You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

sábado, 4 de abril de 2026

Elijo no

Elijo no. Porque no me gusta la música “compuesta” por la IA, aunque me guste. Y mucho. Explico este oxímoron.

Cada vez más a menudo, en alguna de las plataformas de música que escucho, me asalta una bella melodía, una bonita canción que me atrapa. Son del tipo de las que siempre he preferido (ya sea balada de jazz, ya pop de los 70’, ya banda sonora de cine, ya…). Pero en cuanto me doy cuenta de que está hecha por una máquina, aunque me esté gustando a rabiar el soniquete, quito la canción y busco otra cuyo autor sea un humano.

No es que tenga nada contra la tecnología, pero para mí, el disfrute de los disfrutes de mi vida ha sido el arte: música, pintura, literatura… pero siempre de modo integral, omnicomprensivo. No me ha valido nunca apenas la obra, siempre ha completado y dado sentido a mi goce, saber las circunstancias de su creador y de los tiempos en que salió de la nada la obra.

Conocer que tal poemario fue escrito por su poeta en una cárcel de la pérfida Albión; que aquel cuadro lo trazó una mujer en las sombras que anteceden al suicidio; que la BSO de una película le llevó a su compositor no solo un año de trabajo agotador sino a conseguir salir del anonimato… Todo eso, para mí, es parte indispensable de la obra de arte que disfruto.

De modo que lo que la IA puede ofrecerme es algo tan parcial que no me interesa. Y como nada en la tecnología se nos impone, sino que nos enfrenta a la suprema naturaleza humana, o sea, la del libre albedrío, la de la propia elección, pues eso, que yo: “elijo no”.

Desdeño la clónica belleza de una balada jazz artificialmente hecha, aunque me esté emocionando, y me sumerjo en la gozosa imperfección del roce del arco en las cuerdas del cello de la interpretación de Kirshbaum de las suites de Bach; me arrojo a los brazos tanto de la pincelada fallida como de la lograda de Piero della Francesca; entrego mis armas de vencido ante el sobrecogedor verso de Cernuda.

Y el placer que me invade no hay máquina que pueda superarlo.

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