Cada vez más a menudo, en alguna de las plataformas de
música que escucho, me asalta una bella melodía, una bonita canción que me
atrapa. Son del tipo de las que siempre he preferido (ya sea balada de jazz, ya
pop de los 70’, ya banda sonora de cine, ya…). Pero en cuanto me doy cuenta de
que está hecha por una máquina, aunque me esté gustando a rabiar el soniquete, quito
la canción y busco otra cuyo autor sea un humano.
No es que tenga nada contra la tecnología, pero para mí, el disfrute
de los disfrutes de mi vida ha sido el arte: música, pintura, literatura… pero
siempre de modo integral, omnicomprensivo. No me ha valido nunca apenas la
obra, siempre ha completado y dado sentido a mi goce, saber las circunstancias
de su creador y de los tiempos en que salió de la nada la obra.
Conocer que tal poemario fue escrito por su poeta en una
cárcel de la pérfida Albión; que aquel cuadro lo trazó una mujer en las sombras
que anteceden al suicidio; que la BSO de una película le llevó a su compositor
no solo un año de trabajo agotador sino a conseguir salir del anonimato… Todo
eso, para mí, es parte indispensable de la obra de arte que disfruto.
De modo que lo que la IA puede ofrecerme es algo tan parcial
que no me interesa. Y como nada en la tecnología se nos impone, sino que nos
enfrenta a la suprema naturaleza humana, o sea, la del libre albedrío, la de la
propia elección, pues eso, que yo: “elijo no”.
Desdeño la clónica belleza de una balada jazz artificialmente
hecha, aunque me esté emocionando, y me sumerjo en la gozosa imperfección del
roce del arco en las cuerdas del cello de la interpretación de Kirshbaum de las
suites de Bach; me arrojo a los brazos tanto de la pincelada fallida como de la
lograda de Piero della Francesca; entrego mis armas de vencido ante el sobrecogedor
verso de Cernuda.
Y el placer que me invade no hay máquina que pueda superarlo.

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