You can fool all the people some of the time, and some of the people all the time,
but you cannot fool all the people all the time.
(Abraham Lincoln)

sábado, 4 de abril de 2026

Elijo no

Elijo no. Porque no me gusta la música “compuesta” por la IA, aunque me guste. Y mucho. Explico este oxímoron.

Cada vez más a menudo, en alguna de las plataformas de música que escucho, me asalta una bella melodía, una bonita canción que me atrapa. Son del tipo de las que siempre he preferido (ya sea balada de jazz, ya pop de los 70’, ya banda sonora de cine, ya…). Pero en cuanto me doy cuenta de que está hecha por una máquina, aunque me esté gustando a rabiar el soniquete, quito la canción y busco otra cuyo autor sea un humano.

No es que tenga nada contra la tecnología, pero para mí, el disfrute de los disfrutes de mi vida ha sido el arte: música, pintura, literatura… pero siempre de modo integral, omnicomprensivo. No me ha valido nunca apenas la obra, siempre ha completado y dado sentido a mi goce, saber las circunstancias de su creador y de los tiempos en que salió de la nada la obra.

Conocer que tal poemario fue escrito por su poeta en una cárcel de la pérfida Albión; que aquel cuadro lo trazó una mujer en las sombras que anteceden al suicidio; que la BSO de una película le llevó a su compositor no solo un año de trabajo agotador sino a conseguir salir del anonimato… Todo eso, para mí, es parte indispensable de la obra de arte que disfruto.

De modo que lo que la IA puede ofrecerme es algo tan parcial que no me interesa. Y como nada en la tecnología se nos impone, sino que nos enfrenta a la suprema naturaleza humana, o sea, la del libre albedrío, la de la propia elección, pues eso, que yo: “elijo no”.

Desdeño la clónica belleza de una balada jazz artificialmente hecha, aunque me esté emocionando, y me sumerjo en la gozosa imperfección del roce del arco en las cuerdas del cello de la interpretación de Kirshbaum de las suites de Bach; me arrojo a los brazos tanto de la pincelada fallida como de la lograda de Piero della Francesca; entrego mis armas de vencido ante el sobrecogedor verso de Cernuda.

Y el placer que me invade no hay máquina que pueda superarlo.

viernes, 28 de junio de 2024

Adicciones


Con esa imperdonable monomanía que tengo, la de recapacitar sin necesidad alguna de hacerlo, me ha dado hace unas semanas por pensar que los que sufren (y hacen sufrir a los demás) una adicción: drogadictos, alcohólicos, ludópatas, sexópatas, mitómanos… tienen algo en común.

A primera sangre uno pensaría que serían sus excesos, sus violencias o su enfermedad del espíritu. Su fragilidad, su enfermiza naturaleza feble (débil). Pero no. Hay adictos que no agreden (más que a sí mismos, aunque a menudo lo ignoren); y adictos brutales. Hay adictos que se arrepienten, que buscan curación; y adictos que quieren que se arrepientan los demás y niegan la evidencia de su propia demolición. Hay adictos fuertes como dromedarios; y enclenques adictos como desahuciados.

Pero la característica común y paradigmática de todos los adictos, su más repugnante toxicidad, es la de que son ladrones. Roban. Todos.

Eso creo, si hay algo que defina al común de los adictos es el latrocinio. Los adictos roban. El heroinómano hijo de la viuda con una exigua pensión roba dinero a su madre impunemente. La adicta a las máquinas tragaperras, le roba el tiempo y la paz a sus más cercanos. El borracho social le roba a su familia años de felicidad, de compañía, de estar con ellos en vez de en el bar. El cocainómano le roba a su pareja la capacidad de confiar día a día. Y le roba también la otra confianza, la de un futuro posible, incapaz tantas veces el que se libra del entorno de un adicto de rehacer una relación sentimental. O sea, el adicto le robó el corazón.

Sí, los adictos siempre roban, y roban hasta la Verdad, inventándose todo lo que los exima de su propia responsabilidad. Echándole la culpa a lo que sea antes de afrontar la carga de sus hechos. Pero ya me enseñó mi padre que no se pueden aceptar justificaciones morales de los que te han traicionado y se traicionan a sí mismos a diario. Porque, mi padre dixit, “a partir de los 20 años uno es responsable hasta de la cara que tiene en el espejo por la mañana”.

Y por mucho que uno pueda entristecerse por los adictos al darse cuenta de que el peor robo que perpetran es el de robarse a sí mismos, no puede uno hacerse cargo de su redención. Son ellos los que se roban la dignidad y la esperanza. Y nadie sino ellos puede restituirles el futuro.

En fin, como soy un tipo que la sociedad del exceso actual considera un aburrido, alguien que ni siquiera se ha fumado un pitillo en su vida, reconozco que me causa un asco físico y psicológico, una visceral repugnancia (visceral porque me produce arcadas, digo), todo lo que se relaciona con  las adicciones destructivas. Me provoca en el alma un sentimiento que solo puedo comparar al que tengo cuando veo un documental de Pol Pot, Hitler o Stalin.

Lo cierto es que hace años, cuando era un joven incauto e idealista, si coincidía en mi vida con alguno de esos pobres que eran presos de sus propias debilidades adictivas, me daban pena, me causaban conmiseración. Pero ya no. Bien dijo el sabio pueblo: “por la compasión entró la peste”.

En todo caso, digamos que hoy, ese asco que me producen no es uno “personal” (o sea subjetivo, relacionado con sujetos en particular) sino una repugnancia ideológica, porque ver a ciertos seres viles, a ciertas gentes soberbias (que diría don Quijote) presas de sus ridículas pasiones, me hace recapacitar sobre hechos generales de la naturaleza humana. Y entonces hago justo lo que no quiero, como con esta reflexión de hoy: ocupar un rato de mi tiempo, de mi precioso tiempo, pensando en cosas feas, sucias; cuando a lo que yo aspiro ya es a intentar pasar el máximo de mis horas y de mis propósitos y esfuerzos en la paz espiritual.

Ya solo quiero en mi vida estar rodeado de armonía, de belleza, de serenidad. No niego la realidad a mi alrededor, pero elijo la parte de esa realidad que quiero que me ampare. Igual que no niego que hubo un Auschwitz, ni que existen los vertederos, pero eso no significa que quiera transitar entornos de sobrecogedora sordidez, ni hacerme selfies a la entrada de las cámaras de gas ni al pie de un camión de la basura.

Así que dejo de recapacitar sobre cosas que poco me aportan, y sigo con actividades mentales y espirituales más satisfactorias, como mirar esta fotografía (con dos sendas: cada cual es libre de seguir una u otra) y leer los versos de Fujiwara no Shunzei (1114-1204):

“En mi cabaña humilde

pienso en el pasado; ¿vas,

cuco de la montaña,

a añadirle mis lágrimas

a la lluvia que cae?”.

domingo, 19 de mayo de 2024

Del narcisismo al estrés, ida y vuelta


Vi ayer (Amazon) el documental “Del estrés a la felicidad”. Recomendable, pero sobre todo por las insensateces que dice su director, Alejandro Grazia. Dándole la vuelta a sus observaciones como a un calcetín y luego completándolo con los comentarios de los monjes, budista y cristiano, y una doctora en neurociencia entrevistados, se acaban teniendo unas buenas “enseñanzas”, más bien, guías en la oscuridad.

El tema del documental es identificable sin duda ninguna por su título, así que voy simplemente a unos comentarios:

El director argentino interroga a sus invitados. Lo hace en el sentido más policiaco imaginable, imperativo, sin dejar acabar las frases a los que les pregunta, demostrando, eso sí, la gravedad de su enfermedad –estrés por narcisismo- y alguna cosa más, como que no se entera de nada. Porque no escucha. Se ve que no ha escuchado nunca en su vida. Salvo a sí mismo: Quod erat demonstrandum.

Por ejemplo, en seguida (sustituyendo con músicas melancólicas al uso, las líneas de un guion tal vez imposible para él,) saca a colación el tema de la “meditación” y el “mindfulness” (como están de moda), pero lo hace “buscando”. Lo hace como si ello fuera un algo que hacer, un instrumento, un bálsamo de Fierabrás para resolver su estrés. Y resolverlo rápido, que él está muy ocupado con su trabajo y una familia con dos hijos (dos, no catorce).

Sin entender que, precisamente, la meditación no es algo que hacer si no algo en lo que “no hacer”.

Así, como él busca soluciones y no vías a la solución, no escucha cuando le dicen que hay muchas maneras de pasar del estrés a la felicidad. Por ejemplo, un modo, sí, es la meditación, la indagación pasiva en la paz interior. Pero otra vía es a través de la compasión, la ayuda a los demás. Aunque claro, este joven de 39 años, solo entiende la lógica occidental colonizada hasta la extenuación por el individualismo capitalista; la lógica del hacer cosas, la de encontrar soluciones a través de hacer, no a través de dejar de hacerlas; y además, la única lógica aceptable, la de hacer cosas solo para él mismo, que es el centro de su propio problema y su universo, y el resto le da un poco/mucho igual.

De la segunda opción “pasa” olímpicamente. La de la solidaridad, la entrega, esa no le vale, por que es hacer cosas, sí, pero para los otros, que no le interesan. No es lo que él anhela. Sus preguntas son siempre en primera persona: “¿Por qué me ocurre esto?, ¿por qué funciona así mi cerebro?”.

Él busca soluciones, al modo como lo hacen los que no quieren esforzarse más allá de comprar lo que “resulte” fiable garantizado. Por eso, como digo, interrumpiendo constantemente a los que le hablan con serenidad y conocimiento (algo arcano e inalcanzable para él), va y les suelta perlas como: “ah, entonces, ¿estos mojes son expertos en solucionar esto?”.

Finalmente los monjes y la neurocientífica, cada uno a su manera, le tienen que explicar, que el camino es complejo y es uno que solo se puede recorrer con determinación y esfuerzo. No se trata de comprar la solución de un “coach” (como dice el interfecto).

Se dice en Japón que Daruma (del sánscrito “Bodhidharma”), fundador del zen, llevó una vida ascética al extremo. Estuvo sentado nueve años meditando sin moverse y todo el tiempo mirando a la pared. Hasta que perdió el uso de las piernas y se quedó ciego. Nunca cejó en su propósito. Diciéndose a sí mismo en los momentos de flaqueza, el “Nanakorobi-yaoki” (podrás caer siete veces, pero te levantarás ocho). En esos nueve años de meditación, el monje desarrolló la doctrina del Zen que disciplina el cuerpo y la mente hasta que los ojos ven aunque mirando nada.

Así, literalmente trascribo las palabras de los sabios en el documental: “… si tenemos la intención genuina de mejorar algunas cualidades y de salirnos de los estados mentales que crean sufrimiento en nosotros, y en los demás, (esto de “en los demás”, añado yo, es muy relevante porque el director solo habla de él, y el monje budista siempre habla de uno mismo y de los otros), debemos hacerlo con determinación y esfuerzo. Si fuera fácil, todas estas cosas se resumirían en algo como “cinco puntos para ser feliz en 15 días” y eso es imposible. Esto no funciona así. Si uno se siente mejor con eso, es posible que se esté auto engañando; si es demasiado fácil es que no ha habido cambio; el cambio real necesita un entrenamiento, como un atleta o un buen músico; no existe alguien que pueda tocar bien un instrumento inmediatamente, no funciona así, no existe. Si vemos algo así, debe estar pregrabado, no es real. Lo verdadero viene con el tiempo, la práctica, el esfuerzo, la determinación y la alegría. Porque lleve tiempo no significa que tenga que ser algo aburrido o tedioso…”.

O sea, eso exactamente. Alcanzar la felicidad (la de cada uno), es un proceso y hay que disfrutarlo, se demore lo que se demore.  Pero tengo la impresión de que el tipo ese del documental no piensa en el proceso, quiere la solución y la quiere ya. Pagar por que le solucionen sus problemas y desentenderse. Pura contemporaneidad.

Pues… Ten salud, que decía Séneca.


lunes, 27 de marzo de 2023

En todo hay poesía. No todo es poesía


En todo hay poesía. Pero no, no todo es poesía.

Para encontrar la poesía inadvertida que pueda albergar cualquier cosa, hay que tener talento o sensibilidad. O, mejor, ambas cosas. Y este texto de la foto no, no es una poesía.

Teresita Fernández, poeta cubana, escribió una canción sobre una palangana vieja, sobre una botella rota. En sus versos sí había poesía. Pero en este "texto" de William González no, no hay poesía. Por no haber, ni siquiera hay literatura. ¿Redacción escolar? ¿Diario adolescente? Pues eso tal vez. Además de su poco de engreimiento de quien habla de tú a Rubén Darío sin despeinarse.

Y, hablando de "tal vez", tal vez en su premiado libro haya poemas de verdad, mejores o peores, pero auténticos poemas. No lo sé (hago mea culpa, no he leído el libro entero), aunque si alguien ha elegido de muestra justo este botón, mi esperanza, digamos, que se arruga. Cierto es, yo ya estoy algo viejo y me arrugo por casi todo.

Pero lo leeré, porque si es un libro homenaje a los migrantes, como asegura el anuncio, yo me digo: ¡albricias!, seguro que tendrá entonces algún verso que se acerque sin titubeos al poema "Peregrino", de Luis Cernuda, dado que ha ganado el premio Hiperion, y no las justas poéticas de Villamerite del Páramo. Deseando estoy leer todo el libro y encontrar algo como aquel "¿Volver?, vuelva el que tenga...", escrito por un Poeta con toda su mayúscula, migrante hasta el tuétano, expulsado de su patria por una guerra incivil cainita y vengativa.

En fin, en realidad, lo que siente mi corazón contrito con este enésimo ejemplo de la lírica contemporánea, del canon poético triunfante, es que me queda definitivamente confirmado: esta poesía ha tocado fondo, yace en el estercolero de la estupidez complaciente y la rampante mediocridad. Sólo en el planeta "Todo Vale" de esta galaxia, a esto lo llamarían un poema.

De modo que si ahora resulta que habitamos ese planeta, yo me exilio sin pena ni deseo alguno de regreso, ya digo, murmurándome las palabras de Cernuda: 

¿Volver? Vuelva el que tenga,

tras largos años, tras un largo viaje,

cansancio del camino y la codicia

de su tierra, su casa, sus amigos,

del amor que al regreso fiel le espere. 


Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,

sino seguir libre adelante,

disponible por siempre, mozo o viejo,

sin hijo que te busque, como a Ulises,

sin Ítaca que aguarde y sin Penélope. 


Sigue, sigue adelante y no regreses,

fiel hasta el fin del camino y tu vida,

No eches de menos un destino más fácil,

tus pies sobre la tierra antes no hollada,

tus ojos frente a lo antes nunca visto.

viernes, 16 de diciembre de 2022

Usar y tirar


Esta nueva inútil reflexión de las mías, me viene hoy al enterarme de que a un buen amigo su novia, después de un par de años de relación, le ha dejado mandándole un guasap. Llevaban unas semanas separados porque él se había adelantado a ella yendo a vivir a otro país. Y ella se había quedado en el suyo, muy cercano, esperando el pronto momento de mudarse. Al parecer las incomodidades han pesado más que otra cosa. Incomodidades, digo, ni siquiera dificultades. Qué pereza se debió decir la muchacha, con la cantidad de oferta que en el mundo hay, perder más días de mi preciada indispensable existencia. Que te den. A por otro.

Pero esto, que no deja de ser una triste peripecia individual, tiene para mí unas connotaciones que señalan el signo de los tiempos.

Los tiempos de la (in)cultura del usar y tirar (más bien del “estrenar” y tirar), que ha acabado por permear más allá del puro consumismo de productos y servicios para protagonizar, en una amplia mayoría de gente, los nuevos modos sin modales de las relaciones humanas contemporáneas.

Ahora, me temo, los más se esfuerzan lo menos. Y a la primera de cambio, eso, tiran lo que tienen para estrenar algo distinto. Pero esto es algo que solo se puede hacer en la sociedad de la sobreabundancia en que existimos. Sobreabundancia de todo: coches, camisas, alimentos, espectáculos. Personas.

Personas. Ello facilitado, claro, por las tecnologías actuales para encontrar pareja “sin esfuerzo”, en catálogos de carne al por mayor donde un algoritmo suple las veces del acercamiento, el tonteo, el embelesamiento, el intercambio de intenciones, de regalos, las galanterías.

Ahora prima la productividad, el no “perder” el tiempo (así lo ven quienes no conciben disfrutarlo). Todo es la “retribución” asegurada e inmediata. Las relaciones a través de las redes sociales (Tinder y similares) han acabado con la seducción, la persuasión, la sugestión. Hombres y mujeres parece que hoy quieren tener una relación, no ganarla. Qué pereza y cuánto riesgo de dilapidar su preciado tiempo y su más preciado dinero sin recibir nada a cambio. Si después de la primera cita que les ha conseguido el urbi et orbi infalible algoritmo la cosa no funciona, pues bueno, no pasa nada, por lo menos se lo han llevado calentito ese día y abur. Hasta nunca jamás. Perder un día no es una catástrofe. Dos, sí. Vuelta a darle a la búsqueda en la app.

Capitalismo llevado a las relaciones afectivas personales. Sustitución de la seducción, que es un proceso, por la consecución, la culminación, la cuenta de resultados, que es una meta sin recorrido previo. Humanos como molinetes, girando a solas, movidos por un solo, un único viento, pero creyéndose extraordinarios y simpares cada uno de ellos.

Y es que demasiada gente vive hoy inmersa en la falsa fe, la apócrifa creencia de que somos dueños de todo porque todo lo podemos alcanzar con un solo clic. Clic, y tengo acceso a toda la música del planeta. Clic, y me descargo más libros de los que podría leer en un millón de vidas (y eso “si” leyera). Otro clic, y se me ofrecen miles de hombres y mujeres con los que hacer “match”.

Las personas han terminado por pretenderse infinitas, ubicuas, eternas, poderosas y millonarias, pues ser millonario es creer que todo lo puedes tener. Porque sí, porque tú lo vales. Porque te corresponde. Aunque no te lo hayas ganado.

Y sin embargo, catálogos de decencia, de dignidad, de empatía, de responsabilidad no parecen encontrarse. Así que lo que yo a menudo veo es un vacío abrumador detrás de tanta supuesta comunicación de redes sociales. Ya lo dijo (¡hace 50 años!) Jean Baudrillard: “El contacto por el contacto se convierte en una especie de autoseducción vacía del lenguaje cuando ya no hay nada que decir”.

El problema es que demasiados no tienen nada que decir, ni ganas de tener algo que decir. Solo quieren usar, disfrutar, dilapidar, pasar de una cosa a otra creyéndose así demiurgos. Y lo son, demiurgos, pero del vacío.

© Jaime Alejandre, 2021 y 2022, fotografía: Península de Izu, Japón; vídeo: Sinan-gu, Corea del Sur.

domingo, 14 de agosto de 2022

Hartazgos

Vivimos en la Era de los Lugares Comunes. Seguramente porque prima el adoctrinamiento dogmático y no la reflexión individual. Para lo primero no hace falta esfuerzo alguno; y para lo segundo se supone que hay que estudiar, contradecirse, contrastar, aplicarse a uno mismo el espíritu crítico, no aceptar sin más lo más extendido en busca de la aceptación…

Sí, vivimos en la Era de los Lugares Comunes. Y así nos va. Porque en los Lugares Comunes nadie es él mismo. Y esa es la única gesta indispensable de un ser humano: llegar a ser él mismo; no lo que se espera de uno cualquiera; no aspirar apenas a ser ese clon bienvenido por los gregarios de la tribu.

Viene esto hoy a la última moda que ocupa el espacio de los debates de no muy sofisticado nivel. La moda de que el aburrimiento es bueno.

“El aburrimiento es bueno, es justo y necesario, es nuestro deber y salvación”. De primeras el aserto parece más una estrategia de marketing que otra cosa. Por eso titulo a esta columna “Hartazgo”, por el agotamiento que produce todo esto de inventarse debates falsamente profundos con el solo propósito de vender los enésimos libros de autoayuda, pero nunca algo concienzudo.

En fin. El aburrimiento es bueno. Así, sin más, porque sí.

Pero no, el aburrimiento no es bueno. El descanso sí lo es. Y lo perturbador, lo enfermizo y enfermador es la “hiperactividad”. Cuyo antónimo no es el aburrimiento sino la serenidad, la profundidad, el goce consciente.

Esa hiperactividad, recordemos, no hace sino seguir las sendas de la tecnología. Una tecnología que, como todas, ha transformado nuestra psique, nuestra percepción de la realidad. Así, esta tecnología y su seña de identidad característica, la hiperactividad, se impone promoviendo el conocimiento somero, el de superficie y no el de inmersión. Eso es lo abominable. Porque para ahondarse en las profundidades se precisa de un esfuerzo especial, capacidad de apnea, tenacidad. Para lo otro, lo de surfear las aguas someras solo se necesita hacerse el muerto para flotar. Aburrirse, hacerse el muerto.

Insisto, la reivindicación del aburrimiento es simplemente una “boutade”. Decía mi padre, acertadamente, que solo se aburren los tontos. Pero a ver si al final del ilógico camino de la aclamación del aburrimiento, lo que se esconde es precisamente el deseo de la inacción ciudadana, del rechazo de la reflexión, de que seamos todos tontos. Y dóciles.

Un poco de pereza está bien, sí, pero aburrirse como sinónimo de pasar seis horas tirado igual que una longaniza en el sofá sin “hacer” nada, eso no. Estar unos días en la playa tomando el sol, dormitando y recargando vitamina D, eso está bien, pero no hacerlo las 16 horas de luz que hay en el día, ni treinta días seguidos.

Reclamar el derecho al aburrimiento como un no hacer nada es una cretinez. De lo que se trata es de que ese “hacer” no sea el contemporáneo “hacerlo todo y ya y a la vez y sin parar y a la carrera y con ansia”, como si solo la actividad frenética del usar y tirar nos hiciera creer que vivimos con plenitud: Mirar feisbuk y a la vez instagram, jugar a alienantes marcianitos en el móvil, mandar setenta guasaps, rebotar veinte chistes, consultar carteleras, noticias, ir al gimnasio, apuntarnos a un coro, hacer macramé… Todo ello sin un momento de serenidad, eso es lo malo. Tanto como el aburrimiento per sé.

Pero estar recostados pensando, o simplemente recordando. O estar recostados leyendo, o viendo una película. Eso no es ejercer el aburrimiento. Es justo lo contrario. Aunque, como somos presa de las modas, pues ahora hay que dar el aburrimiento por bueno, sin definirlo, eso sí.

Observar un paisaje concentrándonos en hacerlo, sin estar pendientes de nada más. Esa es la vía. Escuchar con atención espiritual una música, no como mero ruidito de fondo. El segundo movimiento, lento assai, de la Sinfonía número 17 en sol menor, Opus 41, de Nikolái Miaskovski, por ejemplo (https://www.youtube.com/watch?v=DuETzLXyCOU). Esta obra precisa huir de la dispersión, demanda una atención única para disfrutarla en toda su profundidad. No vale estar leyendo al mismo tiempo, o haciendo un crucigrama o jugando con los niños.

 

En fin, rematando mi diatriba contra el aburrimiento adulto vaya esta otra reflexión a la luz de la famosa fábula de la cigarra y la hormiga: Si por antónimo de la hormiga imaginamos el aburrimiento inactivo, el invertir nuestro tiempo durante horas y horas en ser apenas trozos inanimados de carne, erramos. El antónimo de la hormiga es la cigarra, pero con su guitarra, sus versos y sus cantos.

Y ahora, miremos con un poco más de profundidad todavía, y comprendamos que cigarra y hormiga no son solo opuestos, son complementarios. No olviden aquellos que reivindican el aburrimiento adocenado, que para que haya una cigarra que pueda cantarnos bellas tonadas en el otoño, hay millones de hormigas que siembran la tierra en verano. Y luego en invierno ahorran para los otros los frutos y el amparo. Aquellas cigarras parásitas que pretenden vivir del cuento no son el modelo a seguir. En especial aquellas cigarras escritoras que se autodenominan malditos y cuyos cuentos además son malos, vulgares, y mediocres con ganas.

 

Y ahora, para acabar, me meto en el jardín de una componente especial de esta moda del aburrirse. La que se enfoca en los niños. Pero un niño sano jamás se aburrirá. Aunque no “haga nada”. Su imaginación andará por el espacio galáctico más remoto, por las praderas de los pieles rojas, por las calles de Gotham…

Pero lo que ocurre es que a algunos (padres) se les ha ido de la mano su propia medicina. Hemos metido a nuestros hijos en cien actividades extraescolares 24 horas al día 7 días a la semana: equitación, tenis, grupo de superdotados, clarinete, pintura expresionista… Y ahora nos tiramos de los pelos porque son hiperactivos.

Pero no dejemos de maliciarnos que unos han conducido a sus hijos al matadero de la hiperactividad proyectando en ellos su propia insatisfacción y frustración. Él, que en su triste adolescencia no pudo hacer escalada, estudiar idiomas, viajar al Amazonas, se lo endilga, sí o sí, a sus hijos, para cumplir en ellos sus expectativas insatisfechas.

Otros, no los menos, enrolan a sus hijos en mil desventuras, pero solo para librarse de la pesadez de estar pendientes de esos hijos fastidiosos, esos hijos que ocupan todo el volumen en el que se encuentran, como hacen los gases. Y entonces no dejan respirar a sus padres, con la cantidad de cosas que esos padres quieren hacer ahora: ligar, golfear (en sus dos acepciones), escribir una novela, viajar al Nepal. Que se encargue de los niños el mercado.

Pero porque uno tenga esas taras no es lícito buscar ahora la solución a los problemas creados imponiendo el aburrimiento a los niños. Mejor habrá que implicarse y enseñarles a ser conscientes de lo que hacen y del valor de lo que hacen, siendo como son miembros de un muy reducido club de privilegiados de este ancho mundo (donde otros no pueden permitirse el lujo de aburrirse porque con siete años tienen que ir a trabajar). Enseñarles a los niños a que no salten de una cosa a otra rozando solo la superficie. Enseñarles que los misterios que toda realidad atesora, siempre están en sus profundidades. Como las famosas llaves. En el fondo del mar, Matarile, rile, rile.

Sí, no olvidemos que buena parte de los adversos comportamientos de nuestros infantes los hemos causado nosotros. Nuestra es la responsabilidad. Si a un niño de ocho años le pones en las manos un móvil y le dejas abrirse un perfil en una red social y a solas descubre las características de la tecnología: ubicuidad, multitarea, inmediatez, acceso a lo oculto. ¿Cómo quieres que luego se desintoxique de la frustración de no tenerlo todo ya y siempre? ¿Mandándole a aburrirse a un rincón?

Bueno, cuelgo ya. Perdón sé que me he extendido mucho más de lo que corresponde a la literatura de las redes sociales. Pero es que me aburría hoy y me ha dado por esto…


sábado, 16 de julio de 2022

Rómulo Augústulo se despereza


Rómulo Augústulo no podía saber que sería el último emperador romano. Sus súbditos también se levantaban cada mañana ufanos disfrutando aquello de creerse la superpotencia del mundo. Somos los líderes del universo, se decían con orgullo unos a otros, mientras los que no eran pobres de solemnidad iban a comprar verduras al macellum. Pocos parecían saber que los últimos emperadores no habían sido sino marionetas de algunos señores de la guerra. Y tampoco les afectaba gran cosa el caos, los asesinatos en todas las esquinas, los desmanes de cualquiera, la impunidad reinante ante la inacción y la atonía de los encargados de ejercer el poder y mantener la ley y el orden en la ciudad eterna y en el imperio todo, entretenidos como estaban en hacerse ricos pronto. 4.368 muertos en las reyertas no era nada.

Unánimes rostros de sorpresa se reflejaron en todos los romanos de Occidente cuando Odoacro les informó, en incomprensible lengua bárbara, que ya no eran el imperio del mundo, que hacía muchos años que ya no lo eran, aunque no se hubieran dado por enterados.

(Continuará).

Joe Baiden no podía saber que sería el último presidente americano. Sus ciudadanos también se levantaban cada mañana ufanos disfrutando aquello de creerse la superpotencia del mundo. Somos los líderes del universo, se decían con orgullo unos a otros, mientras los que no eran pobres de solemnidad iban a comprar bonos basura a Wall Street. Pocos parecían saber, querer saber, que los últimos presidentes no habían sido sino marionetas de los dueños de la industria de armamento. Y tampoco les afectaba gran cosa el caos, los asesinatos en todas las esquinas, los desmanes de cualquiera, la impunidad imperante ante la inacción y la atonía de los encargados de ejercer el poder y mantener la ley y el orden, en la ciudad eterna y en el imperio todo, entretenidos como estaban en hacerse ricos lo antes posible. 4.368 niños asesinados a tiros en sus escuelas no eran nada, ni siquiera colaterales efectos. Nada.

Unánimes rostros de sorpresa se reflejaron en todos los yanquees de Occidente cuando Xi Jinping, en impecable chino mandarín, les informó que ya no eran el imperio del mundo, que hacía muchos años que ya no lo eran, aunque no se hubieran dado por enterados.

(Acabada la ficción hágase la realidad: El “Museo de los Niños de la Asociación Nacional del Rifle” en USA, se trata de una flota de 52 autobuses escolares amarillos, con 4.368 asientos vacíos que representan a los niños víctimas de matanzas reales en los últimos años en el país líder del mundo, y del Imperio Romano).



viernes, 1 de julio de 2022

Big Data sea, te alabamos Señor


En épocas de naufragio espiritual se suceden los dioses unos a otros vertiginosamente. Así, la última deidad moderna se llama Big Data. Hijo de Internet, ha expulsado a su padre de lo más alto del Olimpo. Ahora todo parece regirlo el Big Data y sus apóstoles, en esta religión llamados Algoritmos. Son ellos infalibles. Y únicos en su infalibilidad.

Como toda religión única, revelada y que se autoconsidera la Verdadera, ha desterrado al exilio a cualesquiera apóstatas, convertidos de la noche a la mañana en herejes que merecen, sino la muerte, sí el ostracismo.

Así ha caído en el infinito descrédito la intuición. Pero con echar un vistazo a la Historia de la Humanidad se constata la intuición ha acertado y acierta infinidad de veces. Y normalmente en las circunstancias más extremas y necesarias de los conflictos del hombre. Además lo hace con pocos “datos” porque la intuición de algunos puede que no sea capaz de sumas imposibles, pero sí lo es de conjugar sin reglas, leyes ni hojas de cálculo, una semántica no solo de unos y de ceros, una semántica en la que se entremezclan recuerdos, experiencias, percepciones y emociones, consejos, contradicciones, mentiras transitorias o piadosas y visiones. Todo aquello que no puede contenerse en cifras y algoritmos.

Porque sí, un algoritmo te dirá que las pamemas que suelta un “influencer” en sus diez segundos de vídeo colgados en una red social son la Verdad porque ha sumado en un nanosegundo que lo han visto exactamente 7.078.645 personas. Además, el apóstol Algoritmo es capaz de decirte a qué hora lo ha hecho cada uno, combinarlo con lo que se come a esas horas concretas en los restaurante de comida rápida cercanos y acabar por deducir que el próximo otoño se llevará el color verde. Claro que solo por decir “en otoño se llevará lo verde”, ya muchos millones de aburridos iletrados lo rebotarán en sus propios comentarios en el mundo del eco infinito que es Internet, y al final el verde será el color de moda este noviembre. Profecía autocumplida.

Pero en el universo de la mediocridad es natural que el ídolo supremo al que adorar sea el más simple, el que se limita a numerar hasta la náusea, no aquel que te sorprende en las inconsistencias y contradicciones del ser humano. Las mentes que confunden la rapidez de cálculo o la capacidad de sumar infinitas series de números en matrices inabarcables pueden entonces fingirse a sí mismos que dirigen el rumbo de los hombres, y hacerlo de verdad, con  la colaboración necesaria de comerciantes sin escrúpulos.

Pero cuanto menos tienes que pensar más fácil es dedicar maquinalmente tus habilidades mentales a ejercitar operaciones de sumatorios. Porque para sumar hay que tener una destreza, no capacidad de comprensión. No es lo mismo ser listo que inteligente, decía mi padre. Y hoy hay demasiados listos que no dejan brillar a los inteligentes, a los sensibles, a los intuitivos.

Y ahora, hablando de sensibilidad y de emoción: pensemos. Si un “poema” puede escribirlo hoy cualquiera de la caterva de marwanes que la tierra invade, ¡como para que no pueda hacerlo una máquina! Pero el Quijote no hay artefacto que lo escriba; y los quince versos del poema (poema sin entrecomillado irónico) Peregrino de Cernuda no estarán jamás al alcance de una retahíla de bits.

En todo caso, es batalla perdida. El talento de aquellos verdaderos profetas sin tierra que con sus intuiciones llevan fogonazos de iluminación a las remotas oscuridades humanas, están proscritos, nadie los atiende, todo el mundo los desprecia y se mofa de ellos mientras inclinan la testuz y, rodilla en tierra, alaban y adoran a la máquina que les dice que la próxima película que les va a gustar es la que tiene el mismo happy end de un millón de millones de filmes anteriores.

Citaba más arriba la palabra pamema, que significa “hecho o dicho fútil y de poca entidad, a que se ha querido dar importancia”. Pues ese milagro no algorítmico que es el Diccionario de la RAE añade que su etimología proviene de la mezcla de “pamplina y memo”.

Ni en un millón de años, de cálculos y de metaversos podrían el dios Big Data o sus algorítmicos apóstoles dar a luz algo ni muy lejanamente parecido a la palabra pamema.

 (Fotografía, HAL9000, fotograma de la película “2001, una odisea del espacio”) 

martes, 29 de marzo de 2022

A vueltas con las armas químicas


Ya son ganas de querer estirar de todas las cuerdas para tensar lo que no poco tenso está. Parecería que algunos estén empeñados otra vez en la cruzada de repetir los desmanes de la invasión americana (et altrii) de Iraq, cuando los caballos del Apocalipsis fueron cabalgados por mentiras sobre las armas químicas.
El fósforo blanco, que aparentemente se ha usado en Ucrania, es un arma horrible, como todas las demás, pero no es un arma química de acuerdo con la Convención de Naciones Unidas sobre su prohibición. Ello no quita un ápice de espanto a la barbarie, pero insisto, el fósforo no es un arma química. Es una arma tan espantosa como algunas otras que acaban protagonizando esos esperpentos del Derecho Internacional Humanitario que los seres supuestamente sapiens todavía necesitamos para, agárrense, regular las “Prohibiciones o Restricciones del Empleo de Ciertas Armas Convencionales que puedan considerarse excesivamente nocivas o de efectos indiscriminados”. El Convenio se llama así, no es una broma de mal gusto, incluye armas que no distinguen combatientes de población civil, niños de soldados. Entre estas edificantes armas están las minas antipersonas y también otras proezas de la inventiva humana dedicadas no tanto a matar como a causar heridos, algo mucho más gravoso de manejar por un país en guerra. Por ejemplo, balas que se deshacen en microscópicos fragmentos para provocar septicemias horribles, o armas láser diseñadas sólo para dejar ciego al contrario. Reconfortantes innovaciones del humanoide magín.
Dicho esto, a todo hay que llamarlo por su nombre y aplicarle, en consecuencia, las normas precisas que en cada caso la comunidad internacional haya convenido. Las armas químicas, las de verdad, están reguladas en su prohibición y destrucción mediante una Convención ad hoc de Naciones Unidas. Una Convención (cuyo garante es la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, OPAQ, en La Haya) que resultó modélica y única al conseguir dar un paso de gigante en la eliminación completa de una de las tres categorías de armas de destrucción masiva (nucleares, biológicas y químicas).
Por eso, colocar de rondón en los telediarios el tema de las posibles armas “químicas” en Ucrania, es una vuelta de tuerca tan innecesaria como interesada; tan innecesaria como incendiaria. Incendiaria como el fósforo, sí, pero más brutal la peligrosidad de utilizar una denominación “desacertada” cuya memoria histórica trae penosos momentos al recuerdo.
Y por terminar de chapotear en el charco este en el que hoy me hago dos largos, pienso que también tiene su guasa que al otro lado del Atlántico (Norte) haya quienes para sentar en el banquillo a Putin, invoquen ahora la Corte Penal Internacional (más conocida como el Tribunal Penal Internacional, TPI, cuya sede casualmente también está en La Haya).
Cuando Estados Unidos sigue sin firmar el correspondiente Estatuto de Roma que constituyó el TPI. Perdón, seré más escrupuloso: sí Estados Unidos, con Clinton, sí firmó el Estatuto, en el año 2000. Si bien la firma no implicaba que el tratado fuera jurídicamente vinculante sobre los estadounidenses, en concreto sobre sus soldados, porque no se llegó a presentar la preceptiva ratificación. De cualquier forma, en un caso sin precedentes en el derecho internacional público, en 2002, el siguiente presidente norteamericano, Bush II, remitió una nota al Secretario General de Naciones Unidas donde expresó la "anulación", por parte de su gobierno, de la firma depositada por el anterior gobierno, el de Clinton. La posición norteamericana en aquellos momentos tomó además tintes muy parecidos a un boicot cargado de amenazas. Congresistas republicanos dijeron: “Quien se crea que el TPI puede hacerse sin Estados Unidos vive en un mundo de sueños, porque sólo será viable si es apoyado por una comunidad y no por un club”. No deja de sorprender aquella “pre-potencia” de amos del planeta para los que todo conjunto de Estados en el que no participen ellos mismos no es sino un club.
Pero bueno, todo es poco teniendo en cuenta que años después, en 2020, otro presidente de Estados Unidos, Donald Trump, autorizó la imposición de sanciones económicas contra los estados miembros del TPI que estuvieran implicados en investigaciones contra el país norteamericano. Y ello, con el objetivo de "proteger a sus militares" y "defender la soberanía nacional". La Casa Blanca recordó entonces en un comunicado que Estados Unidos no es firmante del Estatuto de Roma y que, por tanto, consideraba cualquier acción por parte del TPI como un "ataque".
Pues eso.

domingo, 27 de marzo de 2022

La honorabilidad y el precio del gasóleo


Tengo la sensación de que el dogma económico imperante desde los 80 ha impregnado todos los resquicios de la realidad, incluida la ética y el espíritu de cada uno. Me refiero por ejemplo al credo del crecimiento. Si no ganas más cada año, pase lo que pase en el mundo o en tus propias circunstancias, te conviertes directamente en un fracasado.

Eso hace, para mí, que la gente hayamos perdido buena parte de una de las principales características de los humanos. Somos la especie más adaptable que hay en la naturaleza. Gracias a ello habitamos desde los polos a los trópicos, desde las cumbres a las ciénagas. Pero hoy parece que cualquier contrariedad, menor, o verdaderamente relevante, nos deja sumidos en la inacción y la melancólica queja en vez de intentar adaptarnos a las nuevas circunstancias. De modo que a la incapacidad de adaptación se suma la creciente tiranía de la frustración.

No son pocas las veces en la vida que uno pasa por momentos complejos que le hacen tener que adaptarse a vivir con menos que antes. Menos dinero, menos amor, menos trabajo, menos bienes, menos amigos. Pasar de vivir en un chalé a una “solución habitacional” de doce metros cuadrados prestada por algún conocido. Por ejemplo. No hablo de oídas.

Así que, hablando de los tiempos actuales que vivimos, pienso que tal vez algunos camioneros, pescadores, funcionarios, camareros, hosteleros, médicos, directores de banco, presidentes de eléctricas, electos representantes políticos deberíamos aceptar que las circunstancias hoy, tras una pandemia y en medio de otra guerra más (sobre la de Ucrania y sus motivos e intereses ocultos habría mucho que hablar también, por cierto) invocan la necesidad de renunciar a algo de lo mucho que teníamos. Adaptarnos, vivir con menos, compartir más.

Pero, lo dicho, el dogma económico imperante, el del crecimiento como único resorte del éxito individual y colectivo, ha permeado los espíritus.

¿Si un país no aumenta su PIB cada año es un estado fallido? Japón lleva treinta años con un crecimiento muy ajustado (un 1% más o menos). Sin embargo, ¿se ha resentido el bienestar individual hasta convertir a sus ciudadanos en humanos fallidos?

Particularmente es que yo veo también otras dimensiones del bienestar. Por ejemplo, hay sociedades, como la japonesa, donde prima el respeto mutuo, y uno no tiene que perder energía y salud diaria pensando que en cualquier esquina le van a robar la bicicleta. Y  en otras sociedades, como tantas africanas, prevalece el valor de lo común, de la comunidad, más que el individualismo excluyente; compartir y celebrar (la nada que poseen) superan al ruin deseo de acaparar y derrochar.

En la perspectiva individual, más allá de la de los estados, saber acomodar las expectativas, los deseos, la ambición, son resortes con los que solo el homo sapiens cuenta. Y gracias a ellos podemos alcanzar la felicidad. La leona del Serengueti solo sabe cazar siempre que tiene hambre. No conoce otro mecanismo de supervivencia.

Se me dirá que muchos no tienen ya margen de maniobra para adaptarse a nada en su austeridad, en su miseria. Precisamente no me refiero a ellos, a esa oleada de personas más allá de la exclusión en nuestras sociedades. Las legiones de desheredados por el sistema, que malviven en las calles de tantas ciudades de Estados Unidos, de España, de Senegal, de Malawi, de Bangladesh. Me refiero a nosotros, los otros, a esa reinante clase media mundial que ha alcanzado niveles insospechados de riqueza y bienestar y que puede renunciar a algo, y además puede hacerlo en beneficio de aquellos desheredados mediante una mejor distribución del patrimonio común. (Las megafortunas entran en esta categoría de mi reflexión pues no dejan de ser sociológicamente clase media devenida ultramillonaria).

Vuelvo a los camioneros, objeto de mi reflexión divagante. Una importante cantidad de dinero de todos se va utilizar para bajar el precio del gasóleo para que unos ciudadanos camioneros no retrocedan un solo céntimo de euro en la satisfacción de sus “necesidades” (y deseos y caprichos). Ese dinero a ellos otorgado no se podrá invertir en quienes no tienen nada absolutamente de donde reducir lo mínimo indispensable que tienen para comer y calentarse.

La honorabilidad o el precio del gasóleo. El debate se agota en su mismo enunciado.

Contener la inflación, la deuda, el déficit público y todo para santificar el crecimiento: dogmas de una vida tal vez envidiable. Pero, ¿sana?

Estamos enfermos de codicia. No parecemos ninguno de nosotros dispuestos a comprender que a veces el mejor modo de “crecer” es no hacerlo solo en la cuenta corriente.

Unas sociedades contemporáneas dominadas por el “derecho” a saciar todo apetito no son sanas. No es de extrañar que el verbo latino “appetare” signifique “estirar la mano hacia algo, lanzarse hacia algo… atacar algo”.

Camioneros. ¿Qué no pueden pagar el gasoil? Claro que pueden, pero no quieren, porque lo consideran un insulto a la dogmática creencia de su propia condición humana, la de que tener que adaptarse a la realidad y aceptar un poco menos que ayer al parecer les arrebata su dignidad. Dignidad. Si solo la medimos con monedas.

(Fotografía en Internet ElEconomista.net)

martes, 14 de diciembre de 2021

Lo abyecto

Recientes acontecimientos en el mundo de actores y actrices en España me desalientan una vez más, sumido en la desconfianza ante la especie humana. Vuelvo a comprobar el enfermizo gusto por lo monstruoso, lo deforme, lo ‘freak’. Abotargados en el exceso, algunos parece que ya solo son capaces de disfrutar con lo esperpéntico y las excentricidades sin valor. Son esos que apenas se interesan hoy admirando diminutos fetos atestando botes de farmacia en su formol en una presunta exposición de arte contemporáneo. Tipos a los que les hacen gracia las cenizas que quedan de un millón de hombres incinerados en un campo de concentración.

Esa gente no es gente, porque pagarían lo que fuera por ver una película en la que matan de verdad a otra gente, que sí es gente. O se quedan de madrugada babeando ante vídeos de catástrofes reales. Entusiastas de lo sórdido y lo abyecto, se ríen por lo bajo y cuchichean mofándose de los demás, pero se callan irremediablemente a la hora de decir en público lo que ellos piensan, porque nada piensan. Ellos nunca perderían su tiempo (precioso solo para ellos) yendo a una manifestación contra el hambre en más de medio mundo o para asistir a unos inmigrantes durmiendo en la avenida, pero pasarían horas bajo lluvia y sol por conseguir entrada para una lapidación. Son los que se corren viendo a la mujer barbuda del circo, los que imitan al cojo por la calle, los que se desternillan desmesuradamente cuando a Charlot le pegan bofetadas y todo le sale mal.

Se dedican al espectáculo de personajes enfermos, locos, personajes que realizan actos que no controlan (actos que los controlan a ellos), porque así ciertos espectadores, ciertos productores, se sienten a salvo de su propia mediocridad, la de gozar con el horror ajeno y creerse inmunes y superiores. Y engrosan el patrimonio de su vil e ignominiosa existencia con televisivas diversiones eméticas con el sólo deseo y objetivo de poder contar un día ‘yo estuve allí, cuando aquella hizo esto y dijo aquello, ¡cómo lo pasamos!’, como si su afán de quince minutos de placer y vanagloria se satisficiera con la vejación del más frágil del reality del momento.

Uno, a la luz de esto optaría por la pronta autodesaparición, pero gracias a Dios existen otros que nos redimen del propio cansancio, del escepticismo, el desánimo. Son aquello luchadores contra el absurdo que se empeñan en la belleza a veces inútil de sus gestos/gestas sin recompensa, son los que te citarían a A. Szerb que, antes de morir en un campo nazi, dijo: ‘sólo importa el momento, porque un momento verdaderamente hermoso no termina nunca’. Todos conocemos a alguno, a muchos de estos héroes sin esperpento.

Ellos nos enseñan que, al final, es todo sencillo: sólo tenemos que elegir entre estar con unos en el vicio envilecedor de la abyección fomentando estulticia, alienación, cretinización y embrutecimiento a manos llenas (más bien vacías), o con otros dejando pétalos de la propia vida para que el mundo sea un lugar donde el amanecer no represente sólo una metáfora.

(Fotografía © Jaime Alejandre, Kurokawa onsen Kyūshū, Japón, 2021)

domingo, 29 de agosto de 2021

Tiempos paralelos


“La naturaleza humana es tal que, aunque nos separen solo ochocientos kilómetros de la realidad, no somos capaces de ver más que fuegos fatuos en la niebla. En aquel entonces hacía ya una década que **** era una realidad:; todo lo que evocaba su nombre se arremolinaba en la atmósfera humana con vapores siniestros. Pero se arremolinaba en algún punto de ******, así que, de hecho, para nosotros, no era una verdadera realidad. Nos preocupaba su aparición, discutíamos con pasión y desprecio sobre la trascendencia del fenómeno, seguíamos con atención cómo sembraba sus semillas en ciertos estratos de nuestra sociedad, entre los pequeñoburgueses y los obreros. Pero nunca creímos  que un día pudiera convertirse en lo que habíamos temido en secreto…

“… los resultados electorales a lo largo de los diez años anteriores. Esas contiendas políticas fueron proporcionando una mayoría cada vez más importante a los partidos que participaban en la lucha electoral con ideas ‘racistas’ y de ‘extrema derecha’…

“… las nobles manifestaciones de dolor de una nación se entremezclaban con el canto patriótico y fanfarrón de un coro que solo pretendía obtener de ello un provecho económico…

“… un paciente aquejado de dolor de muelas se lo pensaba dos veces antes de acudir a un dentista que fuera ****, porque se temía que ese sabio con enchufe en la universidad no hubiera aprendido la ciencia de la odontología como Dios manda, ya que en los exámenes de la carrera los doctos profesores tenían la manga más ancha al juzgar los conocimientos del hijo de ****, es decir, de un individuo de la casta de los elegidos, que a la hora de evaluar a otros candidatos que desde el punto de vista patriótico no ostentaban el sello distintivo…

“Cuando se da al pueblo el derecho a acusar a cualquiera sin ninguna prueba, con simples alegatos, utilizando generalidades… y cuando en la práctica la acusación supone para la persona, cuyo nombre queda impreso por la rotativa de periódico, la cárcel, la marginación o el destierro social o económico sin dictamen judicial, entonces el pueblo disfruta haciendo uso de ese derecho, porque al individuo anónimo y carente de poder el juego impersonal, y por lo tanto sin responsabilidad, le produce una gran satisfacción, una especie de euforia…”.

Uy, que se me ha pasado escribir al principio que estos párrafos, no tienen nada pero nada que ver con España hoy. Hablan de Hungría en la primera mitad del siglo XX. (“Lo que no quise decir”, Sándor Marai, Ed. Salamandra, 2016).

(fotografía de web)

martes, 2 de marzo de 2021

Quod erat demonstrandum o jugar a conectar columnas de palabras

 Enlace las respuestas correctas: 

A.- Albión pérfida o Reino Unido: la tasa más alta de muerte por Covid en Europa (CNN, 2 marzo 2021). Variante propia del virus.

B.- Brasil: un cuarto de millón de fallecidos. El Consejo Nacional de Secretarios de Salud (Conass) alerta que la red hospitalaria del país está colapsada (Agencia EFE, 1 marzo 2021). Variante propia del virus.

C.- Calasparra, paraíso del arroz (Wikipedia).

D.- DF México: el Gobierno modificó datos del coronavirus para mantener la actividad económica en la capital en contra de los criterios fijados por las propias autoridades (The New York Times, 22 diciembre 2020).

E.- Estados Unidos: el país con más casos y muertes por Covid del mundo (BBC, 12 febrero 2021).

F.- Fiji, islas, capital: Suva (más Wikipedia).

G.- Punto de esquiva ubicación geográfica similar a las islas flotantes (Islario Maravilloso Medieval).

 

¿Con qué se pueden unir estos cuatro récords del mundo inmundo: A,B,D,E? Con decisiones personalísimas de:

 A.- Boris Johnson

B.- Jair Bolsonaro

C.- Mortadelo y Filemón

D.- Andrés Manuel López Obrador

E.- Donald Trump

F.- Heidi.

G.- El abuelo de Heidi

 

Pues sí, la respuesta acertada es justo con los cuatro presidentes negacionistas desnudos de inteligencia y mascarilla…

Y ahora me da por pensar, ¿si a un presidente, como Sarkozy, hoy mismo se le puede juzgar y condenar por corrupción económica? ¿No debería demandarse y juzgar a quienes con sus irresponsables actos han provocado decenas de miles de muertos e inabarcable dolor?

Es un decir. Yo a lo mío, los koan (paradojas zen)…  "Cuando un árbol cae en un bosque, ¿hace ruido si no hay nadie para escucharlo?"…

domingo, 30 de agosto de 2020

La búsqueda de la Felicidad


Me encuentro por doquier hiperrealistas que se mofan del intento de reeditar antiguos conceptos humanistas en la actualidad. Por ejemplo, el derecho a la felicidad.

Curiosamente, a los más neoliberales, los más pro imperio yanquee, les da un ataque de risa ante la pretensión de limitar los perniciosos resultados del capitalismo salvaje retornando a una concepción más humana de las relaciones mundiales, superando el paradigma del egoísmo y el beneficio a costa de todo y todos.

Olvidan tal vez que la propia Declaración de Independencia de su idolatrado Estados Unidos, el documento más célebre de la Ilustración, dejó dicho: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Axioma de una vida en comunidad regida por el humanismo que pronto permeó en otros textos fundacionales, como nuestra propia Constitución de Cádiz, en 1812, que incluía entre las obligaciones de los españoles la de ser “justos y benéficos”. ¡Cuánta necesidad tenemos hoy de esta obligación en España!

Pero para los que apenas entienden lo que pueden sumar y restar con guarismos en cuentas de resultados, o sea, sumar ingresos monetarios, restar pérdidas económicas, solo cuentan los índices del PIB, el porcentaje del IRPF o el índice de masa corporal… y abominan con chuscas chanzas del Índice de Felicidad Humana.

A lo único que estos se permiten aspirar cuando hoy hablan de Felicidad Humana es a confundir el término con el de “Seguridad Ciudadana”. Pero no son sinónimos. (A este tema regresaré otro día).

El Índice Global de Felicidad es una publicación anual de Naciones Unidas que mide la felicidad en los países, basándose en diversos factores, como el Apoyo social, la Esperanza de años de vida saludable, la Libertad para tomar decisiones vitales, la Generosidad, la Percepción de la corrupción y, sí, también el PIB per cápita.

Un buen punto de partida, pero para mí todavía un poco demasiado economicista, porque ¿dónde queda medir cualitativamente cuestiones indispensables para la serenidad humana como los valores de pertenencia, de identidad, de saberse valorado, de inclusión en la comunidad, o de autosuficiencia espiritual y emocional…?

Se debe, por tanto, avanzar hacia el concepto de Felicidad Nacional Bruta (FNB) o Felicidad Interna Bruta (FIB), como indicador que mide la calidad de vida en términos más holísticos y psicológicos que el producto interno bruto. Y, después, analizando los factores que inciden en mayor medida en la felicidad humana, desarrollar políticas que los favorezcan.

Lo mismo descubrimos que fomentar el consumismo a ultranza no vale para ser felices tanto como una legislación de horarios laborales afín a nuestra humanidad. Porque valores subjetivos como el bienestar son más relevantes e importantes para los hombres que objetivos como la acumulación de riqueza.

También podremos encontrar cómo la verdadera fortuna se encuentra en los adjetivos. No se trata de promover el desarrollo socioeconómico sin más, sino de hacerlo sostenible y equitativo.

La preservación y promoción de valores culturales, la conservación del medio ambiente y el establecimiento de un buen gobierno son factores que proporcionan más felicidad que el carrito de la compra. Aunque no olvido que ello implica siempre que todos puedan contar con un carrito suficiente, tanto en nuestros distintos barrios como en los diferentes países (ingreso mínimo vital y solidaridad internacional mediante). Algo que es fácilmente posible si todos compartimos.

Algunos aducen dificultades metodológicas para medir este índice. Y con ello se quedan tan campantes, porque así no tienen que afrontar el hecho de tomar decisiones. Pero se engañan, porque si estos elementos no pudieran ser medidos directamente, sí se pueden evaluar los factores que los alteran, considerando dimensiones comparativas como el bienestar psicológico, el uso del tiempo, la vitalidad de la comunidad, o la diversidad humana y medioambiental.

No se trata de buenismo, se trata de mirar la realidad con otros ojos, y no solo para reflejarlo en un articulito como este sino para aplicarlo activamente a las políticas públicas.

Pensémoslo. Creo que más vale la pertenencia que las pertenencias, los valores que el valor (precio), el bien que los bienes, el interés por ser felices todos que los intereses de nuestras cuentas bancarias…

© Fotografía, jaime alejandre, 2020


jueves, 30 de julio de 2020

Botellón


Ha tenido que llegarnos un renuente virus para que por fin avancemos, algo decididamente, en la prohibición de los botellones. Como si lo peor del asunto fuera mezclar las babas bebiendo a gollete. Y no el abuso de una sustancia altamente tóxica.
Bienvenido sea hoy el control sobre los botellones, sí, aunque el motor de la prohibición debería haberse producido hace mucho, contra el propio uso y abuso de la bebida. Algo impensable, al parecer, pues qué se podía esperar, antes de la era del Covid, de un mundo donde el alcohol era y es uno de los principales dioses del olimpo contemporáneo. Y como con cualquier dios habido, a él se le muestra una tolerancia, una condescendencia insultante.
¿Un ejemplito? Pongámonos constitucionalistas. La Carta Magna de Estados Unidos de Norteamérica. Ahí es nada. Un texto fundamental para la democracia y las libertades de todo el planeta. Un texto, además, vivo, que ha venido incorporando en su historia Enmiendas del mayor calado político imaginable.
Veintisiete han sido las enmiendas aprobadas en la historia de esta Constitución. Todas referidas a garantías judiciales, derechos o libertades. La primera dedicada a la libertad de culto, de expresión, de prensa, petición y de reunión. La controvertida segunda, sobre el derecho a poseer armas. Y así las diez primeras, que conforman lo que se denomina la Declaración de Derechos, son enmiendas que limitan explícitamente los poderes del gobierno federal, protegiendo los derechos de las personas al evitar que el Congreso restrinja ciertas libertades: autoinculpación, castigos crueles e inusuales, derechos del acusado… A estas siguen otras enmiendas jurídica y políticamente impecables: abolición de la esclavitud, sufragio racial, sufragio femenino, incapacidades presidenciales…
Pues bien, la más bizarra y significativa de las enmiendas, a los efectos hoy de este comentario mío, es la vigesimoprimera. Todas las otras son “positivas”: establecen derechos o prohibiciones (por ejemplo limitar mandatos al presidente), pero solo una lo que hace es enmendar a otra enmienda. Dar marcha atrás. Es, como digo, la vigesimoprimera. Deroga la decimoctava, más conocida como la “Ley Seca”. Cuando en 1917, el Congreso aprobó la prohibición de la venta, importación, exportación, fabricación y el transporte de bebidas alcohólicas en todo el territorio de Estados Unidos.
La causa era la insoportable degeneración social habida en torno a la dipsomanía. Culminaba así la lucha iniciada por el Movimiento por la Templanza en el siglo XIX. Corriente a la que se unieron diversos intelectuales progresistas y liberales, así como líderes sindicales de izquierda, que condenaban el consumo de alcohol como elemento provocador de atraso y pobreza entre las masas de ciudadanos que empezaban a llenar las ciudades de EE.UU. Gravísimo problema en toda la escala social, desde las élites financieras a los trabajadores, cuyas repercusiones se hacían patentes especialmente en la violencia en el hogar.
«Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación», declaró el senador Andrew Volstead, impulsor de la nueva norma, con optimismo: “El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños…”.
Sin embargo, una presión generalizada de intereses comerciales y de adictos en las más altas esferas del poder, condujo a la derogación apenas dieciséis años después.
Hoy la permisividad mundial con el alcohol no deja de causar triste asombro.
¿Qué habríamos dicho si al acabar el confinamiento, las redes sociales se hubieran llenado de parabienes y propósitos de celebración común, no solo invitando abajar al bar a beber, sino para inyectarse un pico, esnifar una raya o meterse un tripi?
Me argüirán algunos que no es lo mismo una cosa que otra, pero sí. Al fin y al cabo, curiosamente ese predicado lo defienden tanto unos como otros. Los que consumen cocaína dicen que es solo una rayita o dos los fines de semana y que no hace “tanto” daño. Pero la destrucción invisible de neuronas, dignidad y autoestima no conoce dosis inmune.
La cosa es que el Negacionismo es doctrina general en boga en nuestros días. Y así, una legión de negacionistas refutan que la tierra sea redonda, otros que la Teoría de la Evolución sea cierta frente al Creacionismo y el Diseño Inteligente, y otros, en fin, niegan que el alcohol sea una lacra.
Hace unas semanas se publicó una noticia. Las internas en una cárcel española se bebían el gel de manos contra el virus para emborracharse. El botellón es más fuerte que la voluntad. Pero los raros son los otros, siempre.
© foto la tribuna de ciudad real

miércoles, 22 de julio de 2020

Modas a modo



Soy lo peor. Lo sé. Lo confieso: a mí me privan los azúcares propios, añadidos, galácticos, mediopensionistas. Lo que no soporto es el sabor light ese de aspartamo u otros edulcorantes artificiales químicos sucedáneos. A mí el gusto de caña de azúcar o remolacha me alegra el día, la tarde y la noche en todas su formas conocidas.
No me estigmaticen por tamaña incorrección ciudadana contemporánea. Solo a la altura de criticar fanatismos de género religioso o de religioso género. No me injurien aún por mi insolidaridad con los que sufren obesidades y morbideces varias.
Lo cierto es que este cincuentón, muy avanzado ya hacia la sesentena, tiene las mismas probabilidades de que me engorde el azúcar que cualquier otro (genética –ese moderno nuevo fundamentalismo- aparte). Lo que ocurre es que mi actividad diaria, laboral, familiar, deportiva, consume el posible exceso de azúcares en mis asadurillas. El problema, por tanto, no es la sacarosa, sino el sedentarismo de consola; la poltrona de pantalla; el coche para ir al estanco de la esquina; el alcohol de aplatanado en el bar las 24 horas de Le Mans…
Por no hablar de lo que es de verdad malo de la muerte: las estrategias y maniobras comerciales de unos y de otros. Confío vivir los años suficientes para que dentro de un decenio nos atiborren de anuncios con las virtudes indispensables de tomar azúcar para vivir como es debido, como es “devida”. En fin, como sucedió con el aceite de oliva, que era malo cual bubónica peste en los años 80 y hoy esencial para ser longevo y simpático. Lo mismo los huevos, atractores de toda enfermedad imaginable hace un tiempo y hoy otra vez saludables a diario cual agua bendita.
En fin, deseoso de contar, sino con vuestra imposible absolución, sí con un cierto conformismo, conocedores como sois de mis muchos pecados de humano procedente de otro siglo, a la fotografía de las rosquillas que me he abrochado esta mañana añado otra, trisagio mediante, de las lubinas al papillote que cociné ayer. No se tome en consideración en esta foto la mucha sal echada que se ve. Para compensar puse cuatro cabezas de ajo por pescado, o sea que estoy libre de todo mal. Dicen. Al menos hasta la merienda. Aún me quedan rosquillas. Por poco tiempo, eso sí…

domingo, 12 de julio de 2020

¡No juzguéis!


¡No juzguéis!, dijo André Gide. También Jesús de Galilea, metáfora “lapidaria” mediante.
No, ¡no juzguéis! No lo hagáis en ninguna polémica, ningún debate moral o convivencial de los conflictos personales de los otros. En esos nadie debe inmiscuirse de modo más complejo que cumpliendo este exhorto: ¡No juzguéis!
Y, sin embargo, resulta que una de las señas de identidad de nuestros tiempos de redes “suciales” es justo… perdón, es “precisamente”, esa trivialidad y ligereza con la que los meros coincidentes de tales medios de comunicación se permiten juzgar, ya sea por acción o por omisión, las razones o comportamientos personales de otros.
Y lo peor de esta profusión de juicios no radica siquiera en la rotundidad de las sentencias (injustas por su propia naturaleza) sino en que éstas se dictan a priori, motivadas apenas en los “prejuicios”. Diáfana es la etimología.
Lo que sucede en los prejuicios es que se toman sin considerar las diferentes partes de un “caso”, las motivaciones profundas de cada contraparte. Hay quien opta ab initio por aquel o aquella que más simpatía anterior le causa, aquella persona que confirma sus propios sentimientos, aquella con la que se considera miembro, confortado, tribu.
Cuando este tipo de personas hacen su toma de partido con desconocidos no deja de ser brutal, pero cuando es un amigo, un colega o un conocido quien se permite juzgar en una controversia personal, condenando a uno a la vez que absuelve del proceso al otro, entonces se produce algo espeluznante.
Por eso, la virtuosa solución es la de aplicarse el no, ¡no juzguéis! Callad. Callad los que vivís en la complacencia acomodaticia del que no se preocupa por indagar; los vagos que solo dais por hecho las profecías auto cumplidas a voluntad; los cobardes que ni siquiera osáis cuestionar, ni os atrevéis a poner en duda la versión unívoca que os han entregado en bandeja de falseada plata; los que el único motivo que encontráis para vuestra sentencia sin apelación es que queréis verlo todo del modo que se ajuste a lo circunstancial, políticamente correcto, a lo previsto.
Absteneos. Vosotros, los que toda vuestra capacidad de discernimiento, apenas es la de confirmar lo que os satisface, haciéndolo sin datos, o solo con los de la mitad de los implicados. Absteneos, reconoced que en la sentencia que dictáis a otro lo que en realidad buscáis es “justicia” para vuestros propios casos, ya prescritos.
Vosotros, los que así actuáis, lo hacéis, sabedlo, como inquisidores. Inquisidores que buscan salvaguardarse en las conclusiones generales prestablecidas. Sabed que sois perversos, no conocéis la virtud ni la amistad, sois matarifes abúlicos que en los otros buscan la justificación de sus propios errores. Esos errores vuestros a los que nunca tuvisteis el coraje de plantar cara.
Dar valor de verdad absoluta, porque sí, al despechado, solo por serlo; al vengativo porque por algo lo será; al dominado por las pasiones porque “pobrecito él o ella”, mete en el mismo cajón de lo prescindible a quien sustenta a estos y a ellos mismos. Y lo hace sin dejarse sanar por el beneficioso y salvífico efecto que causa siempre la duda. En especial ante las certezas sin fundamento que algunos respaldan por pura comodidad. Por simple solidaridad de especie sin criterio. Miembros de rebaños dispuestos a defender lo indefendible solo porque alguien es de los “suyos”. O de las “suyas”.
Parafraseando a Steven Pinker, recordad que la Ilustración consiguió el gran avance de refutar la intuición, esa primitiva concepción de algunos como vosotros de que las cosas acaecen por arcanas razones. De suerte que, cuando algo malo sucede, decís con alivio que algún agente habrá “querido” que pasen. Así que la tranquilidad os llega porque cuando alcanzáis a señalar a uno como responsable de la desgracia, lo podéis castigar; y si no cabe que señaléis a nadie en particular, podéis aún culpar a las “corrientes” sociales, las que no se ajustan a lo esperado por la política corrección contingente vuestra; si incluso no sois capaces de identificar a ningún mortal al que acusar, aún os cabe recurrir a la caza de brujas. O por último a los dioses voluntaristas o hasta a las fuerzas incorpóreas como el karma, el destino, la justicia cósmica u otros garantes de vuestra intuición de que “todo sucede por una razón”.
Pero si aún os queda un mínimo resquicio de honorabilidad, recordad a Gide y ¡no juzguéis! No, ¡no juzguéis!

sábado, 27 de junio de 2020

Los otros


Noticias del Mundo antes de la Era de la Covid. Cuando las cifras de la muerte, las cifras de las enfermedades no nos importaban a los muy nordacas, porque eran las muertes de otros, las enfermedades de otros.

Qué gran invento la palabra “otros”. A los segregacionistas, a los fascistas, les sirve para estabular la realidad tan solo en dos simplicísimos bandos y así poder estar, necios ellos, a la única altura de entender las cosas, porque más allá del blanco y negro, el cero y el uno, no comprenden nada.
Qué gran invento la palabra “otros”. A los privilegiados, a los satisfechos nos sirve para mirarnos el ombligo de nuestras inalienables pupitas de blandengues y creernos con derecho, tan a todo, que incluye hasta el de hacer de plañideras por nada, con las orejeras puestas como a asnos para solo vislumbrar nuestra propia sombra al paso.
Qué gran invento la palabra “otros”. A los creyentes y a los fanáticos les sirve para tener a quien, a la vez, echar la culpa y pedir la redención, único modo de cruzar las aguas de los mares sin mojarse. Jamás en la patera.
Lo dicho: Noticias del Mundo antes de la Era del Covid. 6 de febrero de 2020. Sin Estado, sin Alarma. Sin sonrojo. Cuando las cifras de la muerte… Bla, bla, bla...

https://www.msf.es/actualidad/republica-democratica-del-congo/6000-muertos-sarampion-republica-democratica-del-congo



martes, 23 de junio de 2020

Melatontina


Reconozco, humilde y humillado, que mi capacidad para entender ciertos mecanismos de la ordenación de nuestras sociedades capitalistas, la tengo cada vez más perjudicada.
Un ejemplito rápido. La melatonina. Melatontina en mi caso. Hace quince años resulta que era un medicamento prohibido en Europa. Malo de la muerte sería, digo yo. Sin embargo en Argentina o Estados Unidos se vendía sin receta médica sin más problema, como pipas. Las gentes lo utilizaban para agarrar el sueño diario o para combatir el jet lag los viajeros trasatlánticos. Alguno también como elixir de la eterna juventud por su antioxidante virtud. Tipos hay para todo, ¿quién quiere vivir para siempre con los vecinos que le han tocado urbi et orbi?
Quien más quien menos, en aquellos tiempos de la europea ley seca de la melatonina le encargaba a algún amigo, viajero, azafato, piloto, contrabandista o mero navegante, que trajera un buen puñado de pastillas de las tsetsé “etsas”. Todos así assai felices.
Años después, la sacrosanta (o sarcosanta, porque a veces da por el orto que no veas) Unión Europea, de repente decidió que por fin se podía vender en nuestros lares. Ya no debía ser tan mala de la muerte, digo. Y tanto, porque, de estar prohibida, pasó, no a que te la pudiera recetar un médico prescripción sanitaria bien sellada y compulsada mediante, sino a que se puede adquirir con desparpajo en las farmacias (o en los supermercados, pásmese usté) en las estanterías de la entrada, junto a las juanolas, los caramelos de menta y las tiritas.
Bueno, pues ahora resulta que algunos investigadores afirman que la melatonina es mano de santo contra el malhadado virus este, Covid19… Qué suerte, con un medicamento que no es medicamento y que se rige por el precio de tonto el último, como las mascarillas, o sea las más-carillas.
En fin, lo dicho, que no me aclaro. Y que me causa una cierta intranquilidad la diáspora de opiniones y normas sobre los medicamentos. Pero será cosa de que yo ya no tengo una edad sino una era. Y que veo tan cerca el final de todo que aspiro a irme de este valle de lágrimas y colutorios con alguna mínima certeza, algún nimio conocimiento. El sumun sería si pudiera de paso entender el porqué de las Diputaciones Provinciales. Pero a tanto ya no aspiro en el horizonte vital que me corresponde…

(© fotografía de muyinteresante.es)