You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Orígenes de la injustificable violencia

Necesariamente hablamos mucho en estos tristes días sobre la violencia. Demasiado enfocados en las consecuencias a veces se nos olvida analizar los contextos, los orígenes. Nada justifica la violencia y menos aún la indiscriminada terrorista, pero reflexionar sobre las consecuencias, a veces muy lejanas en el tiempo y el espacio, que tienen las decisiones tomadas por unos sobre actos futuros de violencia de otros, actos, repito, injustificados desde cualquier punto de vista, nunca está de más. Auqnue sólo sea para escarmentar y no volver a errar en los tiempos venideros tomando decisiones insensatas.
Por alejarnos un poco del foco de debate de estos días, Siria, querría recordar lo que Philip Zimbardo señala en su “El efecto lucifer. El porqué de la maldad”, (que junto al excepcional libro “El mal o el drama de la libertad” de Rüdiger Safranski son referentes indispensables para el tema de la violencia).
En relación con el espantoso holocausto de Ruanda, según Zimbardo “A principios del siglo XX el poder colonial belga y germánico estableció una distinción racial (entiéndase étnica, nota de jaime alejandre) arbitraria para diferenciar a dos pueblos que llevaban siglos casándose entre sí, que hablaban la misma lengua y que compartían la misma religión. Obligaron a todos los ruandeses a llevar encima un documento de identidad en el que constara si pertenecían a la mayoría hutu o a la minoría tutsi, y reservaron para los tutsis el acceso a la enseñanza superior y los cargos de la administración…”.
El resto, años después lo sabemos bien: según la ONU fueron asesinados más de 800.000 ruandeses y violadas p
or lo menos 200.000 ruandesas, haciendo de esta matanza la más atroz de la historia conocida. Pero el origen de que unos fueran víctimas y otros victimarios pareciera estar en aquel momento en que algunos interesadamente quisieron establecer diferencias donde no las había, introducir de vesánica manera los vocablos “ellos” y “nosotros”. Por no hablar de las artificiales fronteras que la Conferencia de Berlín se inventó en 1884 sin tener en cuenta la historia ni los pueblos a los que impuso una vez más la división entre el ellos y el nosotros.

Pero yo me niego a desesperar y aún creo en la fuerza del ser humano para hacer el bien y en que todo puede cambiar a mejor. Y pido, como Manuel Azaña: “Paz para vivir, piedad para olvidar y perdón para recordarlo todo sin dañar ni dañarnos. Y alcanzar, con más letras que armas, el noble y nada fácil oficio de ir tirando con libertad y justicia”. 

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