You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

lunes, 14 de abril de 2014

De ricos y de pobres


Empecemos con una declaración del Worldwatch Institute y unos datos:

“Los ecosistemas y recursos globales no son suficientes para mantener las actuales economías industriales de Occidente e incorporar a más de 2.000 millones de personas a la clase media mundial”.

Datos ONU: 1.200 millones de personas no tienen acceso a agua de calidad y 2.600 no lo tienen a sistemas de saneamiento. 2 millones de niños mueren anualmente por esta razón. Una de cada cinco personas en el  mundo (1.500 millones) no tiene acceso a la electricidad (curiosamente coincide con el mismo número de personas bajo el umbral de la pobreza –menos de 1,25 US $ al día-). Tres mil millones de personas usan leña, carbón o basura para calentarse y cocinar. La esperanza de vida en Sierra Leona es 42 años, en España, 78. Mil millones de personas pasan hambre. La brecha entre los más ricos y los más pobres crece anualmente, y lo hace de modo exponencial en los últimos diez años: la fortuna de 300 billonarios en el mundo suma tanto como la “riqueza” conjunta de 2.500 millones de personas. La tasa de riesgo de pobreza en España es del 21,6 (INE 2013).

El mundo ya no sólo se divide en un norte (Occidente) abundante en bienestar y un sur (el resto) sometido a la supervivencia. Hay un sur ahora en cada norte, de modo que el tema de los “afortunados, favorecidos”, es algo con repercusión integral.

Éstos, los satisfechos, se caracterizan por creer en lo más profundo de su ideología que lo suyo es suyo porque les corresponde, porque se lo han trabajado; ellos están recibiendo lo que se merecen en “justicia”. Viven por tanto (empiezo a citar entrecomillado a J. K. Galbraith) en “la comodidad de las creencias convenientes”. Convenientes evidentemente para ellos y sus privilegios, ellos que ni siquiera “contemplan su propio bienestar a largo plazo. No son sensibles a él. Reaccionan más bien a la comodidad y la satisfacción inmediatas. Y no sólo en el mundo capitalista”.

Señala Galbraith como característica de los satisfechos su “tolerancia respecto a las grandes diferencias de ingresos”. Yo iría más allá, no se trata de “tolerancia” sino de promoción. Ellos sólo disfrutan de sus bienes cuanto más exclusivos e inaccesibles sean para el resto de la población, desde las cuestiones mínimas de supervivencia hasta el lujo más sofisticado. Así no dudan en acudir sin sonrojo a sofismas del tipo “para ayudar a la clase media y a los pobres se deben reducir los impuestos a los ricos” (George Gilder).

Nada nuevo bajo el cielo. Ya en la crisis de los 90 “con la recesión, los estados y ayuntamientos se enfrentaron a la disyuntiva de elevar sus impuestos o reducir los servicios, que se dirigían en general a los menos favorecidos y a los pobres”. Está clara la opción elegida entonces, ahora y siempre. No hay más que volver sobre la declaración de más arriba: como no hay para todos al nivel de vida de unos pocos basado en el derroche, se opta por recortar a los más para garantizar el estilo del exceso de los menos, en vez de buscar mayor eficiencia y mejor redistribución de la riqueza.

Sigamos con Galbraith: “En otros tiempos… cuando la inflación amenazaba, el gasto público debía ser recortado, y los impuestos incrementados a fin de reducir el poder adquisitivo y aliviar la presión alcista sobre mercados y precios”… “Hoy, en la era de la satisfacción, la macroeconomía ha pasado a centrase no en la política fiscal sino en la monetaria, o sea, en las acciones mediadoras de los bancos centrales dedicadas (casi en exclusiva) a las tasas de los tipos de interés; medidas que en cualquier caso, no significarán ninguna amenaza para los afortunados. Los que tienen dinero para prestar, la acaudalada clase rentista, se beneficia (incluso) con ello”.

Lo importante aquí, al margen de las cuestiones contingentes (inflación...), es el esquema general en el que la preponderancia del sistema de gobierno de la política económica mediante el mecanismo de bancos centrales se acomoda perfectamente a los intereses de los satisfechos. Se trata de un sistema impuesto por sus propios beneficiarios.

Según Galbraith, las tres exigencias básicas para servir a la cultura de la satisfacción son: minimizar al máximo el intervencionismo público; encontrar justificación social para la posesión y persecución ilimitadas y desinhibidas de riqueza; y justificar un sentimiento menor de responsabilidad pública hacia los pobres haciendo que se los considere a ellos mismo artífices de su propio destino. Ya lo dijo Charles A. Murray: “los pobres están anclados en la pobreza debido a las medidas públicas y sobre todo por las transferencias de la Seguridad Social y las prestaciones sociales destinadas a rescatarlos de su situación. La ayuda se convierte en sustituto del esfuerzo y de la iniciativa personal…”.
Estas tres exigencias se basan a nivel ideológico “también” en concepciones deístas. Esto es, en la fe. Fe del mismo tipo de la que se debe tener en Dios, fe en que el sistema del laisser faire lo resuelve todo en la dirección apropiada; fe en que dios favorece a los suyos.

Vayamos más allá en un ejemplo concreto. ¿Quiénes se están beneficiando hoy de la burbuja inmobiliaria? Los mismos que la provocaron y que consiguieron increíbles fortunas con la especulación. Ahora, con la liquidez de dinero que ellos sí tienen se permiten comprar bienes raíces con sus ahorros contantes y sonantes a precios desplomados mientras el resto no puede por tener vetado el acceso al crédito.

 “El único plan eficaz para reducir la desigualdad de rentas inherente al capitalismo es el impuesto progresivo sobre la renta”, dice Galbraith. Maticemos: siempre que ese impuesto sea el indicador real de la riqueza personal y ésta no se encuentre enmascarada y oculta en entramados de sociedades, ingenierías financieras y paraíso fiscales. Continúa Galbraith: “Nada ha contribuido con más fuerza a la desigualdad de las rentas en la era de la satisfacción que la reducción de impuestos a los ricos; nada contribuiría tanto a la tranquilidad social como unos gritos de angustia de los muy ricos”.

Pero los únicos gritos de angustia que hoy se oyen realmente son los de los desheredados. Se pueden escuchar en cualquier parte, pero demasiados se tapan los oídos para no enterarse.

Por su parte, los verdaderos gritos de los ricos son de júbilo por ver multiplicados sus beneficios con los recortes. Gritos de casta y de satisfacción que sólo escuchan entre ellos mismos porque se dan en el hoyo 18 cuando echan a rodar la bolita de sus privilegios y hacen eagle, dos bajo par.

© Fotografías, Jaime Alejandre, excepto fotografía golf en primiciadiario.com, retratos de Charles A. Murray en shameproject.com y de Goeorge Gilder en wikipedia.

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