familiar o público, simplemente se trata de elegir dónde ahorrar, dónde gastar y cómo ingresar (ya hablaremos también otra semana del sistema de impuestos en España, donde apenas pagan los asalariados).
Miremos al mundo, a todo el mundo: el crecimiento per se no trae el bienestar; el desarrollo sí. Pero para que sea duradero y justo ha de ser sostenible, lo que implica desarrollar en nuestras sociedades la ética de la frugalidad y desterrar el papanatismo del nuevo rico que cree que cuanto más derrocha y más se pavonea de ello más feliz es.

martes, 8 de mayo de 2012

El hundimiento del Maine

Hay quienes pretenden que la obstinación en la mentira acaba por convertirla en verdad aunque sea sólo por el hastío final de los que tienen que oír la falsedad hasta la extenuación.
Pero al final la verdad resplandece. A menudo demasiado tarde, o con gran dolor, pérdida y desgaste. Pero resplandece. Aunque también es cierto que algunas de las cosas deterioradas por la interesada mentira no se recuperan jamás o lo hacen tan tarde que para generaciones enteras es como si no se hubieran reparado.
Pues hoy, igual que en el famoso hundimiento del Maine, no sólo nos quieren engañar sino que quieren volver la mentira contra nosotros culpando a quienes no provocaron el hundimiento.
Y no hablo del hundimiento del Maine, sino del naufragio premeditado al que la ideología neoliberal quiere conducir a todo lo público. Como aquellos piratas terrestres que apagaban los faros y encendían otras luces para con engaños llevar a las naves a los arrecifes y desvalijarlas.
Eso es lo que me parece que está ocurriendo en nuestros días ante nuestra propia pasividad. Hagamos pues memoria, esa palabra tan denostada por algunos.
En el Principio fue la idea: Thatcher y Reagan en los 80’ proyectando acabar con el Estado por su supuesta ineficiencia ante el sacrosanto dios de los mercados.
En los 90’, aprovechando seguramente ese momento de confianza y esperanza que supuso el fin de la Guerra Fría, los secuaces de aquéllos impusieron sin hacer muchas preguntas a los ciudadanos la desregulación indiscriminada, las privatizaciones sin control, las liberalizaciones sin supervisión. Todo ello dando por hecho que la intervención de los poderes públicos, democráticos, ciudadanos y no corporativos supone siempre un lastre para el crecimiento y el enriquecimiento.
En el caso de España, por poner un primer ejemplo, aprobó el Sr. Rato una Ley del Suelo que convertía a quien quisiera en promotor, fuera o no dueño del suelo. El objetivo era producir. En concreto ladrillos. No es momento en esta primera incursión de abordar las repercusiones ambientales, por ejemplo, sino sólo la de identificar dónde empezó a inflarse la burbuja aquella que, para hincharla en condiciones precisó de la venida de cuatro millones de emigrantes.
En el 2008, todo el andamiaje que soportaba la burbuja se cayó (falseamiento de tasaciones, hipotecas por mayor valor que la casa para financiar otros menesteres como coches o viajes, seguros para cubrir valoraciones ficticias…) llevándose consigo todo lo que hoy llamamos “La crisis”, financiera.
Entonces salieron los mismos que desde sus empresas de rating, sus bancos, sus empresas, sus evasiones fiscales habían organizado el inflado a explicarnos que lo que no se sostiene en verdad es el Estado del Bienestar, que la Ley de Dependencia es un lujo del país rico que ahora resulta que no somos, que la culpa del gasto en desempleo la tienen los emigrantes (los mismos emigrantes sin los cuales no habría habido el modelo de desarrollo del ladrillo promovido por aquéllos; las mismas emigrantes que han permitido sentirse alta burguesía a tantas familias y gracias a las que muchas mujeres pudieron incorporarse a puestos de trabajo fuera del que realizaban en sus domicilios), que vivimos demasiado, que consumimos demasiadas medicinas, que los funcionarios no se ganan el sueldo (cuando la mayoría de esos funcionarios fueron espectadores del enriquecimiento realmente ilícito de tantos otros trabajadores que ayudaron a inflar precios y salarios de ficción)…
Así ahora se cierra aquel plan ideado por Thatcher y Reagan hace 30 años, el del desmantelamiento de lo público en beneficio de lo privado, lo individualista, el sálvese quien pueda. Y en una pirueta en la que creen que van a engañarnos todo el tiempo, todavía nos echan la culpa del desastre a los que creemos en lo público, en la solidaridad y la sostenibilidad, y vienen a convencernos de que la única medicina para desfazer el entuerto de las liberalizaciones y desregulaciones ahora es recortar gastos. Reducir gastos sociales, “replantearnos” el Estado del Bienestar. Apartando una vez más el foco de atención de dónde estuvo el error. Nos quieren decir que la Ley de Dependencia no se puede financiar, pero no nos dicen los cientos de miles de millones invertidos en autopistas de peaje sin coches, aeropuertos sin aviones, puertos sin contenedores o trenes de alta velocidad con más apeaderos que paradas. Nos dicen que hay que recortar la sanidad, la educación, mientras una misión en Afganistán nos cuesta más de un millón de euros al día. Al día. (En el caso de Estados Unidos el coste es de 2.000 millones de dólares a la semana… reluctantes son los números cuando algunos se empeñan en hablar del problema de liquidez…). Nos dicen que TVE es demasiado cara y que habrá que suprimir, curiosamente, los programas de mayor audiencia. Curiosamente, también, ello redundará en el incremento del “share” de las televisiones privadas sin tener que modificar sus programaciones…
Qué bien ha cuadrado todo para que la ideología neoliberal se nos imponga ahora no ya como la del Pensamiento Único sino como la única alternativa real para salir de esta crisis, por supuesto sin cambiar uno sólo de los principios que de verdad nos han metido en ella; manteniendo el modelo de vida que acabará conduciendo al naufragio aquel.
Todos hemos tenido culpa en este desmán generalizado. Pero algunos más que otros. También aquellos ciudadanos de a pie que se dejaron llevar por la codicia y vivieron unos años en un comic muy por encima de lo razonable, muy a lo cigarra y no a lo hormiga, que no guardaron nada para este invierno duro que se nos viene encima.
Pero, de todos modos, aún confío en que los ciudadanos despertemos e impidamos el desmantelamiento de la conquista de los derechos de todos. Lo dice el escritor Pérez Andújar, constataremos que “lo definitivo no es más fuerte que uno mismo”, recordando siempre a Abraham Lincoln que sabía que “se puede engañar a todo el mundo alguna vez, y a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

(El 25 de enero de 1898, con la excusa de asegurar los intereses de los residentes estadounidenses en la isla, Estados Unidos envió a La Habana el acorazado Maine. El 15 de febrero hubo una explosión en el Maine y se hundió.
Los estadounidenses sostuvieron desde el primer momento que la explosión había sido provocada y externa. La conclusión de las investigaciones españolas fue que la explosión era debida a causas internas. Ciertos documentos avalarían la hipótesis de que la explosión fue provocada por los propios estadounidenses con el objeto de tener un pretexto para declarar la guerra a España. Algunos estudios actuales apuntan a una explosión accidental de la santabárbara.
España negó desde el principio que tuviera algo que ver con la explosión del Maine, pero la campaña mediática realizada desde los periódicos de William Randolph Hearst convenció a la mayoría de los estadounidenses de la culpabilidad de España). (Fuente Wikipedia)