You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

jueves, 30 de julio de 2020

Botellón


Ha tenido que llegarnos un renuente virus para que por fin avancemos, algo decididamente, en la prohibición de los botellones. Como si lo peor del asunto fuera mezclar las babas bebiendo a gollete. Y no el abuso de una sustancia altamente tóxica.
Bienvenido sea hoy el control sobre los botellones, sí, aunque el motor de la prohibición debería haberse producido hace mucho, contra el propio uso y abuso de la bebida. Algo impensable, al parecer, pues qué se podía esperar, antes de la era del Covid, de un mundo donde el alcohol era y es uno de los principales dioses del olimpo contemporáneo. Y como con cualquier dios habido, a él se le muestra una tolerancia, una condescendencia insultante.
¿Un ejemplito? Pongámonos constitucionalistas. La Carta Magna de Estados Unidos de Norteamérica. Ahí es nada. Un texto fundamental para la democracia y las libertades de todo el planeta. Un texto, además, vivo, que ha venido incorporando en su historia Enmiendas del mayor calado político imaginable.
Veintisiete han sido las enmiendas aprobadas en la historia de esta Constitución. Todas referidas a garantías judiciales, derechos o libertades. La primera dedicada a la libertad de culto, de expresión, de prensa, petición y de reunión. La controvertida segunda, sobre el derecho a poseer armas. Y así las diez primeras, que conforman lo que se denomina la Declaración de Derechos, son enmiendas que limitan explícitamente los poderes del gobierno federal, protegiendo los derechos de las personas al evitar que el Congreso restrinja ciertas libertades: autoinculpación, castigos crueles e inusuales, derechos del acusado… A estas siguen otras enmiendas jurídica y políticamente impecables: abolición de la esclavitud, sufragio racial, sufragio femenino, incapacidades presidenciales…
Pues bien, la más bizarra y significativa de las enmiendas, a los efectos hoy de este comentario mío, es la vigesimoprimera. Todas las otras son “positivas”: establecen derechos o prohibiciones (por ejemplo limitar mandatos al presidente), pero solo una lo que hace es enmendar a otra enmienda. Dar marcha atrás. Es, como digo, la vigesimoprimera. Deroga la decimoctava, más conocida como la “Ley Seca”. Cuando en 1917, el Congreso aprobó la prohibición de la venta, importación, exportación, fabricación y el transporte de bebidas alcohólicas en todo el territorio de Estados Unidos.
La causa era la insoportable degeneración social habida en torno a la dipsomanía. Culminaba así la lucha iniciada por el Movimiento por la Templanza en el siglo XIX. Corriente a la que se unieron diversos intelectuales progresistas y liberales, así como líderes sindicales de izquierda, que condenaban el consumo de alcohol como elemento provocador de atraso y pobreza entre las masas de ciudadanos que empezaban a llenar las ciudades de EE.UU. Gravísimo problema en toda la escala social, desde las élites financieras a los trabajadores, cuyas repercusiones se hacían patentes especialmente en la violencia en el hogar.
«Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación», declaró el senador Andrew Volstead, impulsor de la nueva norma, con optimismo: “El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños…”.
Sin embargo, una presión generalizada de intereses comerciales y de adictos en las más altas esferas del poder, condujo a la derogación apenas dieciséis años después.
Hoy la permisividad mundial con el alcohol no deja de causar triste asombro.
¿Qué habríamos dicho si al acabar el confinamiento, las redes sociales se hubieran llenado de parabienes y propósitos de celebración común, no solo invitando abajar al bar a beber, sino para inyectarse un pico, esnifar una raya o meterse un tripi?
Me argüirán algunos que no es lo mismo una cosa que otra, pero sí. Al fin y al cabo, curiosamente ese predicado lo defienden tanto unos como otros. Los que consumen cocaína dicen que es solo una rayita o dos los fines de semana y que no hace “tanto” daño. Pero la destrucción invisible de neuronas, dignidad y autoestima no conoce dosis inmune.
La cosa es que el Negacionismo es doctrina general en boga en nuestros días. Y así, una legión de negacionistas refutan que la tierra sea redonda, otros que la Teoría de la Evolución sea cierta frente al Creacionismo y el Diseño Inteligente, y otros, en fin, niegan que el alcohol sea una lacra.
Hace unas semanas se publicó una noticia. Las internas en una cárcel española se bebían el gel de manos contra el virus para emborracharse. El botellón es más fuerte que la voluntad. Pero los raros son los otros, siempre.
© foto la tribuna de ciudad real

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