You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

martes, 27 de mayo de 2014

La inutilidad de lo útil


Abundo en la reflexión sobre el dogma capitalista del utilitarismo exclusivamente económico según el cual todo aquello que no es “útil” en una cuenta de resultados, debe erradicarse, o como mínimo subordinarse, en beneficio de lo que cumpla los axiomas de la eficiencia monetarizable.

Hace muchos años ya Bertrand Russell recordaba que en EEUU las comisiones de educación señalaban que ochocientas eran todas las palabras que la mayor parte de la gente utilizaba en la correspondencia comercial. Las comisiones proponían, en consecuencia, que se eliminaran del programa escolar todas las demás palabras.

Obviaban, interesadamente por supuesto, que “la importancia del conocimiento no consiste sólo en su utilidad práctica directa, sino también en el hecho de que estimula una disposición mental… (que es) lo que necesita nuestra muy compleja sociedad moderna para someter los dogmas a examen” (“Elogio de la ociosidad”, B. Russell).

El libro de ensayos del filósofo británico está lleno de ideas sugerentes y perturbadoras basadas en lo necesaria que es la ociosidad contemplativa frente a la hiperactividad comercial para la que el progreso sólo es tal si crecemos imparablemente, aunque no se sepa para qué podría servir ser más grandes e “inflacionados”, cuando es más importante ser mejor que mayor.

En un mundo que considera el trabajo un “deber”, Russell opina que ello hace que el hombre no reciba salarios proporcionados a lo que ha producido sino a su “virtud”, entendiendo por esta su laboriosidad, de acuerdo con la moral del Estado esclavista en el que los detentadores del poder inducen a los demás a vivir para el interés de sus amos más que para su propio interés.

Así el capitalismo se ha valido de estos apriorismos supuestamente éticos para tergiversar la realidad y aprovecharse de la controversia en beneficio propio. Algo que se ve claramente en lo que concierne a la jornada laboral.

Sabido es que la duración de la jornada laboral nada tiene que ver en verdad, o muy poco, con la “productividad” del propio trabajador, sino más claramente con la productividad que han aportado históricamente las innovaciones tecnológicas.

En la primera mitad del siglo XX, la transición desde la tecnología del vapor a la del petróleo y la electricidad aumentó la productividad, y la jornada laboral pasó de 60 a 40 horas semanales ("Sociedad Digital", José B. Terceiro. Alianza Editorial, 1996). Aunque ello con una férrea oposición del empresariado.

La misma oposición hubo cien años antes, a principios del XIX, cuando la jornada normal de trabajo diario de un hombre era quince horas y la de los niños doce horas. El incipiente socialismo se propuso cambiar las leyes para rebajar esas esclavistas jornadas de trabajo. Los empresarios adujeron que trabajar esas horas era beneficioso para la sociedad porque el trabajo alejaba a los adultos de la bebida y a los niños del mal. Santos varones que en ningún momento refirieron los intereses y las ganancias que ese tipo de esclavitud legal les proporcionaba.

Hoy nada o muy poco ha cambiado a nivel ideológico: los empresarios y el neoliberalismo insisten en aumentar las horas de trabajo desoyendo el hecho de que el contemporáneo proceso de progreso tecnológico, el del maquinismo generalizado y las nuevas tecnologías, ha incrementado la productividad hasta niveles insospechados y que estamos sobreexplotando al planeta y trasladando las antiguas desigualdades nacionales y regionales a escala mundial.

¿Qué postula la corriente neoliberal en boga de cara a las desigualdades que causa la sobreexplotación y la propia naturaleza del sistema capitalista? El desmantelamiento progresivo del Estado del Bienestar y el aumento de la jornada laboral.

Sin embargo en una visión cooperativa y no competitiva, bajo los principios del desarrollo sostenible, solidario e inteligente, la solución es inexorablemente repartir el trabajo, llevando a cabo una disminución de las horas trabajadas.

Y a ello sumarle otras ideas que no son siquiera nuevas o innovadoras: qué tiempos aquellos de hace ya 30 años, cuando algunos propugnaban el reparto de la riqueza y el trabajo en un contexto de crecimiento socialmente sostenible proponiendo un nuevo concepto de fiscalidad como el del Libro Blanco de Delors que planteaba superar el concepto de fiscalidad del trabajo introduciendo medidas compensatorias como la fiscalidad del medio ambiente, la imposición del consumo socialmente perjudicial y los impuestos a las rentas del capital financiero.

Qué risa le debe causar todo esto a los que primero propiciaron la crisis y ahora se benefician de ella.
 
(fotografías Wikipedia)

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